Nicodemo: Nacer de nuevo para acoger la redención

Visita de Nicodemo a Cristo
Visita de Nicodemo a Cristo (John La Farge)

Luis Mª Mendizábal | Una de las claves del evangelio de San Juan es que Cristo es la revelación del Padre y nosotros somos invitados a acogerlo mediante la fe. Un ejemplo de esto lo encontramos en el precioso diálogo de Jesús con Nicodemo (3, 1-21). Se nos enseña que hace falta una mentalidad nueva para entender el camino de la redención.

Una mentalidad nueva

Nicodemo es un maestro de la ley, fariseo. Uno del grupo de los que no creían en Jesús. Viene de noche a ver a Jesús. La noche significa por una parte su temor y por otra su incredulidad. Y en medio de ella se acerca a la luz.

Comienza con una confesión valiente en plural: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro” (v. 2). El gran drama de aquellos judíos era que en el fondo sabían que Jesús venía de Dios. Los signos que hacía eran demasiado patentes. No lo reciben y no es por ignorancia: “nadie puede hacer los signos que Tú haces si Dios no está con él”(v. 2). Considerar a Jesús como un simple maestro es todavía un nivel muy elemental, la mayoría del pueblo tenía este punto de vista.

La respuesta de Jesús: “El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (v. 3). En el reino de Dios se entra por la fe en Cristo único Salvador que viene a dar su vida para reconciliarnos con el Padre. Pero para entender esto hace falta nacer de nuevo.

Nicodemo pregunta: “¿Cómo puede un hombre volver a entrar en el seno de su madre?” (v. 4). Considera este nacimiento como algo puramente material.

Un alumbramiento sobrenatural

Jesús le dice entonces: “En verdad te digo que el que no nazca -nacimiento nuevo- de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (v. 5). El que no reciba esa nueva naturaleza por el agua y el Espíritu, por el bautismo, la vida de gracia, la mente nueva, no puede entenderlo ni desearlo. El Espíritu quita el corazón de piedra y pone un corazón de carne. Un corazón renovado que conoce a Dios vitalmente como fruto de una relación personal de intimidad con Cristo.

“Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu” (v. 6). Hace falta espíritu, no sólo alma espiritual o humana, sino participación del Espíritu del Señor. Jesús le hace notar que es necesaria la entrega del don del Espíritu para que pueda realizarse esto. “El viento sopla donde quiere –es como el aire del viento en aquel anochecer-, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu” (v. 8). El que nace del Espíritu es espiritual. La mentalidad carnal no puede alcanzarlo, solamente intuye algo: “Sabemos que vienes de Dios” (v. 2). Pero no lo conocen como Hijo de Dios.

“Respondió Nicodemo: ¿Cómo puede ser eso?” (v. 9). Y Jesús, con una ironía cariñosa, le dice: “Tú eres maestro en Israel y no sabes esto” (v. 10). Jesús está tratando de introducirle progresivamente en esa vida nueva. Lo va introduciendo en el núcleo del mensaje, el Hijo de Dios que da su vida por nosotros.

“Nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio si al deciros cosas de la tierra, no creéis, cómo vais a creer si os digo cosas del cielo” (v. 11). Las cosas de la tierra no son solamente las materiales, sino los efectos en nosotros de la gracia, la redención… Si no entienden esto no entenderán lo superior, es decir, el misterio de Dios, de Cristo, de la encarnación del Verbo y de la obra de la Redención. Así dirá: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo” (v. 16). Eso es lo celeste. Pero si no entienden lo que tiene resonancias humanas…

Jesús da testimonio de lo que ha visto y está revelando

“Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre” (v. 11). Aquí llega la presentación del misterio de Cristo Hijo de Dios, Hijo del Hombre. Lo expresa de un modo muy condensado: sin dejar de ser Dios, se ha hecho hombre. Sin dejar el seno del Padre, ha venido a nosotros. Ha bajado del cielo sin dejar de estar en el cielo, para revelarnos quién es el Padre.

Y ahora, al maestro de la ley, le recuerda aquel hecho del Libro de los Números (c. 21) en que los israelitas, rebelados contra Moisés, fueron castigados con una plaga de serpientes que les mordían. El pueblo se vuelve a Moisés pidiendo su intercesión. Yahvé, revelando su misericordia, manda a Moisés levantar una serpiente de bronce. El que mirase a la serpiente quedaría librado del envenenamiento. Se trata de una mirada de fe, no de algo mágico. Mirar es recurrir a la misericordia de Dios.

Lo mismo que entonces, ahora la humanidad está herida por el pecado. Si esta humanidad levanta los ojos a Cristo Redentor, queda curada. Cuando se le mira con fe, se acepta su entrega redentora y se recibe el amor del Padre manifestado en Cristo.

“Así el Hijo del Hombre tiene que ser levantado” (v. 14). Es levantado físicamente sobre la tierra en la cruz pero simbólicamente elevado a la gloria del Padre en la entrega de su vida por nosotros. De esa gloria habla San Pablo: “que toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 11).

“Es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él tenga por él vida eterna” (v. 15). No dice “mirar”, sino “creer”, porque la mirada es la fe. El que lo acoge como Hijo de Dios recibe la vida eterna con el don del Espíritu. Pero para captar esto hace falta una transformación del corazón.

Jesús muestra al Padre

Y ahora añade la frase clave, donde condensa el misterio admirable de la Redención: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (v. 16). Este es el plan divino. Toda nuestra vida gira en torno a este misterio luminoso de Amor.

El Padre es el artífice del gran misterio de la redención. Es importante entrar en este misterio de la redención, es decir, del amor permanente y perseverante de Dios al hombre. En fuerza de su amor, Él mismo ha encontrado el camino de vuelta del hombre: el Verbo hecho hombre para ofrecer su vida en amor.

El camino es un hombre verdadero, que ama con un corazón humano y da su vida. Amando así endereza la situación del hombre pecador. Así, el que cree en Él y se adhiere a Él es reconciliado con el Padre. Este es el fruto de perdón que Jesús pedirá desde la cruz.

“Así amó Dios al mundo que entregó a su Hijo” (v. 16). Muy probablemente, esta frase no se refiere a la muerte, sino a la encarnación. Jesús es el don de Dios. Más adelante le hablará Jesús a aquella mujer samaritana: “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). Jesús mismo es este don del Padre. Ahora bien, a la encarnación coronada en la cruz. Desde luego se puede aplicar al “entregar” toda la riqueza de sentido que tiene cuando se dice: “el Hijo del hombre será entregado en manos de los gentiles” (Mc 9, 31) o del “me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 2).

Creer en Él es creer en el Hijo de Dios que, en cumplimiento de la voluntad del Padre y como manifestación del amor del Padre, entrega su vida. Todo el que mire con fe creyendo en Él tiene vida eterna, y esto es nuestra salvación.

Esto se revela en plenitud en la cruz

En ningún momento Jesús ha revelado tanto al Padre, como en el momento de su inmolación suprema de la cruz. Allí, en la cumbre de su entrega de amor por nosotros, nos ha revelado la grandeza del amor del Padre. Viendo el amor con que Jesús se entrega, vemos el amor con que el Padre entrega a Jesús por nosotros. Por eso el Crucificado es la plenitud de la revelación.

Tenemos que llegar a comprender que la muerte de Jesús es efecto de nuestro pecado. Pero de esta manera nos salva. Y de esta manera nos salva, nos comunica la salvación. Así, incluso en el momento más duro, que es la mordedura del pecado, en lugar de centrarnos en nosotros mismos -como suele suceder-, lo que tenemos que hacer es levantar la mirada hacia el Señor, levantar la mirada hacia los brazos abiertos que son expresión de la misericordia abierta de Dios.

Llevar el crucifijo tiene la finalidad de fijar la mirada en el amor del Señor. Vemos en esa cruz la expresión de su amor. Y la mirada a ese amor misericordioso lleva consigo confianza en Él. Al entender ese amor, entonces comprendemos mejor lo que significa el egoísmo humano. Desde ese amor comprendo cómo puedo ir superando todo lo que por mi parte lo obstaculiza.

Deberíamos tenerlo siempre en el corazón: “Envió a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”(v. 16). El Señor ha venido a salvar y si no lo acogemos moriremos por nuestros pecados al no aceptar su redención.

Necesitamos creer en Él. Por eso dice, “para que todo el que crea en Él no perezca” (v. 16). Porque al creer en Él, pasa de la muerte a la Vida, no perece. ”Sino que tenga vida eterna” (v. 15), que tenga la Vida de la reconciliación con el Padre, la Vida de la Trinidad.

Y lo vuelve a recalcar todavía: “Porque Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (v. 17), para dar vida al mundo. Por amor a ese mundo perdido, al que Dios ama locamente. Por la mirada al crucificado se derrama la misericordia de Dios en cada hombre. Cristo ha venido para salvar, no viene a condenar. Ahora, el que no acepte la salvación, se pierde.

El hombre no tiene vida en sí. Ha de acoger la vida eterna creyendo en Cristo. Echarse en los brazos del Amor Misericordioso de Dios que se le manifiesta en Cristo levantado en alto.

La visión de Cristo Crucificado como Misericordia del Padre, nos introduce en el Corazón abierto de Jesucristo. Y contemplándole así, creyendo en Él, es como recibimos el don del Espíritu Santo, que ha de realizar nuestra transformación en Cristo.

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