La felicidad del rey

| En un reino, no muy distinto al nuestro, un rey estaba en búsqueda de la felicidad. Es por eso que una mañana reunió en su corte a los nobles más eruditos y les habló así:
– Estáis al tanto de la tristeza que habita en mi corazón pues, aunque poseo todo cuanto puedo desear, no encuentro en nada la felicidad, nada que me llene de gozo y exulte de alegría mi corazón. Os he reunido aquí para que me ayudéis a buscar entre el pueblo, gente de toda condición, que puedan explicarme dónde buscan ellos la felicidad.
Sus hombres emprendieron con ánimo su cometido y en poco tiempo tenían escogidas a las personas más felices del reino. Así presentaron ante el rey a la primera de ellas:
– Majestad –dijeron al tiempo que hacían su reverencia–, este hombre es el cazador más famoso del pueblo. Sus triunfos en la caza son conocidos más allá de nuestros territorios. Su valentía es estimada por todos, pues en varias ocasiones salvó a sus vecinos de las garras de algún fiero animal.
– Bien, veo que eres feliz –dijo el rey mientras observaba su cuerpo vigoroso–. Eres fuerte, valiente y posees el reconocimiento que todo el mundo quiere. ¿Qué necesitarías, pues, para lograr la felicidad plena?
– Solo una cosa me falta –respondió el cazador de una forma altiva–: llegar a cazar el animal más grande que jamás haya cazado nadie. Así extendería mi honor y sería conocido en el mundo entero.
– Tu felicidad no me sirve, es vanidosa –añadió el rey–. Yo salgo a cazar todos los días, con mis mejores armas, mis mejores caballeros y no por eso soy feliz. Escoged los mejores perros de caza –dijo dirigiéndose a sus hombres–, dádselos y que se vaya fuera de mi reino en busca de ese animal. Que no vuelva hasta haberlo cazado.
Los nobles obedecieron sus órdenes y aquel cazador no fue visto más por aquel reino. Fueron, entonces, en busca del segundo hombre más feliz del pueblo y trajeron ante el rey a un sencillo agricultor.
– Este hombre, mi señor, no posee más que una hermosa familia y las tierras que felizmente trabaja –dijeron los hombres del rey–. Es feliz desde que sale el sol hasta que se pone, mas se consideraría un hombre mucho más feliz si sus tierras alcanzasen una mayor extensión.
– ¿Es la avaricia lo que hace feliz tu corazón? –pregunto el rey airado–. ¿No son suficientes tus tierras para alimentar a tu familia?
– Lo son, majestad –respondió el agricultor sorprendido–, pero si tuviese más terrenos que cultivar, mi familia nunca jamás volvería a pasar hambre, siempre tendría alimento que proporcionarles. Y es esa seguridad lo que me haría feliz.
– Yo poseo todas las tierras que desee, mas no encuentro en ello la felicidad –contestó el rey–. Tendrás tres veces más tierra de la que posees, sembrarás todos los días fuera de este reino y no volverás jamás por aquí.
El agricultor obedeció las órdenes del rey y se marchó a trabajar sus nuevas y extensas tierras, pero se entristeció mucho al no poder volver a ver más a su familia y amigos pues era un hombre muy querido por todos.
Más tarde los hombres del rey traen al palacio a un valeroso soldado, ganador de cien batallas y gran maestro en el uso de la espada. Tras las mismas preguntas que el rey hizo a los otros hombres, el soldado contestó:
– Mi felicidad, Majestad, estaría en conquistar todos los mundos posibles para engrandecer su reino, vivir de la gloria de las batallas ganadas y así recibir su favor –respondió sumiso el soldado–.
– En mi juventud –repuso el rey– fui vencedor de batallas que lograron llenar mi uniforme de insignias y mi vida de menciones y banderas, hasta que un mal día perdí mi pierna en una de ellas. Tu felicidad es efímera y no es suficiente para mí. Saldrás de este reino con un batallón de cien hombres que yo mismo te proporcionaré, los dirigirás y ganareis batallas y tierras, pero ya nunca más volverás a este reino.
Ante las trabas que el rey ponía a todas las personas que los eruditos le presentaban y viendo también que toda esta gente sacaba un beneficio de ello, decidieron montar una artimaña para también ellos conseguir su recompensa. Decidieron ir a buscar a la persona más pobre, ya que estaban seguros de que esta pediría riquezas que el rey concedería y le harían ser uno de los hombres más ricos pero, a cambio, tendría que compartir sus riquezas con ellos. Así pues, se dirigieron a la plaza del pueblo donde se encontraba un joven músico que vivía de la caridad que los hombres le daban por tocar en las calles del pueblo. Lo llevaron ante el rey quien, ante la imagen triste a primera vista del joven, se preguntaba cómo podía un hombre tan sucio y andrajoso ser feliz si no poseía nada.
– Dime, joven, ¿dónde está tu felicidad? –preguntó asombrado el rey–.
– En llegar a tocar el Corazón de Cristo y sentir en las yemas de mis dedos el latido de su Corazón -respondió firme el joven músico-.
– Pero no posees riquezas, no sabes qué comerás hoy ni siquiera si comerás…
– Cada vez que alcanzo a sentir su latido llega hasta mis oídos el tintineo de las monedas que el pueblo deja al escucharme y me recuerdan que nunca estaré solo ni correré peligro, pues Él cuidará de mí.
– ¿Cómo podría conseguirlo yo? –le interrogó maravillado el rey–. El joven sacó de su fardel un librito muy desgastado por su mucho uso.
– ¡La Biblia! –leyó el rey al coger el libro en sus manos–.
– Ahí lo conocerás, aprenderás a confiar en Él y su Corazón te empapará y te abrirá a una nueva vida donde serás feliz con lo que tengas.
Fue así como el rey descubrió que la felicidad en la que se basaban los hombres era temporal, egoísta y ridícula. Ordenó que desde ese día el joven músico se instalara en su palacio y dejó que cada día le hablara un poquito más de ese Corazón del que, por primera vez, se había enamorado y al que desde aquel instante ansiaba unirse a Él. Por fin había encontrado la felicidad y esta no se encontraba en algo sino en Alguien.