Ni dos, ni uno

| Era un día de lluvia y viento en un país desconocido. Dos hombres recorrían el camino de regreso a casa ocultando sus rostros bajo los paraguas cuando el hombre joven rompió el silencio y preguntó:
– Maestro ¿qué tengo que hacer para lograr la unión con Dios?
El maestro observó la cara llena de pecas de su impaciente discípulo y, esbozando una sonrisa de satisfacción ante la inquietud de la pregunta del joven, se dispuso a responder:
“Cuentan que un hombre había decidido emprender un largo viaje por tierras desconocidas. Como necesitaba unos buenos zapatos para realizar su empresa, se acercó a la zapatería de su ciudad, observó el escaparate y vio en él unos hermosos zapatos que parecían decirle “estamos preparados, llévanos contigo”. Entró en la zapatería, los probó y salió de la tienda con la caja de “los zapatos más cómodos que jamás haya probado, no se dará cuenta de que los lleva, pero serán la base de su camino”, como le había dicho el vendedor.
Al día siguiente, abrió la caja dispuesto a ponerse sus nuevos zapatos. Los observó detenidamente y sintió, desde el mismo instante en que se los puso en sus pies, como si los zapatos formaran parte de su cuerpo. Ya no eran dos, ni uno.
Llevaba meses caminando, trabajando, investigando y en sus pies llevaba sus zapatos cada vez más gastados. Cuentan, incluso, que cuando se iba a dormir no se los quitaba, se sentía tan unido a ellos que decía que al quitarlos sentía un vacío, como si algo en su ser le faltase. Ante la risa de sus compañeros él siempre contestaba que no eran ellos los que le hacían su trabajo, pero él sabía que sin ellos no hubiese logrado ni la mitad de su empresa.
Así que durante años continuó con esos viejos zapatos hasta el punto de que, cuando alguien intentaba regalarle unos nuevos, él siempre los rechazaba diciendo que allí donde fuera él, irían sus zapatos.
Cuando llegó el día de su muerte, nadie fue capaz de quitarle sus agujereados zapatos. Se decía que tal era su unión a ellos que cada vez que intentaban aflojarle el zapato para sacarlo, en una especie de milagro, el cordón del zapato volvía a anudarse con más fuerza a su pie. Ante el fracaso de su intento y asombrados ante el suceso, decidieron enterrarlo junto a sus viejos zapatos”.
– Maestro ¿significa eso que Dios y yo somos uno? -preguntaba desconcertado el discípulo.
– Ni uno ni dos –contestó- y después de un momento prosiguió su discurso:
“Cuentan que en otra ocasión unos hombres habían encendido un fuego para tener luz mientras hablaban al aire libre bajo la noche oscura. Pero resultó que, como era verano y era una noche muy calurosa, los hombres empezaron a separarse del fuego pues el calor que desprendía les hacía estar incómodos.
El fuego, al ver lo que estaba sucediendo, se dirigió al calor y le dijo: “mira a tu alrededor y fíjate lo que estás provocando con tu fuerza. Estos hombres estaban juntos divirtiéndose, hablando y ahora se han ido dispersando e incluso ya se puede ver en sus rostros el sopor del sueño. Muchos se han ido ya. Vas a provocar que me apaguen y deje de existir por tu culpa”.
El calor se lamentaba por su torpeza, por no saber controlar su temperatura: “créeme que si pudiera me iría hasta el invierno, cuando los hombres aprecian mi calor y se acurrucan a nuestro lado”.
La luz que estaba con ellos escuchando todo lo que el fuego y el calor se decían sentenció: “¿os dais cuenta de lo que decís? Fuego, tú no eres nada si el calor y yo no existiésemos, nosotros formamos parte de tu ser; calor, tú también necesitas las llamas para conseguir tu existencia. No sois dos, ni uno”.
El fuego y el calor se dieron cuenta de que los dos siempre tendrían que ir de la mano y que, aunque fueran dos cosas distintas, el uno sin el otro no podrían existir. Así que continuaron juntos calentando la noche y, como esta se hacía cada vez más cerrada y fría, los hombres se volvieron a reunir en torno al fuego y volvieron a sus historias y risas esperando que el amanecer los encontrara dormidos alrededor del fuego.”
– ¡Así es, joven amigo!, –exclamó el maestro después de una pausa para que el discípulo comprendiera sus palabras. ¡Ni dos ni uno! Igual que el fuego y el calor, la luna y la oscuridad o las olas y el mar, así es la presencia de Dios en ti. Dios y tú no sois la misma cosa, pero Dios está en todas las cosas. Allí donde tú estés estará Dios y tu búsqueda consistirá en que donde Dios esté llegues a estar tú también. Quien vive en presencia del Señor ve el mundo tal y como Dios lo ve y actúa en consecuencia. No te inquietes preguntándote si estás unido a Dios, busca las cosas de Dios y en ellas hallarás tu unión con Él.