El ángel de Dios

| Un hombre tenía un gran deseo: llegar a ver un ángel de Dios. Desde su humilde y pequeña casa en la montaña, rodeado de unos inmensos campos llenos de flores, cereales y árboles, se aferraba a su deseo esperando que un día se le concediese semejante estremecimiento. Ocurrió que un día, mientras dormía, sus sueños se hicieron muy claros. Y cada noche, durante un largo tiempo, se repitió su sueño soñando siempre la misma historia: se veía a él mismo lejos de sus tierras, en una casa más grande que la que poseía y de un lujo excesivo para un hombre solitario como él. De pronto, recogido en su oración, se le aparecía el ángel que tanto buscaba.
Cada día al despertar, su deseo encendía más su corazón y así fue como este hombre, resuelto en comprobar que sus sueños podrían hacerse realidad, vendió parte de sus tierras, cogió una bolsa en la que metió todos sus recuerdos de una vida en la montaña y se dirigió a la ciudad.
Al llegar allí recorrió todas las calles en busca de la casa que imaginaba. Después de mucho caminar, allí estaba iluminada por el sol, grande y hermosa. Sin dudarlo, sacó todos sus ahorros de la bolsa y la compró. Enseguida encontró el lugar ideal dentro de la casa y fue allí donde comenzó a hacer su oración en espera de la venida del ángel de Dios que tan claramente había visto prometido en sus sueños. Así fueron pasando los días sin que su Ángel viniera a su compañía, mas él no desfallecía en su oración.
Sucedió que un día, mientras estaba a la espera en su momento de recogimiento y paz, llamó un peregrino a la puerta y le habló así:
– Buen hombre, le he visto en oración y me preguntaba si podría darme cobijo, pues estoy cansado del camino.
– Debe llamar a otra puerta –le respondió una voz desde el interior- pues estoy esperando al ángel de Dios y no puedo entretenerme en otras cosas, no vaya a ser que venga, no me encuentre y se vaya.
Y así continuó con sus rezos, pero el ángel no apareció.
Pasaron los días y una mañana entró por su ventana una gran luz que iluminaba el rincón donde se encontraba. ¡Por fin había venido! ¡Su Ángel estaba allí! Tan ensimismado estaba dando gracias a Dios que casi no escuchó el golpear de su puerta. Una voz desde el exterior le gritaba:
– Buen hombre, por caridad, soy un caminante cansado y tengo mucha sed, ¿podría ofrecerme agua que Dios sabrá recompensárselo?
– Desearía hacerlo –contestó– mas ha venido a verme un ángel de Dios y no puedo dejarlo, no vaya a ser que al ir a darle el agua el ángel se ofenda por abandonarlo y se vaya.
En ese preciso instante el Ángel desapareció de su presencia quedando muy entristecido su corazón.
Tres días más tarde, el hombre volvió a rogar a Dios que tuviera a bien concederle de nuevo su visión. Como su dolor era grande y su arrepentimiento mayor, Dios le concedió ver de nuevo al ángel. En este estado de paz vuelven a llamar a la puerta. El hombre, asustado, no sabe qué hacer por si de nuevo pierde al ángel, pero lo sucedido esos días atrás le hizo recapacitar y se dirigió a abrir la puerta. Tras ella un fatigado peregrino se dirigió a él diciendo:
– Buen hombre, le he visto en su oración y no querría interrumpirle, mas el hambre y el cansancio me impiden continuar mi camino ¿Desearía mostrar su caridad con este pobre caminante?
– Ha venido en buena hora –respondió–. Entre, descansemos y comamos, pues esta tarde ha venido a verme un ángel de Dios.
Cuando el peregrino entró en la casa, la luz del ángel iluminó toda la habitación y, para mayor felicidad del hombre, su ángel seguía allí, sonriente y satisfecho. El peregrino no pudo contener sus lágrimas y entre sollozos de felicidad habló así:
– Buen hombre, hace tiempo que vengo caminando en busca del ángel de Dios, pues durante mucho tiempo soñé que lo encontraría en una casa humilde, junto a otra muy bella, en un hermoso campo lleno de flores, cereales y árboles. Ahora sé que mi camino no es en vano pues, al igual que tú, yo puedo encontrar al ángel de Dios.
El hombre se conmovió al oír estas palabras ya que había reconocido en ellas su antiguo y sencillo hogar. Se dispuso así a emprender junto al peregrino el camino de regreso a la montaña. Construyeron otra casa al lado de la suya y desde aquel día los dos hombres tuvieron una visita diaria de su Ángel pues, por fin, habían descubierto que las cosas de Dios no había que buscarlas fuera, sino en su corazón, en la caridad y en la mucha oración.