Donde ves la ternura

Niña con su madre

Ana Isabel Carballo | Habían pasado cinco años desde que Marian había venido al mundo cuando su madre se puso gravemente enferma. Postrada en una cama sin poder casi ni moverse, su cuerpo se había ido deteriorando y su rostro había perdido la luz que durante tanto tiempo la habían hecho hermosa. Su alma se había convertido en un trozo de hielo frío y resbaladizo pues, como ella afirmaba, su Dios la había abandonado; su ternura no podía reflejarse en ese cuerpo inútil que yacía a expensas de que los demás la cuidaran. “¿Cómo soportar ese bochorno?” –se preguntaba una y otra vez.

En la habitación contigua Marian, sollozando, intentaba entender por qué su madre no había querido volver a verla desde que había enfermado.

– Mamá no quiere que la veas así –le intentaba explicar su padre. Dice que está fea y que para recordarla solo tienes que mirarte al espejo, pues eres su vivo retrato desde que naciste.

– Pero yo soy más guapa, ¿verdad, papi? –preguntaba Marian arrugando su naricilla traviesa.

– Hagamos una cosa –le susurró su padre al oído- hagamos que mamá se sienta especial viendo cómo su hija crece feliz, siendo la mejor hija que unos padres pueden desear. Yo, a cambio, le iré contando todos tus logros en la vida.

Fue así como Marian recobró su sonrisa y cada día, desde aquel instante, se acercaba a la puerta de la habitación de su madre y, sin poder entrar, gritaba con su vocecilla delicada: “aquí estoy, mamá”. No le importaban las veces que tuviera que hacerlo, pues solo el saber que esa entrega podía ayudar a su madre era suficiente, aunque ella no recibiera respuesta a cambio.

El tiempo pasaba y los nueve años de Marian la convertían en una niña inquieta y decidida. Una mañana dejó un sobre rosa en la bandeja del desayuno de su madre. Esta, al verlo, lo abrió con nerviosismo. Observó detenidamente la fotografía que había en ella y leyó la carta:

“Mamá, ¿recuerdas esta foto? Fue el día que cumplí cuatro años. Me llevaste a la casita de los abuelos donde tú habías crecido y luego recorrimos esos hermosos campos ‘iluminados’, como decía el abuelo, con la gran variedad de colores en sus flores. Ese día fui muy feliz porque tú estabas conmigo. Mami, ya falta poco para mi cumple y ahora solo te pido que tu deseo para ese día sea volver a verme y volver a reír juntas como aquel día”.

La madre de Marian arrugó la carta y la metió en el cajón, mas ese año no cumplió su deseo. Marian, lejos de venirse abajo, siguió escribiendo a su madre día tras día. Unas veces le mandaba fotos en distintos paisajes y siempre, con una gran sonrisa y un “te quiero, mami”; otras veces eran dibujos lo que le dejaba. Pero en sus cartas siempre la misma petición: “Mamá, quiero verte”.

La imaginación de Marian crecía al igual que su estatura e inteligencia. Aquella mañana se levantó muy temprano, fue a casa de un amigo que tallaba en madera hermosas figuras y le hizo tres encargos.

Cuando tuvo el primero, lo envolvió con especial cuidado y lo colocó, como de costumbre, en la bandeja de su madre. Al abrirlo, la madre descubrió unas hermosas manos. Pero, esta vez, ninguna palabra de Marian acompañaba al obsequio.

Pasados unos días, llegó el segundo envuelto en un precioso papel azul como el cielo con un gran lazo. Dentro, un hermoso rostro de mujer. Mas ni una palabra le seguía.

Y, por fin, llegó el día del tercer regalo. Marian lo envolvió con sumo cariño, se pintó los labios y estampó en el papel todos los besos que cabían en él. “Aún tengo más, pero algún día se los daré a ella” –se decía para sí confiada.

La madre al recibirlo no pudo contener la risa al ver la imaginación de su pequeña. Al quitar el papel, descubrió una hermosa cruz y una niña abrazada a ella y tallado en la cruz podía leerse “te necesito”. Al fin, no pudo contener las lágrimas, mandó que pusieran los tres objetos juntos, las fotos de Marian, sus dibujos, abrió el cajón con todas las cartas y con una voz temblorosa dijo a su esposo: “Ahora estoy preparada para verla”.

En el momento en que Marian cruzó el umbral de la puerta, le pareció haber llegado al cielo. Todo el deseo de su joven vida se veía ahora magnificado por la sonrisa de su madre. Al acercarse su madre pronunció entre lágrimas:

– Marian, mi preciosa hija, siempre he entendido tu deseo al entregarme tus cartas, tus dibujos, tus fotos… Sé que eres muy inteligente, tu padre me lo ha dicho muchas veces, y por eso sé que estos tres regalos significan mucho más para ti.

Esas son mis manos, mamá, –dijo Marian señalando la figura- deseosas de cuidarte. El rostro de la mujer es como siempre te he recordado y como te veo ahora, bella, porque tú me has dado la vida para ser feliz; me has cuidado aún postrada en esta habitación; has querido que no viéndote no viera el dolor, el sufrimiento. Por eso me aferré a la Cruz, a tu cruz y entendí tu deseo.

Ahora, hija mía, me has hecho entender la ternura de Dios. Yo la buscaba por todas partes sin descubrir que era en ti donde se encontraba. ¡Cuántos años he malgastado sin disfrutar de esa ternura! Cada día esperaba tu “estoy aquí” sin darme cuenta que era el mismo Dios quien me lo decía. Tu fuerza, tu constancia, tu esperanza son mi motivo para agradecerle a Dios el mayor regalo que me ha hecho y ese eres tú.

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