El diálogo con la samaritana

“En espíritu y verdad”
Jesucristo revela su sed ardiente de salvar a la humanidad en su conversación con esta mujer samaritana. Ella no había entendido las palabras de Cristo. Pero aún así, Jesús suscitó en ella el gran deseo: le pidió el “Agua Viva”, el “Don de Dios”. Ella se la pide. Pero esa gracia no se concede inmediatamente, sino que requiere un proceso. Dios desea dársela incluso al pecador. Esta mujer samaritana representa a la humanidad pecadora amada por Dios a la que quiere conceder este don.
Hacia la verdad de la propia vida
La primera gracia que concede es el reconocimiento de los propios pecados. Hay que comenzar por el dolor de los pecados. Luego llega el perdón, que no puede aparecer de repente.
El Señor procede así en todo. Por eso, para darle el Agua Viva da un paso que nos puede sorprender: “vete, llama a tu marido y tráelo acá, vente con él” (v. 16). ¿Qué quiere decir? Está tocando delicadamente el problema interior de aquella mujer, la miseria de su alma. La prepara así. Por eso ha puesto “el dedo en la llaga”. Para recibir el Agua Viva hay que dejar la vida de pecado. Jesús se dirige a ella en particular y en su situación concreta.
Es lo que se nos recalca en el Corazón de Cristo, que mira a ti, a ti en particular. A esta mujer -nos pasa también a nosotros- empezaba a interesarle aquel judío que le hablaba de cosas tan serenas y tan subidas que ella apenas barruntaba.
Aplicarse el Evangelio personalmente
Escuchó a Jesús cosas tan distintas de las que ella estaba acostumbrada a oír y a hablar que le pudo parecer que Jesús no se dirigía a ella. Podría pensar: “éste no sabe con quién ha dado, piensa demasiado bien de mí, yo soy una pecadora”.
Suele ocurrir que otros tienen una imagen falsa de nosotros pero no queremos que se deje de mantener. Y por otra parte, ante la verdad de nuestra vida, pensamos que todo eso tan sublime no es para nosotros. Pero había pedido el Agua Viva y Jesús le quiere recalcar que está hablando con ella, personalmente, que sabe con quién está hablando, se lo propone conociéndola de veras. En el Corazón de Cristo se nos recalca que Dios nos mira personalmente, en nuestra individualidad concreta.
A veces no nos atrevemos a aplicarnos el evangelio a nosotros mismos, lo aplicamos quizás a la humanidad en general, pero lo que se refiera a mí personalmente nos parece imposible.
Palabras de Jesús como: “vendremos a él y haremos nuestra morada en él” (Jn 14, 23) nos parece que no son para nosotros. ¿Que el Padre y el Hijo hagan su morada en mí? Nos cuesta aceptarlo. Cuanto más conoce uno su propia miseria, más cuesta entenderlo y más sorprende que el Señor pueda dirigirnos esa frase. ¿Pero a mí? ¿Señor, esto a mí? Que Dios me pueda decir que le dé de beber, ¡dame de beber!, ¿que yo pueda satisfacer ese deseo de Dios?
No lo hace de una manera brutal, como nosotros, que nos sentimos atraídos por ese estilo: “Sé que eres una sinvergüenza, pero te lo digo a ti, aunque ya sé que eres una perdida”. Lo hace con esa delicadeza suya: “vete, llama a tu marido, tráelo” y os hablaré a los dos.
Y ante esa propuesta que parece inocente, que no hiere nada, ella contesta rápidamente: “No tengo marido” (v. 17). Y Jesús le dice entonces: “bien dices que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho verdad”. Todavía alaba su sinceridad y hace notar que se dirigía a ella, sabe que “ha tenido cinco”. Al descubrirle esas intimidades, le decía que sabía bien quién era, y sin embargo, le había hablado y le había dicho: “dame de beber”.
“Conocer” a Dios de verdad
Su reacción es decir “veo que eres un profeta” y entonces viene la pregunta acerca de dónde hay que adorar a Dios. La disputa entre judíos y samaritanos, Jerusalén o aquí en Garizim. Jesús le contesta: “la salvación viene de los judíos” (v. 22), por lo tanto, de Jerusalén.
¿Y qué tiene que ver esto con lo anterior? El Agua Viva es el trato con Dios, con el Padre, en el Espíritu. Por eso toca el tema de la adoración. ¿Dónde se realiza ese trato con Dios? En Jerusalén. ¿Quién tiene razón? Era el punto de discusión entre los dos pueblos. Y Jesús le dice claramente que en Jerusalén: “vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos” (v. 22).
El Templo de Garizim no se basa en una manifestación de Dios. El conocimiento natural de Dios se llama aquí “no conocer a Dios” (cf. v. 22). Este caso lo encontramos en Samuel. Cuando oye por primera vez aquella voz. Dice el texto: “Samuel no conocía a Dios porque no le había sido revelada la Palabra de Dios” (1 Sam 3, 7). Mientras no viene sobre él la Palabra de Dios, no conoce a Dios.
Evidentemente, lo conocía, pues estaba a su servicio y estaba en el templo con el sumo sacerdote, pero “no conocía a Dios”, expresa que no tenía con Él esa relación de amor, ese contacto de intimidad propio del que ha recibido la Palabra de Dios.
“Adoráis lo que no conocéis”, es religiosidad natural, no una revelación de Dios. Y han construido un templo que no es malo, pero es mera construcción humana. “Nosotros adoramos lo que conocemos”, en Jerusalén había habido revelación de Dios. Es el templo querido por Dios, donde está la gloria de Dios y nosotros adoramos allí. No disimula la verdad. La indica de manera leal, pero añade: “ha llegado la hora de que ni allí ni aquí, sino que los verdaderos adoradores, adorarán al padre en Espíritu y en Verdad” (v. 24).
No deben entenderse estas palabras en el sentido de que se eliminen los templos porque Él está en todas partes, en espíritu y en verdad. Quiere decir que ya el lugar santo no se va a localizar en un lugar geográfico, como era Jerusalén. Esto había sido así desde que Dios le había prometido a Abraham: “yo te mostraré el lugar” (Gn 12, 1).
Agua Viva y Nueva Alianza
Ya no va a ser así, llegará un momento en que los verdaderos adoradores, adorarán al Padre según su revelación en Cristo. Nuestro trato es el trato que corresponde a la revelación del Padre en Jesús, que supera toda revelación anterior y que constituye la Nueva Alianza. La Alianza de Amor y por lo tanto los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad, en Verdad es en Cristo: “Yo soy la Verdad” (Jn 14, 6).
Y la verdad es el Amor del Padre que se revela en el Hijo que da su vida por nosotros, en ese amor. La relación fundada en ese amor y en el Espíritu que es el que lo vivifica en nosotros. Es decir, que los verdaderos adoradores, tratarán con el Padre en Cristo y en el Espíritu Santo.
En Cristo, en espíritu y en verdad, es la hora, ha llegado la hora, estamos en ella y esa es nuestra nueva relación con Dios. Termina aquella mujer diciéndole: “sabemos que está para venir el Mesías, Él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Yo soy, el que está hablando contigo” (v. 26).
Aquí queda todo aclarado, esa es la nueva relación con el Padre. “Yo soy, el que te está hablando” y tú, hablas conmigo en Cristo y en Espíritu Santo, es el Agua Viva. Son detalles que merecen ocupar nuestra consideración y que nos acercarán más y más al Corazón del Señor y que nos enseñarán a proceder en su Espíritu. La verdad es el Padre que se revela en el Hijo que da su vida por nosotros en amor. El Espíritu vivifica en nosotros esta relación.