El kairós de Dios: anti-estrés navideño

| ¡Qué bonita es la Navidad! Me encantaría disfrutar más este tiempo: las luces, los polvorones, las tarjetas para regalar, la preparación de cenas navideñas, la lista de deseos para el año próximo…, pero hay un “pequeño” obstáculo: los exámenes. Me refiero a los que tenemos durante todo el Adviento en el instituto, a los de la universidad que algún Grinch puso en enero, al estudio constante de los que opositan o al aumento de horas de muchos trabajadores. ¿Cómo puede haber tanta diferencia entre los agobios del día a día y lo que representa la Navidad?
A muchos de nosotros no nos llega el nacimiento de Jesús entre paja, sino entre tinta y muchos apuntes, clientes o fechas de entrega. Esta época nos inspira para ayudar a los demás, visitar a los que están más solos, ayudar económicamente a los más desfavorecidos, estar alegres junto a los que queremos… pero el agobio, la presión y el estrés nos hacen estar de mal humor. Si Dios nos quiere, ¿por qué no hace que aprobemos ya todo, tengamos el trabajo que queremos y nos dediquemos a ayudar a los demás y a disfrutar el Adviento y la Navidad?
Todo puede llegar si luchamos, pero no cuando queremos o esperamos, sino cuando sea el tiempo perfecto para Dios: el kairós. En la mitología griega, este era el nombre del dios del momento oportuno, del tiempo cualitativo –a diferencia del tiempo cuantitativo que aludía al dios Chronos–. Para nosotros, los cristianos, el kairós de Dios es el momento perfecto para que tenga lugar cada evento en nuestra vida. ¿No os pasa que creéis que todo tiene que resolverse ya, pero cuando ocurre os dais cuenta de que ha pasado tal y como debía? Eso es porque a veces nos fiamos más de nuestras expectativas y queremos controlarlo todo tanto que nos dejamos de fiar del kairós, del tiempo perfecto de Dios.
Estamos acostumbrados a la inmediatez (comunicativa, de resultados, de soluciones, etc), pero el calendario de Dios es diferente: no tiene pasado, presente ni futuro, no coincide con nuestro ritmo de vida. Nosotros necesitamos los resultados pronto, necesitamos respuestas a nuestras preguntas, necesitamos saber lo que pasará. Esperar y confiar en su kairós es muy difícil. Quizás nos pueda ayudar pensar en aquellas veces en las que justo nos han dicho lo que necesitábamos oír en el momento adecuado. Si nos hubieran pronunciado esas palabras en otro momento, no nos habrían ayudado tanto, pero todas las circunstancias fueron las adecuadas para hacernos reaccionar. Así también son las respuestas de Dios: perfectas en su momento y lugar, aunque a veces nos cueste verlo.
La fe nos ayuda a soltar agobio, a confiar en que no todo depende de nosotros. Estudiar, trabajar, no dormir… pero con la tranquilidad de que, al final, todo sale como Dios considera mejor para nosotros. En los momentos de agobio pensemos: ¿qué quiere Dios para mí ahora mismo? Ya en el Eclesiastés (3, 1-4) se nos da una respuesta: Todo tiene su momento oportuno y cada cosa su tiempo bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar; tiempo de matar y tiempo de sanar; tiempo de destruir y tiempo de construir; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar.
A veces no tenemos momentos para tanto, pero todo es cuestión de organizar los ratos que tengamos y establecer prioridades en las que entren nuestras obligaciones terrenales y también nuestras necesidades celestiales. Esta puede ser nuestra corona de Adviento este año: realizar una lista de tareas pendientes, incluyendo las no académicas o profesionales (preguntar cómo está mi amigo que está resfriado, hablar más con nuestros padres o hermanos, ayudar con las comidas navideñas, acercarnos a los que más lo necesitan…). Así creamos el Reino de Dios: cuando amamos en medio de las dificultades.
Este es un momento de prueba, de dificultad, de agobio, pero justo estos momentos son la oportunidad perfecta para volver a Dios. Nos dan una oportunidad de arrepentirnos, de mejorar, de crecer como personas. Que nuestros apuntes, nuestras ojeras, nuestros mensajes de apoyo entre huecos, nuestras largas jornadas y nuestras sonrisas cansadas sean reflejo del nacimiento de Dios en el mundo que vivimos.