Rebelión de Israel y amor de Dios (II)

Atardecer en el desierto

Antonio Pavía, Misionero comboniano

¿Cómo es posible que, después de tantos y tantos milagros que Dios ha hecho a favor de su pueblo desde que llamó a Moisés para sacarlo de la esclavitud hasta su llegada a Massá y Meribá, Israel vuelva a dudar una vez más de Dios y de todo? ¿Cómo es posible tanta dureza de corazón, tal cerrazón de mente y espíritu? ¿Acaso es que no han tenido ojos para ver las maravillas que Dios ha hecho en ellos?

Formulo, como quien dice, estas preguntas en voz alta a la luz de otra pregunta, esta vez del pueblo, que creo que a todos nos deja estupefactos. Resulta que, a pesar de todas las señales de Dios de las que, como he dicho antes, han sido testigos oculares, aun así, cuando se encuentra nuevamente ante una situación límite, parece como si se corriera sobre sus corazones un velo que les hace olvidar todos los favores de Dios, como si no hubiera sucedido nada de extraordinario en su caminar por el desierto. Es tal la amnesia que se apodera de estos hombres que, todos a una y como si fuera la cosa más natural del mundo, hacen resonar a lo largo del desierto esta pregunta que raya el escepticismo: ¿Está Dios con nosotros o no?

Quizás nuestra primera reacción ante tanta dureza e incredulidad sea poco indulgente con estos hombres. Mas cuando tenemos la honestidad de mirar nuestra propia vida, pasamos de la no indulgencia a la comprensión; a poco que profundicemos en ella, caemos en la cuenta de que también está jalonada de señales y favores de Dios. Favores y señales que en su día consideramos maravillosos y extraordinarios, pero que se desdibujan cuando, al igual que Israel, nos vemos acechados por conflictos y problemas que nos superan.

Viendo, pues, que la historia de Israel, su camino de fe en el desierto con sus idas y venidas, confesiones de fe y rebeldías manifiestas, se repiten con más o menos intensidad en nosotros, tendremos que pensar que quizá las señales de las que somos acreedores tienen un valor algo limitado en lo que respecta a nuestra madurez en la fe. Quiero decir que más allá de estas señales o favores, Dios nos tiene preparado algo mejor, mucho más consistente, algo que constituye la piedra angular de nuestra fe.

Nos acercamos al profeta Isaías, pues Dios se sirve de él para darnos a conocer lo que tiene preparado para todos aquellos que le buscan; es algo –en realidad alguien- que impedirá que el hacer de Dios por el hombre quede sepultado o desdibujado por el olvido, el cansancio o incluso el escepticismo.

En una época especialmente turbulenta para Israel, puesto que el crecimiento del poder militar de Asiria amenaza su supervivencia, Yahveh se dirige al rey Ajaz para infundirle ánimos: “Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo: Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del abismo o en lo más alto” (Is 7,10-11). El rey se asusta ante esta propuesta de Dios, no quiere tentarle pidiéndole una señal y así se lo hace saber. Es entonces cuando interviene Isaías quien, en nombre de Dios, le profetiza: “Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7,14).

He ahí a nuestro alcance lo que Dios ha preparado ante nuestros miedos e inseguridades. Es cierto, como he dicho antes, que en nuestro caminar hacia Él nos llena de favores que nos alientan, sostienen, orientan, animan, fortalecen… Todas estas señales preparan nuestra alma para la Gran Señal. ¡Tan extraordinaria o -mejor dicho- tan imposible a nuestra imaginación que nunca, ni en el más delirante de nuestros deseos la hubiéramos pedido! Sólo la mente y el corazón de Dios podían imaginarla, porque no sé si nos hemos percatado de que estamos ante un hecho que nos desborda por completo: Resulta que… ¡Él mismo es la Señal!

Es evidente que nadie podía pedirla porque no estaba en el ámbito de ese sentido común que queremos poner en nuestras peticiones. Repito, era algo inimaginable, por lo que a nadie se le podía ocurrir. A Dios sí. Se le ocurrió, envió al Profeta Isaías para anunciárnoslo y lo hizo: éste es nuestro Dios. Este es aquel que, en su bondad y amor sin medida, apostó por sus criaturas, por los hombres. Ganó la apuesta y nos hizo hijos suyos.

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