Eucaristía y sentido esponsal del cuerpo

Pareja

Nieves González (artículo recuperado del número 61) | Y creemos que Dios con la vida, nos regala el cuerpo (“… vio Dios lo que había hecho, y era ¡¡estupendo!!”). Más aún, creemos que, para rehacer la armonía rota de la creación, para salvarnos, nos hizo el regalo más grande: su propio Hijo, Dios mismo que se hace corporal en medio de nosotros.

María fue viviendo en su interior a lo largo de nueve meses el mayor de los milagros: fueron apareciendo y creciendo las manos, los labios, los ojos, todo el cuerpo de Jesús, y un corazón de hombre, donde toda la ternura de Dios pudiera venir a hacer su morada.

Pero, ¿por qué la necesidad de un cuerpo? En definitiva, ¿qué es el cuerpo?

El cuerpo soy yo mismo.

Yo soy mi cuerpo, y gracias a él se expresa el lenguaje de mi alma. Soy yo, en tanto que puedo darme a los demás, y unirme con la creación. Me permite disfrutar de las personas, del sol, del mar, de los animales.

Y, sin embargo, aunque mi cuerpo está tan unido a mi alma que lo volveré a tener por toda la eternidad, hay como una distancia entre mi cuerpo y mi alma. El cuerpo me permite expresarme, pero también me limita. ¡Hay tantas cosas que me gustaría hacer y mi cuerpo no me lo permite!

Por un lado, el cuerpo nos recuerda que somos seres contingentes, en constante dependencia, creados a cada instante y que no puedo alargar su vida ni un segundo.

Al mismo tiempo, el cuerpo nos recuerda que tenemos, sí, una humanidad común, pero ningún hombre o mujer puede por sí mismo ser “todo el hombre”. Siempre tiene ante sí la otra manera, inaccesible para él, de serlo. La mujer por ejemplo, no entiende cómo su marido, que estaba enfadado con ella, de repente se contenta y está dispuesto a abrazarla (porque la mujer primero entrega el alma para entregar el cuerpo y su esposo sin embargo al entregar su cuerpo, busca recuperar la unidad de sus corazones).

El cuerpo tiene un sentido esponsal

Pero es precisamente el cuerpo sexuado el que revela otro regalo que Dios nos ha hecho. Además de darnos un cuerpo, y de regalarnos a su Hijo hecho carne, nos ha regalado la posibilidad de amar con su mismo amor.

El cuerpo sexuado revela que la persona está hecha para darse. El cuerpo está hecho “para el otro”, tiene un sentido esponsal.

Ser persona significa por lo tanto ser esposo/a desde el principio. He sido creada, estoy siendo creada ahora, en este instante, para entregarme, para vivir una relación de amor que no depende de mi capacidad, de mi distracción ni de mi estar atenta. Capaz de amar gracias a mi interioridad y a mi cuerpo.

Contemplando a Jesús en la Última Cena aprendemos lo que esto significa: Él, tomando el pan, lo partió y lo entregó a los discípulos diciendo: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros”. Es una entrega universal y personal. “Este es mi Cuerpo que se entrega en este instante por ti”.

Somos de Cristo, suyos del todo y para siempre. Esta relación inicial nos da una dignidad infinita y nos salva de ser considerados objetos por nadie, porque nos traten como nos traten somos suyos. De la misma manera, hace que nuestro pecado no sea la última palabra sobre nosotros porque antes que nuestro pecado está la relación con Él. Podemos alejarnos, pero Él es fiel.

Nacemos con una única vocación: ser esposos

Nacemos con una vocación a la esponsalidad virginal. Esta esponsalidad virginal se puede vivir en dos formas: matrimonio y virginidad. Y por eso la vocación al amor matrimonial y al amor virginal se completan y ayudan la una a la otra.

Los hombres y mujeres llamados a una consagración total y exclusiva de su cuerpo al Señor nos recuerdan a los matrimonios que el Señor es todo, que no puedo esperar que mi esposo, mi esposa colme mi corazón y satisfaga el deseo que ha despertado. Sólo Aquel que ha creado el corazón lo llena infinitamente más de lo que ninguno de nosotros puede desear o imaginar y sólo en la medida en que tenemos esto presente, podremos amar a la persona que camina a nuestro lado en la vida sin pretensión ni violencia.

Vivir el matrimonio con mirada virginal es reconocer que mi corazón lo llena Cristo y aceptar agradecido el amor limitado de la persona a quien quiero. Así podré sorprenderme, porque ese amor, esa relación en manos del Señor se hace infinita, porque ningún error mío o de la persona querida nos define, porque basta una súplica sincera de misericordia para que toda nuestra estupidez quede salvada.

Para los célibes consagrados, la manifestación de ternura entre los esposos, de ternura entre padres e hijos, es una llamada continua para ellos de lo que debe ser su ternura para con su Señor, de que el amor se concreta, se expresa y de lo que debe ser su poder de dar la vida a una multitud de hijos espirituales. Porque padre y madre es aquel que transmite a otro el sentido de su existencia.

Cuando celebramos la Eucaristía recordamos que la sangre de Cristo es derramada “por ti y por todos”. El misterio del amor es a la vez particular y universal.

Si nuestro amor es sólo particular, entonces corre el riesgo de volverse introvertido y sofocante. Si es solamente un vago amor universal por toda la humanidad, entonces corre el riesgo de volverse vacío y abstracto. La tentación para una pareja es tenerse un amor que es intenso pero encerrado y exclusivo. La tentación de los célibes podría ser tender hacia un amor que es solamente universal, un vago y cálido amor por toda la humanidad.

Esa vocación a la esponsalidad virginal, que se puede vivir en forma de matrimonio o de virginidad, está inscrita en la sexualidad de la persona (su ser hombre o mujer), que muestra así dos finalidades: hacernos capaces de amar (no se puede expresar el amor sin el cuerpo: una mirada, una palabra, una caricia, y en el matrimonio la entrega genital) y a través del amor hacernos fecundos, capaces de generar vida (tanto en la vida matrimonial como en la vida célibe y virginal, aunque en modos diversos).

Hemos de aprender a lo largo de toda la vida que todo deseo, también el deseo sexual, es un deseo de Dios. Un deseo de Dios, al que muchas veces se ignora, un deseo de Dios cuya existencia en ocasiones se niega. Pero todo anhelo personal y todo deseo sexual que no este englobado en un inmenso y profundo deseo de Dios permanecerá siempre, en cierta medida, decepcionado, exacerbado y nunca estará satisfecho. “Nos has hecho para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (San Agustín).

La Eucaristía, encuentro esponsal con Cristo

Es un escándalo que Dios no haya querido hacerse ángel, y haya querido asumir lo que hay, aparentemente, de más pobre y frágil: un cuerpo. Él se hizo cuerpo. No se ha puesto sobre sí un cuerpo, como si fuera un vestido que se alquila para 30 años y después se deja en la tumba, y el alma por fin queda libre. Jesús ahora, en el presente, conserva sus manos, sus pies, su carne, su corazón de hombre, que permanecerá por toda la eternidad.

Y de nuevo llegamos al misterio de los misterios del cuerpo, que es la Eucaristía, porque el cuerpo actualmente vivo de Jesús, su corazón que sigue latiendo dentro de una carne humana, los ojos de carne de Jesús, que tienen un color, marrón, azul o yo qué sé, pero un color; toda esa carne humana de Jesús no está relegada a una gloria lejana, está aquí al alcance de la mano. Puedo tenerla en mis manos cada vez que me acerco al altar donde se consagra y se consume. Es una unión de orden físico, de tipo nupcial, una unión de cuerpo a cuerpo. Por eso, no hay -a mi entender- una comparación más expresiva, más penetrante para explicar lo que es comulgar que la del abrazo íntimo de los esposos. Nos hacemos una sola carne con Él, con Dios. Y nuestro cuerpo se convierte en templo del Espíritu, en santuario que hay que tratar con sumo respeto.

Amar al Señor en su humildad y pobreza en la Eucaristía, y abrazar cada día su Cuerpo que es la Iglesia, nos permite experimentar su promesa: “Aquel que deje a su padre, madre, tierras y amigos por Mí, recibirá el ciento por uno en este mundo y además la vida eterna”.

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