Dame de beber. Dios se muestra necesitado

Cristo y la mujer samaritana en el pozo
Cristo y la mujer samaritana en el pozo (Angélica Kauffmann)

Luis Mª Mendizábal

El diálogo con la Samaritana del capítulo cuatro de San Juan (I).

Jesucristo llega a una ciudad de Samaria llamada Sicar. Donde está el pozo de Jacob. Allí fatigado del camino se sentó junto al pozo, en el borde, pues no tenía brocal. En este marco se va a encontrar con esta mujer, conocida ya para siempre como la Samaritana, símbolo de la humanidad pecadora que tiene sed de Dios, pero hay algo más impresionante: Dios tiene sed de ella.

Dios esperando al hombre

“Tenía que pasar por Samaria” (v. 4). No era obligatorio geográficamente, había tres caminos y dos de ellos no pasaban por Samaria. Ese “tenía” en fuerza de su Amor y de su misión salvadora. Iba en busca de aquella mujer.

Está fatigado y cansado. Una vez más, el telón de fondo, como en Caná y explícitamente en el diálogo con Nicodemo es Cristo crucificado. Es el diálogo del alma con Cristo crucificado. Junto al pozo de Jacob, pozo del agua material. Pero símbolo del pozo del Corazón del Señor, donde está el Agua Viva.

“Era alrededor de la hora sexta” (v. 6). Son estos detalles propios de San Juan. Dirá lo mismo en la Pasión, cuando Pilato saca a Jesús y lo presenta para luego enviarlo a la Cruz, dice también, “era la hora sexta” (Jn 19, 14).

Y así llega una mujer de Samaria a sacar agua. Estaría despreocupada, vendría quizás canturreando, y se encuentra allí con Jesús. Él la está esperando, y aquí también se cumple lo que decía Jesús a Natanael “antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera yo te vi” (Jn 1, 48). Ella no pensaba en Jesús, pero Jesús ya pensaba en ella.

Ella simplemente viene a buscar agua. No es consciente de que Jesús la espera. Como nos pasa tantas veces a nosotros, que vivimos inconscientes de cómo está pesando sobre nosotros el Amor de Jesús, no lo pensamos siquiera. A veces nos enredamos en nuestras preocupaciones o nos sumamos a esa gente que “va a lo suyo”.

Dios muestra sus deseos

Vio a aquel hombre judío, cansado, pero nunca se atrevería ella a dirigirle la palabra, ni a ofrecerle agua. Eso no lo haría jamás. En el pozo, mirándole a un lado, coge la cuerda, baja el cántaro hasta el fondo, eran unos treinta metros de profundidad, y lo saca sin ofrecerlo.

Jesús rompe el silencio con aquella expresión impresionante: ¡Dame de beber! Es la humildad de Jesús. Él que es Dios, pide un favor a una mujer samaritana. Su bondad y mansedumbre están en esta frase. ¿Cómo se puede decir de una manera tan sencilla? ¿Cómo se puede abrir un corazón así?

Muchas veces se abren más los corazones pidiendo un favor que haciendo un favor, pero nos cuesta pedir un favor, mostrándose uno necesitado. Muchas veces no llegamos a hacer cosas por no pedir un favor, por no abajarnos a eso. No tengamos miedo a mostrarnos limitados.

¡Dame de beber! Tengo necesidad de agua. Es una frase fuerte, que impresiona. Nos abre el Corazón de Jesús y sus deseos íntimos. Tiene sed de su amor y de su bien. Quiere hacerla feliz, va más allá del agua material. Está hablando como redentor que viene en busca de aquella mujer y le expresa su sed interior, aquella que aparece también en la cruz. Cuando Jesús grita: “Tengo sed”.

Tengo sed, dame de beber, es sed de Dios, es sed de dar el Espíritu Santo (cf. Jn 7, 39). La sed de Dios es sed del amor de la criatura. Desea que le ame, con ese amor que Él pone en su corazón. Este es el sentido profundo que es expresado de una manera gráfica en el Corazón de Jesús: Dios tiene sed de tu amor. Sed de tu Amor Personal. Esto nos resulta incomprensible. Pero es verdadero, porque nos ama con amor de amistad, dice Santo Tomás de Aquino que el Señor busca nuestra correspondencia de amor (cf. S. Th. I, q. 20, a. 2, ad 2m).

El Señor busca nuestra correspondencia de Amor. El amor de amistad es amor mutuo. Al amarme como amigo, no puede no desear que yo le ame. Y por eso tiene sed de mi amor y esto es difícil de entender para nosotros.

Nosotros no queremos o no somos capaces de comprenderlo, porque si comprendiéramos cuánto desea Dios que le amemos no ahorraríamos ningún esfuerzo por saciar esa sed, la sed de Dios.

El diálogo espiritual con Dios…

¿Me das de beber? Es admirable. Jesús se acerca fatigándose, a través de la vida y pasión, a ese lugar de Samaria, buscando la fe de aquella mujer. Y ante esta propuesta reacciona desde su nivel humano: “¿cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber que soy una mujer samaritana?” (v. 9). Aquí es donde se ve como Jesús lleva la conversación, le ofrece bienes superiores que ella al principio no capta de ninguna manera. Ella reacciona desde su nivel. Dios nos interpela en un nivel, nosotros nos movemos en otro. Quiere elevarnos, pero no respondemos todavía y Él no nos abandona, sino que es constante y acaba por elevarnos.

En un diálogo no se trata de convencer al otro, ni de obligarle a que acepte, ni de enmendar lo que plantea. Jesús va dejando caer los temas poco a poco. La iluminación raras veces es instantánea, suele ser lenta, pero es necesaria la constancia de esa presentación. Jesús es también modelo en esto.

Si ella comprendiera que es Hijo de Dios, entonces su asombro sería absoluto ¿Cómo tú que siendo Dios me pides de beber a mí que soy un pecador? Este es el asombro ante la Misericordia de Dios. El amor misericordioso que ha venido no a condenar sino a salvar y ahí está el fondo de toda la vida cristiana. Dios que me pide a mí que me fije en Él, con esa actitud de humildad, siendo Dios habla con nosotros, nos pide favores, eso es lo que nos admira a nosotros.

Jesús le responde: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ¡Dame de beber! Tú le pedirías y Él te daría un Agua Viva” (v. 10). Le está indicando que su sed es sed de dar el Agua Viva, pero tiene que conocer el don de Dios. Si lo conocieras tú lo pedirías. Y Él empieza a elevar la conversación, el contenido, el diálogo muy alto, sencillamente elevado. Viene a decirle tú me consideras un buen judío, si conocieras el don de Dios y quién te pide.

Ese don de Dios no es todavía el Espíritu Santo. Sino que el don de Dios es su Hijo: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo…” (Jn 3, 16). Así amó mi Padre al mundo que le ofrece como don a su Hijo. Lo había dicho en el diálogo con Nicodemo.

Esa Agua Viva más adelante será el Espíritu Santo. Cuando diga “si alguno tiene sed que venga a mí y beba, de su seno brotarán torrentes de Agua Viva” (Jn 7, 38).

…hasta el conocimiento de su Don

“Si conocieras el don de Dios…” (v. 10) ¿Qué le pedirías? ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que en el fondo tú tienes deseos de esa agua. Lo que falta es concretar ese deseo, saber que es deseo del Agua Viva.

Muchas veces nosotros sentimos una inquietud pero no sabemos cuál es el objeto. Cuando un niño se siente mal no sabe que le falta agua, que lo que tiene es sed. Su madre sí, conoce la necesidad y enseña al niño a saciar su sed. En la juventud existe ese deseo del que habla San Agustín: “Mi corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones, I, 1, 1). Pero no sabe localizar que lo que le falta es ese Don de Dios, si lo conociera, lo apetecería conscientemente.

La gran misión de la Iglesia es hacer este bien a la gente: darle a conocer de tal manera ese Corazón de Cristo, que entienda que lo que tenía dentro y lo que le inquietaba: la necesidad que tenía de Él. Debemos presentarlo así, como esa satisfacción de una necesidad interior. Entonces, la pedirán.

“El que beba de este agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota hasta la vida eterna” (v. 14). La Palabra aceptada se hace vida, una vida que desemboca en la Vida Eterna, “salta” hasta esta. El que la acoge ahora vive de la eternidad y le va acercando, elevando a la eternidad.

Entonces le dice: “dame de ese agua para que no tenga más sed ni tenga que venir aquí a sacarla” (v. 15). ¿Qué había entendido? Quizás no mucho. No creamos que siempre tengamos que entender todo. Suele ser así, primero un concepto imperfecto, uno se familiariza primero y luego las cosas van matizando y van quedando más claras. Algo ha captado, de hecho ella le pide: “dame de esa agua”. Al menos entiende que lo que le ofrecen es mejor que lo que tiene.

Jesús se la va a dar, ya la ha pedido, la va a satisfacer. Pero no imaginemos nunca que los dones de Dios sean automáticos. No pensemos que si en la oración pido un corazón puro al salir ya tengo que haberlo obtenido. La petición en general no es nunca un seguro para los vagos.

El que quiere salud debe ir al médico. Puede pedirla a Dios, pero después debe procurar los medios ordinarios. Dios atenderá su petición por medio de estos. Por ejemplo, iluminando al médico. Sería un error pedirla de manera milagrosa. El Señor suele respetar el curso de las cosas, eso requiere un proceso.

Ella le dice: “dame de esa agua” (v. 15). Petición que se atiende pero requiere un proceso. No es simplemente que le da ya esa agua. Jesús la prepara, no la da de repente.

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