Virtudes y dones: ¿cuál es la diferencia?

Mons. , Obispo de Orihuela-Alicante | Los dones del Espíritu Santo vienen a ser culminación de las virtudes morales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza), y de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad).
Lo que intento ahora es explicar qué diferencia hay entre las virtudes y los dones.
Primero, los dones del Espíritu Santo son «disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu».
Segundo: la Iglesia nos enseña que las virtudes son como una forma de participar de la vida de Dios personal al modo humano. O sea, Dios da su gracia para poder participar de su vida al modo humano. Sin embargo, los dones del Espíritu Santo son una participación de la vida de Cristo, pero al modo divino.
De remos y velas
Estará bien distinguir esto mediante ejemplos. El primero que quiero poner a mí me ha ayudado y es muy gráfico. Las virtudes son a los dones, lo que son los remos de una barca a la vela. No es lo mismo mover una barca a fuerza de remar, que una barca se mueva porque sople el viento y las velas se hinchen y la barca se desplace con esa facilidad que tiene el viento para mover un velero.
Esta imagen nos puede servir para entender cómo las virtudes nos ayudan a vivir el estilo de vida de Jesucristo, pero al modo humano, o sea manejando los remos. De todos modos, no nos confundamos, las virtudes también son obra de la gracia de Dios, no sólo del esfuerzo personal.
Más en concreto… la fe
Vivamos ahora un ejemplo de una virtud concreta, la de la fe. La fe supone un esfuerzo. El que lucha y procura ser fiel a la virtud de la fe, tiene que hacer frente a muchas tentaciones contra la fe, tentaciones de materialismo o tentaciones de incredulidad. Ya lo dice el Señor: «Hombres de poca fe, ¿por qué habéis dudado?» (Mt 8, 26). El cristiano que vive la virtud de la fe tiene, muchas veces, grandes batallas. Tiene también que vencer fuertes tentaciones.
Sin embargo, los dones del Espíritu Santo mueven al hombre de otra manera. Cuando el Señor da el don de entendimiento -notemos que es un don, ya no una virtud- resulta que la fe se vive sin esa batalla interior. La fe casi parece que es connatural al que cree. Hay muchas personas que tienen ese don. Y no es que tengan la virtud de la fe. No. Es que hay más que eso, hay un don especial. Porque ya no es remando, si recuperamos la imagen de la barca y los remos, sino que es el Espíritu Santo el que sopla y mueve la barca, en este caso, la fe.
En estas personas puede ocurrir que casi sea algo connatural, que la fe no es una virtud que exija ese esfuerzo de realización. No. Es, casi, algo connatural, si se puede decir así, porque es el Espíritu Santo quien sopla y da ese don, y a quien se lo da le es más sencillo creer. He ahí la diferencia.
Y algo más práctico… la oración
Otro ejemplo, la oración. Cuando alguien hace oración meramente por virtud propia y no asistido por dones especiales del Espíritu Santo, la oración se vuelve laboriosa, se hace discursiva, se tienen que utilizar palabras, conceptos, uno se distrae, o pretende mantenerse proponiéndose: voy a pensar en esto, le voy a pedir al Señor lo otro. La oración requiere hacer un esfuerzo. Pero, cuando viene el Espíritu Santo y da el don de piedad, entonces esa persona se conmueve interiormente, porque se siente plenamente en presencia de Dios.
Ahí no tiene que hacer casi ningún esfuerzo para orar. Al contrario, lo que tiene que hacer es no estorbar, dejar que esa presencia de Dios le conmueva. Entonces se da cuenta de que hay una diferencia muy grande entre hacer oración bajo el régimen de las virtudes únicamente, y hacer oración bajo el influjo del Espíritu Santo. Es como la diferencia entre andar en bici o andar en moto, que es muy distinto.
Más difícil todavía… el perdón
Otro ejemplo que podríamos poner: alguien bajo el influjo de las virtudes dice: he recibido una ofensa, y tiene que hacer un esfuerzo grande para intentar perdonar y se motiva, y al Señor le pide que le conceda: «perdono y a ver si soy capaz también de olvidar y se curan las heridas que la ofensa ha dejado en mí».
Cuando viene un don del Espíritu Santo, cuando el Espíritu Santo asiste con sus dones, entonces ese perdón y esa capacidad de que la ofensa no deje en nosotros huella ninguna, es casi espontánea. Lo que de la otra maneara parecía casi imposible, es posible de esta forma. Así podemos hacernos una idea de la diferencia entre los dones del Espíritu Santo y las virtudes.