Confieso que los pobres me han evangelizado

Crucifijo

Mons. Francisco Cerro Chaves, Obispo de Coria-Cáceres | Mis padres, a los cuales recuerdo todos los días, fueron un ferroviario y una ama de casa. Vivieron en el Señor y me han dejado como herencia lo mejor que tengo y el gozo de una fe sencilla, vivida en lo cotidiano.

Confieso que todos los pobres, que son las personas abiertas al amor de Dios y a los hermanos, me han evangelizado. He recibido de ellas lo mejor, su vida me han conmovido.

Los pobres que se abren y que comparten me han llevado a creer profundamente en que, como canta María, el Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Es necesario dejarse evangelizar por aquellos que nos ayudan a poner nuestro corazón en quienes siempre luchan a nuestro favor. Siempre recuerdo con emoción lo que nos repetía un sacerdote santo hace muchos años: ‘No tratéis mal a los pobres porque Dios siempre los defiende’. Es verdad que el Señor siempre está a favor de los pobres y lucha a su lado.

Los pobres necesitan de Dios. Aún en medio de las dificultades, de sus carencias, “levantan los ojos a los montes ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”. Cuando somos capaces de abrir nuestro corazón como hacen los pobres, nuestra vida es fecunda en el Amor de Dios.

Los pobres siempre han sido mis hermanos y mis mejores amigos. Disfruto con ellos y aceptando sus carencias y sus incoherencias, como las mías, sin embargo siempre me han conmovido el corazón, siempre me han lanzado a vivir en una confianza absoluta en el Amor de los Amores.

Estoy feliz con el deseo de un alma de pobre y con un corazón pobre y abierto a los pobres; soy feliz con los que a pesar de sus carencias están abiertos a la alegría del compartir. Es curioso pero de los pobres he aprendido la generosidad y el compartir. Sus vidas me han convencido y conmovido porque me han llevado a poner mi vida y mis ojos en el Dios de los pobres, a los pobres que se abren a vivir la alegría del Evangelio.

Recuerdo una conversación con el General de los Jesuitas en el Centro de Espiritualidad del Corazón de Jesús de Valladolid, antes casa de los Jesuitas. Allí le comenté al P. Peter Hans Kolvenbach lo que le habían dicho los periodistas cuando le nombraron General de los Jesuitas: ‘Nos han dicho que usted es muy pobre. Que tiene poco. Que vive en una gran austeridad’. Él respondió: ‘No sé si soy pobre. Lo que sí es que se necesitan pocas cosas para ser feliz y las pocas cosas las necesitamos poco’. Esto es lo que he aprendido de los pobres que cuando se tiene a Jesús como riqueza sólo se puede expresar con una vida verdaderamente pobre.

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