La dimensión social de la vida monástica

Monasterio

Juan Antonio Testón Turiel, Presbítero | Por su propia dimensión contemplativa, la vida monástica es concebida en numerosas ocasiones como alejada o distanciada del mundo. Se supone que los monasterios deben de estar en lugares alejados de la sociedad y en la máxima soledad para mejor alcanzar su fin: el encuentro con Dios. Tal premisa se corrobora en los mismos orígenes del propio movimiento monástico. Pero la realidad espiritual y de la propia historia de la vida monástica nos muestra una realidad bien distinta que se certifica en sus casi dieciocho siglos de vida. El monacato que ha llegado hasta nosotros es el producto de varios siglos de vivencias espirituales, en los que encontramos vivencias muy diversas.

De este modo, hubo monasterios erigidos en los lugares más inhóspitos e inaccesibles de un territorio, en muchas ocasiones como consecuencia o en recuerdo de una experiencia eremítica de un asceta. También se levantaron monasterios en el mundo rural que en muchas ocasiones se convierten en un centro de cohesión territorial y social, dotando a ese lugar de un ámbito que redimensionaba el territorio. Por ello muchos monasterios, especialmente medievales, adquieren grandes posesiones territoriales y levantan grandes edificios monásticos, muchos de los cuales han llegado hasta nosotros. También hubo monasterios urbanos, casas religiosas construidas en el interior de las ciudades para atender un lugar de culto y en muchas ocasiones cuidaban a los pobres de la ciudad que tocaban a sus puertas. Del mismo modo se instalaron cenobios monásticos en los barrios periurbanos, en muchas ocasiones para atender un lugar martirial en el que se acogía los restos de un santo. Un ejemplo claro es el de santa Eulalia de Mérida, en torno a cuya tumba se edifica una basílica de culto martirial y un monasterio que llegó a ser residencia del obispo emeritense.

La espiritualidad de todos estos monasterios estaba centrada en la vida de oración y de ascesis propia de su opción de vida, pero en ningún momento se desentendieron de las necesidades de los hombres y mujeres de su tiempo. Los monasterios estuvieron siempre atentos a las necesidades sociales y las atendieron con el mayor esmero posible, poniendo todos los medios necesarios para subsanarlas. En muchos de estos cenobios se constituyeron escuelas monásticas que servían para impartir formación a los diversos estamentos sociales. Había amplias bibliotecas en donde se almacenaba y comunicaba la cultura de los siglos precedentes. El estudio de los monjes durante siglos proporcionó el único avance que hubo de la cultura en toda Europa. Los monasterios se convirtieron en lugares en donde se enseñaban y transmitían los conocimientos agrícolas, y en donde se mantuvieron muchos de los cultivos de la época romana. Al mismo tiempo en los monasterios se crearon nuevos productos o se mejoraron los ya existentes, recordemos a modo de ejemplo diversas bebidas, como vinos y cervezas, o productos de repostería y hortofrutícolas. En los monasterios también existía una botica que funcionaba de verdadera farmacia, y a ella acudían los diversos necesitados de diversos productos no sólo del monasterio sino también de todo el entorno del cenobio, así existieron los monjes boticarios que se dedicaban a desempeñar esta tarea.

Diversos monasterios crearon casas de acogida para enfermos, especialmente para aquellos que no tenían medios para subsistir. Los monasterios crearon una red de hospederías que acogían no solamente a los peregrinos que iban camino de Santiago de Compostela sino a muchos otros que se encontraban fuera de sus lugares de residencia, cumpliendo la prescripción de san Benito de “acoger al forastero como si fuera el mismo Cristo”. Los pobres ocuparon un lugar preferencial en la atención de los monjes. Muchas de las reglas monásticas recogen capítulos así como consejos sobre cómo hay que atender a los más necesitados. La Regla de san Isidoro de Sevilla establece que un tercio de todo lo producido por el monasterio sea destinado a los pobres. Así mismo, los monjes de san Fructuoso se deshacían de sus propiedades para entregarlas a los pobres que llamaban a las puertas del monasterio. La Regla de san Benito también establece la acogida de los pobres.

Una verdadera espiritualidad no lleva a desentenderse de las realidades humanas y sociales, así lo entendió el monacato y los Padres del monacato, así como la inmensidad de hombres y mujeres que profesaron este modo de vida. La asistencia social y la preocupación por los pobres fue una de las dimensiones más importantes de la vida monástica durante siglos. Los monasterios se convirtieron en lugares de formación, de promoción social y humana, de atención a los enfermos y de protección a los pobres. Esta labor se percibió en todo el área de influencia de los cenobios ya fuera en el mundo urbano o en el mundo rural. Lo cierto es que la vida monástica fue un elemento dinamizador de la sociedad y durante siglos un elemento de promoción social tal y como hoy se entiende este concepto. Esta dimensión social es el fruto de una espiritualidad profundamente encarnada en la historia y en la realidad social que tiene como eje “La Caridad”.

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