Caná, la primera obra divina de Jesús

| Decíamos en el artículo anterior que San Juan llama a este primer milagro el “primer signo”. Ve las realidades según el misterio que contienen. El misterio viene a ser una realidad superior que está más al fondo de lo que captan los sentidos. Los signos que recoge San Juan suelen ir unidos a la enseñanza de Jesús. En ellos aparece el poder de Dios. Por eso se les llama también milagros o cosas admirables. Como los signos del pueblo de Israel en el desierto. Lo que se manifiesta es la gloria de Dios. Esto es, el poder amoroso de Dios. El poder de Dios siempre va movido por el amor. Es una obra de Dios que arranca de su corazón y pone su poder al servicio de su amor.
Los signos revelan el amor redentor
Si los leemos bien, son obras divinas de amor que significan la redención mesiánica, que es el gran signo o gran obra de amor. La Iglesia seguirá haciendo estas obras. Cada bautizado está también llamado a realizar estas obras de amor que son remedio de necesidades humanas. Ese remedio no tiene por qué ser un milagro, pueden ser obras normales, pero obras de amor en socorro a la necesidad humana.
Es necesario que en el corazón de la Iglesia se perciba el corazón de Dios. El cristiano no puede vivir en un mundo al margen de las necesidades de los hombres. Tenemos que ir con un corazón sensible que busca la felicidad completa de todos. Y donde haya una necesidad, entregar la vida con amor e interés.
En este protosigno el Señor se revela con el encanto propio de la caridad. La verdadera caridad cristiana es delicada. Para ahorrarles un ridículo a aquellos esposos, actuó discretamente. Y la Virgen se nos presenta como contagiada del mismo amor. Y en ese contexto hace su petición: “No tienen vino” (v. 3).
Una nueva relación entre Jesús y María
La respuesta de Jesús, parece dura: “¿Qué tienes que ver conmigo, mujer? No ha llegado mi hora” (v. 4). Habitualmente retocamos la expresión todo lo posible para suavizarla. Es un tanto fuerte. Con San Agustín hemos de recalcar que Jesús le dijo a su Madre: “¿Qué tienes que ver conmigo mujer?”. Lo expresamos así porque lo dijo así.
¿Por qué esta expresión tan fuerte? Jesús, en aquel momento quiso dar testimonio de que Él no obra por influjo de carne y sangre. La gente que estaba allí no podía comprender los secretos de su maternidad divina. Observaba simplemente que es su madre. Jesús recalca que la misión mesiánica y los signos mesiánicos no se hacen por voluntad de parientes, por la influencia de la carne y la sangre, sino por la voluntad del Padre: “no ha llegado mi Hora” (v. 4), la hora del Padre.
Lo que aparece en el texto es que –a pesar de la dureza de la frase-, María entiende que lo va a hacer. Eso es indudable en el relato. María ha entendido que Jesús tiene voluntad de hacer y es fruto de esa intervención de su Madre. Pero su maternidad ya no es puramente carnal, ahora actúa como Madre por voluntad del Padre. María tiene una misión materna. En ese sentido ella puede contestar con libertad: “Haced lo que él os diga” (v. 5). Esta es la gran riqueza que encontramos en este signo.
María nos prepara para la intervención de Dios
En este momento María desaparece. Pero de paso cumple la otra parte de su misión. La primera era poner a Jesús con los hombres, ahora pondrá a los hombres con Jesús.
Al marcharse indica a los sirvientes que la solución a su problema es ir a Jesús. “¿Verdad que os falta vino? La solución es ir a Aquel y haced todo lo que Él os diga”. Nada más. Los sirvientes son imagen de los discípulos de Jesús. Tienen que servir lo que viene de Él.
Eso significa que la Virgen sabe que el Señor va a actuar. Él actúa siempre contando con la colaboración del hombre. Para ello es necesario que éstos sean muy dóciles. Y van a necesitar la docilidad porque va a actuar a lo divino y lo divino sobrepasa lo humano. Lo divino parece absurdo y necio a lo humano. María los prepara, porque nuestra fe suele flaquear. No somos obedientes a Dios porque no creemos en esa posibilidad de Dios. Ahí radica la fuerza de la intervención de María: nos mueve a hacer todo lo que Él dice aunque parezca raro.
La fuerza está en ese todo, en ese “cualquier cosa que os diga, hacedla”. El consejo de María es eficaz, breve y sencillo. Su eficacia está en transmitir sus disposiciones de corazón. Ella dijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Es lo que Ella transmite. Prepara el corazón a la docilidad a Cristo. Les pone en contacto con Él y a sus órdenes.
Y después de haberles dicho esto tan breve pero tan eficaz, desaparece. No dice el Evangelio Ella se marchó. Pero ya no aparece en el relato.
La petición “absurda”, preludio de la gran intervención divina
No hay vino y Él les dice: “Llenad las tinajas de agua” (v. 7). Podrían llegar a ser unos seiscientos litros según las medidas actuales. Humanamente hablando es una cosa absurda… lo sensato según la carne sería declararse en objeción de conciencia. Lo que falta es vino, no agua. Pero ellos, instruidos por la Virgen, lo hacen.
Empezaron a llenarlas de agua. Resulta una escena impresionante: el mayordomo contrariado porque no hay vino mientras los otros se dedican a echar agua en los tinajones. Llenan hasta arriba, porque ha dicho “llenad”.
Al terminar vuelven y sacan ese vino y le sirven al mayordomo contrariado. Es una prueba tremenda. Ellos pensarían que le dan a beber el agua. Lo que le agrada al Señor es esa obediencia apostólica. Estoy persuadido de que cuando no hay obediencia, el fruto de las almas o se anula o se disminuye en nosotros. Ahí está el secreto de la esterilidad de muchos trabajos nuestros. Cada uno lo quiere hacer a su manera, pero nada de sujetarse a normas puestas por otro.
Lo “mejor” al final
Para ellos era una obediencia nueva. La cumplen gracias a esa disposición del corazón que la Virgen les ha infundido. Éste es el milagro: aquellos sirvientes obedecieron. Y después de probar el vino, se vuelve en su furor –como suele pasar- contra el novio. Le dice: “Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora” (v. 10).
Según los Santos Padres el novio representa a Cristo. Esa palabra la dirige a Cristo. Se trata de la novedad de la Nueva Alianza, el vino del corazón nuevo. En el orden humano la alegría se va desgastando con los años y se va haciendo más pobre. La ley de la degradación de la alegría, de la calidad… matrimonios que han perdido la ilusión del principio, jóvenes hastiados del placer.
Ahora bien, en la Nueva Alianza la ley es al contrario: lo mejor está al fin. Pasamos de bien en mejor, subiendo. Del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, la Nueva Alianza, y dentro de la Nueva Alianza hasta llegar a la visión de Dios, al encuentro con Él.
Y en la vida personal de cada uno de nosotros, si somos fieles, lo que hemos gozado del Señor es lo menos respecto de lo que Él quiere dar. Él nos guarda el “vino mejor” para el fin.