Gloria al becerro (I)

, Misionero comboniano
“Viendo esto Aarón, erigió un altar ante el becerro y anunció: Mañana habrá fiesta en honor de Yahveh. Al día siguiente se levantaron de madrugada y ofrecieron holocaustos y presentaron sacrificios de comunión. Luego se sentó el pueblo a comer y beber, y después se levantaron para solazarse. Entonces habló Yahveh a Moisés y dijo: ¡Anda, baja! Porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto ha pecado.” (Éx 32,5-8).
Israel ha asimilado en lo más profundo de su ser su propia mentira llamando al becerro inanimado su Dios, aquel con cuya fuerza han podido salir de Egipto. Bien cierto es que las mentiras son dicharacheras, se llaman unas a otras para hacer presión. De ahí que una vez que Israel se ha puesto una venda sobre los ojos y sellado sus oídos, con el intento de borrar los favores y milagros que Dios ha hecho por él, o mejor dicho, dado que son imposibles de borrar, los han reducido al campo de las casualidades, se dejan llevar por la insensatez en estado puro. No se les ocurre otra cosa que llamar Yahveh a la obra de sus manos.
Sabemos que Yahveh significa “Yo soy el que Soy”, mientras que la obra de sus manos, el becerro, nunca podrá ser por sí mismo; está sujeto a las fantasías de sus hacedores. Recordemos que fantasía e inconsistencia van unidas. ¿Cómo pudo llegar Israel a tamaña necedad y bajeza? Pudo por la misma razón que podemos todos cuando cambiamos al Dios de la verdad por el de nuestras fantasías. Realizamos el cambio cuando el Dios vivo no se amolda a nuestros conceptos acerca de la vida, la felicidad, realización personal, etc. Todos, hasta el más teórico de los ateos tiene, en razón de sus límites, su concepción de dios, puesto que siempre habrá una realidad que le supere. Por supuesto que a este dios le dará nombres como: evolución cósmica, materia energética, motor del universo, etc.
La cuestión es si, al igual que Israel, tendremos la pretensión de encuadrar en unos límites angustiosamente estrechos nuestra infinita grandeza. Toda idolatría es un límite porque ningún ídolo “es”. Nunca podrá decirnos: Yo soy el que soy. Por eso he dicho que Israel resuelve un problema –la temporal ausencia de Dios- de la peor forma posible. Llama Dios a lo que no es, y, en su mentira, le da el nombre de Yahveh, el que sí es, el que puede hacer y hace por ti.
Israel se miente a sí mismo, cambia a Dios por la nada, porque todo lo que no tiene el ser en sí mismo termina en la nada. Como podremos observar en este episodio del becerro de oro, poca o ninguna diferencia existe entre Israel y los demás pueblos de la tierra, entre los hombres del pueblo santo y los otros. Sí tiene, sin embargo, algo que no vemos con tanta nitidez en las demás naciones. Israel es pecador, mas tiene también discernimiento gracias a que Dios hace surgir en su seno sabios y profetas que iluminan sus tinieblas. Sabios y profetas que, con la palabra que Dios pone en sus bocas, llaman al pueblo santo a una continua conversión, a volverse a Dios.
Profetas y sabios que les llaman a conversión recordándoles, como el salmista, el culto que dieron a la Mentira cuando levantaron el becerro de oro en el desierto. No les recuerdan esto para crear en su corazón miedos y escrúpulos, sino como prevención para cada idolatría que les acecha. Recordemos, por ejemplo: “En Horeb se fabricaron un becerro, se postraron ante un metal fundido, y cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba” (Sl 106,19-20).
Más fuerte y contundente nos parece la denuncia profética de Jeremías al llamar al becerro –símbolo de toda idolatría- el Inútil. Así le llama porque no es capaz de hacer nada por nadie por más que pretendamos sacar algo de él. El Inútil, incapaz de ayudar, te empuja hacia una especie de burbuja irreal, a la que el tiempo convierte en cárcel en la que hasta el aire nos es racionado. Oigamos al profeta: “Mi pueblo ha trocado su Gloria por el Inútil… Doble mal ha hecho mi pueblo: A mí me dejaron Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietas, que el agua no retienen” (Jr 2,11-13).
Israel es pecador como cualquier otro pueblo de la tierra, mas tiene una sabiduría especial. Se aparta de Dios, mas Dios no se aparta de él. Por eso sus profetas son al mismo tiempo denunciantes y consoladores. Con entrañas maternas exhortan a su pueblo a que no vuelvan a cambiar al Dios vivo por dioses muertos, la Gloria por el Inútil, la Verdad por la Mentira; en definitiva, que den valor a la elección de la que han sido objeto por parte de Dios. Recordemos el grito amoroso de Baruc: “… No dés tu gloria a otro, ni tus privilegios a nación extranjera. Felices somos, Israel, pues lo que agrada al Señor se nos ha revelado” (Ba 4,3-4).