El aprendiz (la misericordia)

Joven indio junto al agua

Ana Isabel Carballo | Nayath era un joven aprendiz en la India. Desde hacía unos años había empezado a conocer los trucos, las plantas y las esencias con las que poder ayudar a sus semejantes. Su sabiduría iba en aumento pero, por desgracia, su ambición también. Y es así como quiso discernir, incluso, los secretos más ocultos y destructivos para el hombre, de los que solo eran poseedores los magos preparados y dispuestos a no utilizarlos contra el mal a los demás.

Fue por este motivo por lo que empezó a frecuentar al maestro Iravan, el único de esa región conocedor de esos secretos y capaz de ocultarlos durante muchos años para evitar que cayeran en manos erróneas. El buen hacer de Nayath, su simpatía y su supuesta inocencia hicieron que Iravan confiase mucho en él hasta el punto de que, viendo su avanzada edad, que no tenía hijos a quien transmitírselas y que todas las pócimas para el bien y para el mal quedarían perdidas para siempre, empezó a instruir al joven desvelando todos los secretos que habían sido transmitidos en su familia de generación en generación.

Su mejor amigo, Hadeep, empezó a descubrir que las intenciones de Nayath con Iravan no estaban siendo tan limpias como todos creían. Habló con él, pero el ansia de poder que Nayath estaba descubriendo no solo hizo que este no desistiera en su empeño sino que empezó a idear la manera de deshacerse de Hadeep. Buscó entre sus libros una fórmula fatal para que Hadeep muriese poco a poco: con unas gotas de una pócima especial en su bebida. Hadeep caería gravemente enfermo en unos meses, pero nadie descubriría la causa de su enfermedad.

Los dos amigos empezaron a quedar cada tarde con la excusa de hablar sobre el problema de Nayath y así este aprovechaba para invitarle a un té en el que, previamente, colocaba sus infernales gotas. Poco a poco, los dos amigos empezaron a disfrutar de su compañía, comenzaron a hablar de sus cosas y fueron abriendo su corazón un poco más hasta que el uno ya sabía de antemano lo que iba a decir el otro solo con mirarse a los ojos. En definitiva, dos grandes amigos. Cuanto más conocía Nayath a su amigo, más avanzaba la enfermedad de Hadeep. Sin embargo, Nayath no había depuesto su deseo de conseguir dominar el mundo ni, por tanto, de matar a Hadeep que ya se sentía muy débil. Sobre su cuerpo habían surgido unas heridas que supuraban y le causaban un gran dolor. Pero nadie podía saber qué le ocurría a Hadeep. Empezaron a llegar los mejores médicos y curanderos de ese y de otros países, mas nadie encontraba la respuesta. Por no encontrar, ni siquiera acertaban a adivinar que el problema de Hadeep era un brebaje mortal.

La atención que Nayath había llegado a provocar en su ciudad cambiaba ahora su centro y todas las miradas y admiraciones se dirigían ahora a Hadeep. Si el joven capaz de curar todos los males de aquellos hombres no era capaz de curar a su mejor amigo ¿dónde estaba su poder? ¿Acaso los dioses le habían abandonado? ¿O quizás siempre había sido una estafa? Nayath comenzó a sentirse sumamente apenado por su maldad. Ahora que veía perder a su amigo intentó poner remedio a su brebaje. Fue probando sobre Hadeep distintos antídotos, pero ninguno parecía surtir efecto. Tremendamente dolido y arrepentido fue en busca de Iravan a contarle todo lo que sucedía con su amigo, mas nunca le reveló quién era. El anciano había ido perdiendo la vista y, aunque no podía ver bien al joven, pudo reconocer perfectamente que se trataba de Nayath, pues este era el único que podía conocer una pócima así. Levantándose airado elevó su bastón al cielo y gritó:

– ¡Nayath! Me has engañado, Nayath, pero te he reconocido. Te enseñé todos los secretos para ayudar al mundo no para herir al hombre. Tú has utilizado tu saber para hacer el mal y ahora ¿no puedes, siquiera, enmendarlo?

– Maestro, me cegó la codicia, el mal entró en mí y no he sabido valorar el amor que Hadeep tenía por los demás. Lo único que él pretendía era evitar un gran mal y yo le mentí fingiendo mi amistad – respondió Nayath.

– ¡Oh, joven avaricioso! ¿No has aprendido en tu corta vida que el mal solo lleva a la destrucción de uno mismo? Mírate ahora suplicando clemencia ante tu error irreparable. Has perdido tu fama en la ciudad, has perdido tus poderes y ahora vas a perder definitivamente el amor de aquel que más te amó.

– ¡Debo hacer algo! Tú eres el sabio, por eso he venido a ti. Necesito una solución rápidamente, el estado de Hadeep es deplorable.

– Solo hay una cosa que puedes hacer: desde este momento te quedarás día y noche junto a Hadeep y no te moverás de su lado. Curarás sus heridas y serás su consuelo hasta el día de su muerte.

El joven Nayath se despidió de Iraván y permaneció durante treinta noches junto al lecho de Hadeep intentando curar sus heridas las cuales no cicatrizaban.

Una mañana el sol salió resplandeciente. Cuando los dos jóvenes despertaron, observaron que las llagas de Hadeep habían desaparecido. Todas sus heridas habían cicatrizado a gran velocidad, sin dejar ni una marca. Su piel había adquirido el color de un hombre sano.

– ¿Cómo ha podido ocurrir esto? Ayer estabas lleno de llagas y hoy te levantas sin ninguna cicatriz. ¿Quién ha obrado este milagro? – preguntaba Nayath.

– He conocido tus intenciones desde la primera taza de té que me diste – afirmó Hadeep.

– He intentado encontrar el antídoto que pudiera curarte, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles… Pero si ya lo sabías todo ¿por qué no me lo has impedido? Lo has aceptado y no me has denunciado ¿Cuál ha sido el motivo? – proseguía atónito Nayath.

– Porque antes de que tomaras el primer sorbo, querido Nayath, yo ya te había perdonado.

– ¿Y cómo vino la sanación? – preguntó Nayath.

– Desde el primer momento en que te arrepentiste de tu error, mis heridas empezaron a sanar aunque tú aún no lo pudieras ver porque no creías en mi misericordia contigo. Ningún antídoto era eficaz porque el verdadero antídoto estaba en ti, en tu corazón abierto a Iravan – respondió Hadeep.

– Fue el poder de tu perdón lo que te ha curado y lo que me ha curado – afirmó tembloroso Nayath.

Desde ese momento el joven aprendiz de mago dejó de lado su vanagloria y dedicó su vida a buscar ungüentos y jarabes para curar a los demás. Ocultó para siempre sus oscuros conocimientos y jamás se los reveló a nadie, quedando estos en el olvido y evitando así que ningún otro hombre pudiera utilizarlos para hacer el mal. Y desde ese momento el joven Nayath pasó a ser Gran Nayath admirado y querido por todos.

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