Con los brazos en cruz (III)

, Misionero comboniano
Hacemos memoria y recordamos que Amalec retó a Israel, y que éste, fortalecido por Yahveh, le infringió una derrota aplastante. A continuación Moisés, consciente de que no fueron los brazos de los israelitas los que alcanzaron la victoria, sino su Dios el que los sacó de Egipto, se rinde ante Él en actitud de agradecimiento. Todos los israelitas le reconocen como “el Dios de sus ejércitos” y deciden levantar en su honor un altar al que ponen por nombre: Yahveh Nissí, que significa la bandera de Yahveh; en realidad este nombre viene a decir que reconocen que Dios está combatiendo al frente de sus tropas.
Este episodio guerrero vivido por Israel abre una vertiente espiritual de gran calado, y que va unida inseparablemente a su historia como pueblo santo y elegido. Vertiente que podemos definir brevemente en estas pocas palabras: Dios no sólo pelea a nuestro favor sino que es nuestra bandera, nuestro estandarte; Él es quien sale como jefe de nuestras tropas en el combate y provoca la desbandada de nuestros enemigos. Son casi innumerables los hechos contenidos en la Escritura que nos narran el estar de Dios no sólo con su pueblo, sino a su favor cuando los ejércitos de sus enemigos les plantan batalla con el fin de aniquilarlos.
Entre las -repito- numerosas batallas en las que se vio envuelto Israel, en las que Dios se hizo presente como avanzadilla, portador de la bandera que auguraba su victoria, nos decantamos por aquella que hace referencia a David, quien se enfrentó al abanderado del ejército de los filisteos: Goliat.
Creo que todos tenemos presente cómo fueron los hechos. Los filisteos retan a Israel en el campo de batalla: “Reunieron los filisteos sus tropas para la guerra y se concentraron en Soko de Judá… (1S 17,1). Una vez que están frente a frente los dos ejércitos, de la fila de los filisteos sale hacia delante un hombre enorme, gigantesco, llamado Goliat. Es su abanderado, su avanzadilla, el punto de referencia del poder del enemigo. A voz en grito y en tono despectivo y prepotente, desafía a Israel a ver si hay algún valiente de entre ellos que salga de sus filas, también como abanderado, y combata con él: “Goliat se plantó y gritó a las filas de Israel diciéndoles: ¿Para qué habéis salido a poneros en orden de batalla?… Escogeos un hombre y que baje contra mí. Si es capaz de pelear conmigo y me mata, seremos vuestros esclavos pero si yo le venzo y le mato, seréis nuestros esclavos y nos serviréis” (1S 17,8-9).
Sabemos lo que pasó a continuación de este reto tan ofensivo. David se ofreció a hacer frente al abanderado de Filistea. Nuestro buen amigo no confía en sí mismo sino en el que le asiste y ayuda, el mismo que le libraba de las fieras salvajes cuando pastoreaba el rebaño de su padre. David es un hombre que tiene memoria de los prodigios de Dios y los proclama ante el rey Saúl: “Yahveh que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de las manos de ese filisteo” (1S 17,37).
David no se apresta al combate pensando en sí mismo y mucho menos en su fuerza, sino en Aquel en cuyo nombre está dispuesto a defender al pueblo santo. Así se lo hace saber a Goliat: “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre de Yahveh, Dios de los ejércitos de Israel, a los que has desafiado” (1S 17,45).
Dichas estas palabras, salió de las filas de las tropas israelitas y avanzó como abanderado con la conciencia clara de que representaba a Yahveh, la bandera del pueblo santo. Así, con la fuerza de lo alto, dio muerte a Goliat, a la prepotencia, a toda soberbia que se levanta contra Dios.
Cayó Goliat, cayó el abanderado, y con él cayeron todos los enemigos que amenazaban a Israel: “Corrió David, se detuvo sobre el filisteo y tomando la espada de éste la sacó de su vaina, le mató y le cortó la cabeza. Viendo los filisteos que había muerto su campeón, huyeron. Se levantaron los hombres de Israel y de Judá y, lanzando el grito de guerra, persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat… Los cadáveres de los filisteos cubrían el camino…” (1S 17,51-52).