Simeón y el “segundo anuncio a María”

El canto de alabanza de Simeón
El canto de alabanza de Simeón (Rembrandt)

Luis Mª Mendizábal

Por la luz del Espíritu reconoce al Señor

El anciano que lleva tantos años en torno al Templo, reconoce al Niño, por su docilidad al Espíritu. Esto sólo puede ocurrir por la luz del Espíritu, porque no correspondía en nada a las descripciones espectaculares que habían dicho los profetas. No venía con triunfo ni ruido, venía silenciosamente en brazos de una joven madre. Reconocer al Señor en sus visitas es lo más grande que podemos vivir. Reconocer a Dios en las personas con las que tratamos.

Reconoce al Mesías en un niño indefenso insignificante y lo toma en brazos, la Virgen se lo da, la Virgen es una madre generosa, parece que no lleva al Niño más que para darlo, da la impresión de que el Niño se le iba de los brazos, de las ganas que tenía de irse a aquel anciano… entonces lo toma en brazos, lo levanta en brazos.

Con Él levantado en brazos es como tenemos que escuchar el himno, ese himno que la Iglesia repite cada noche en las completas, en labios de sus sacerdotes y religiosos, que es como querer indicar que cada día tenemos que haber encontrado también nosotros al Mesías. Entonces podemos decir, ya puedo dormir en paz, ya puedo descansar en paz porque mis ojos han visto al Salvador. Lo he visto en las personas con las que he tratado, en los acontecimientos, en la oración, en el trato personal con Él, lo he encontrado y ahora puedo descansar en paz.

Simeón lo que levanta es al Niño que se ha ofrecido y que ha sido ofrecido al Padre. Es la anticipación de Cristo crucificado, es reconocer al Mesías, al que enviado por el Padre da su vida por nosotros. Y eso es lo que levanta, como el sacerdote la Hostia después de la consagración. Lo levanta al Padre y lo presenta a la humanidad. Y en cada misa, en el altar podemos también nosotros, como el anciano Simeón contemplar al que es “luz de las gentes y gloria de tu pueblo Israel”.

Lo que es luz de las gentes es el Jesús ofrecido e inmolado por nosotros. Es el Cristo crucificado, es el Niño presentado y ofrecido por manos de María, el Cristo crucificado a cuyos pies está también la Virgen y en la sombra gozoso siempre, silencioso, contemplativo, San José, que es testigo de todo eso y es arrebatado por ese misterio, también metido en él, introducido en él, envuelto en ese misterio de entrega, de inmolación de iluminación del mundo.

Simeón siente ahora que su espera está bien pagada, todo lo que él ha tenido que subir uno y otro día al templo con deseos de encontrarse con el Mesías está ahora cumplido y se siente inmensamente feliz, ya ha visto cumplido su deseo, ya su vida puede terminar, porque “mis ojos han visto a mi salvador”.

Ojalá Él nos concediera que le viéramos también nosotros y de esta manera pudiéramos morir a lo que es pecado, a lo que es desorden, para vivir sólo para el Señor. Una especie de muerte para entrar en la vida, en la vida que es esa “luz para las gentes y gloria del Señor”. Y dirigiéndose a María le da el “segundo anuncio”.

La otra anunciación y el segundo “sí”

En la primera ocasión fue enviado un ángel para anunciar su maternidad. En esta segunda decimos que fue enviado un anciano llamado Simeón para anunciarle cómo va a ser su maternidad. Por una parte será “luz de las gentes”, pero por otra “signo de contradicción”. Y añade: “una espada atravesará tu corazón”. Aquí hay algo importante. El Señor nos va llevando y va descubriéndonos aspectos de nuestra vida.

La Virgen desde la anunciación creyó. Vive en obediencia de fe. Isabel le dice: “dichosa tú que has creído” (Lc 1,45). Creyó con todo lo que significa creer. Creyó no sólo a la palabra que se le había dado, sino creyó entregándose a esa Palabra con una entrega total, en una obediencia de fe. Con sencillez, con humildad se entregó para ser madre de Jesús. Ella tiene esa postura fundamental de esclava del Señor que mantiene en todos los pasos, también en la cruz estará como esclava del Señor, lo mismo que Jesús mantiene siempre la actitud de su corazón.

El Concilio nos dice que María se entregó a la persona y a la obra de Jesús: aceptó ilimitadamente su misión. El Papa asemeja esa fe de María a la fe de Abraham que sale de su tierra sin saber a dónde iba, pero sabiendo que estaba siguiendo a Dios. Esta es la verdadera fe y la oscuridad de la fe. No es sólo salir sin saber siquiera si es lo que Dios quiere. Es no saber dónde va a terminar el camino. Pero en la certeza de caminar con el Señor. Y caminar sin preguntar qué circunstancias van a ser.

Abraham camina sin preguntar. Se pone en camino hacia un lugar que no conoce nada, fiándose de Dios que es quien le hace salir. Está seguro de que es Dios quien le hace salir y nada más.

La Virgen también camina así. Dando cada paso según la voluntad de Dios pero sin saber dónde va a terminar. Con una inmensa confianza en esa obediencia de fe por los caminos oscuros del Señor. También para María son oscuros los caminos del Señor. Basta recordar las dudas de San José, los titubeos después de la anunciación y en estos mismos momentos ella no sabe concretamente lo que va a ser, cómo va a ser.

Un “sí” que se renueva en cada paso del camino

Incluso no es aventurado y no es una temeridad pensar -hace a ello alguna referencia el Papa- que ella había entrevisto el triunfo del Mesías porque se le había anunciado: “Él ocupará el trono de David, su Padre, será Rey” (Lc 1,32). Hay una cierta aureola de triunfo. Sin embargo, ella sigue ese camino que el Señor le traza, quizás con esa ilusión en el fondo, de ir hacia ese triunfo.

Pero su voluntad era una voluntad radical, aceptó la voluntad de Dios radicalmente y aún sin conocer todos los detalles, dispuesta a todo. Esta es la verdadera postura del corazón enamorado. Cada cristiano, al entregarse ahora, no conoce los detalles de lo que va a ser su vida, pero la acepta y la entrega. Solemos imaginarla con ciertos rasgos de triunfo.

María estaba disponible a ser Madre de Jesús con todas sus consecuencias. Ella, pues, aceptó la voluntad de Dios no en cada uno de sus detalles -que no conocía-, pero sí la aceptó sin excluir nada, aunque no lo incluyera positivamente. Es esta la buena postura. En cambio, si uno empezara a imaginarse el futuro con sus dificultades se atormentaría inútilmente. Eso no es fiarse del Señor. Solemos además imaginar algo en el fondo más triunfante. Pero aún sin saber, puedo dar mi sí al Señor con todas sus consecuencias.

Ahora bien, ella sí conocía alguna relación con la redención de Israel, pero no cómo iba a ser esa salvación de Israel. Ella reconoce que en el hecho de la aceptación de su maternidad, Dios recibe a Israel su siervo, lo acoge. El ángel había dicho también a José: “Él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1,21), pero no cómo, cuál sería ese camino.

También en el benedictus Zacarías había anunciado: “viene para el perdón de los pecados” (Lc 1,77). Pero ¿comprendió la Virgen que esa función le asociaba a un misterio doloroso? No tenemos ningún argumento para ello. Pero en las palabras de Simeón sí se le abre este camino. Por eso es una segunda anunciación.

Se añaden unas matizaciones. Dice el Papa que es segundo anuncio hecho a María dado que indica la dimensión histórica concreta en la cual el hijo cumplirá su misión, es decir, en la incomprensión y en el dolor. Se le revela, además, que ella deberá vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que sufre y que su maternidad será oscura y dolorosa. Esto es el anuncio del anciano Simeón.

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