María y el regalo del Espíritu

Pentecostés

Silvia María Alfonso (artículo recuperado del número 97 de la revista)

“Sin más obligación que amar”

Apretarse contra la Madre

Poco después de resucitar y tras haber prometido la llegada del Espíritu Santo, se marchó Jesús haciendo ver a sus discípulos que aquello, aunque doloroso, era necesario. Y allí se quedaron, sin su Señor y con una promesa que no comprendían muy bien. Así se apretaron contra el regazo de su Madre, quizá sin ser muy conscientes, como el niño asustado se aprieta contra su madre sin saber que lo hace.

Aquí comienza una espera, aquí comienza la historia de una Iglesia que sigue a Jesucristo en fe de la mano de su Madre y aquí continúa el corazón de María siendo Madre incluso de los que no se reconocen hijos suyos. Esta es la situación que precede a Pentecostés en la cual los discípulos se mantenían en oración junto a María.

Manos a la obra

No sé qué cara se les pondría a los Apóstoles cuando Jesús les dijo que iban a ser pescadores de hombres, puede que no muy distinta de la que pusieron cuando el mismo Jesús les anunció que se iba para que viniera aquel santo Espíritu que les guiaría y recordaría todo… ¡y que no sabían exactamente quién era! Pero en el corazón de María, aquellas palabras hicieron que volviera a surgir el viejo y conmovedor recuerdo de aquel Espíritu bajo cuya sombra Dios había cumplido la promesa de un Salvador, el mismo Espíritu del que estaba llena y que hizo saltar a Juan en el regazo de Isabel.

Así como para nosotros y para los Apóstoles el Espíritu era en cierto modo un desconocido, para María no. Conocía su hacer, sabía cómo riega la tierra en sequía, cómo es fuerza del débil, alivio en el dolor, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y fuente del mayor consuelo… y si el Corazón de Jesús vibraba pensando en el momento de enviar su Espíritu a los suyos, así el Corazón de María vibraba en deseos de recibirlo.

Por todo esto, mientras los Apóstoles vivían su proceso interior de salto a la fe y a la unidad y luchaban contra sus propias dudas y desconciertos, María pedía para la Iglesia naciente el Espíritu prometido sin entretenerse en otras cosas, ¡y les enseñaría a pedirlo con Ella como una madre enseña a hablar a sus niños haciéndoles repetir! preparando así sus mentes y sus corazones.

En cuanto María supo lo que Jesús quería y lo que sus hijos necesitaban, se puso manos a la obra… ¡Cuánto tiempo dejamos pasar desde que conocemos la voluntad de Dios, o desde que tenemos una buena intención hasta que damos un primer paso!, en María sin embargo este proceso es instantáneo (tomemos nota).

Para quien pides… es a quien amas

Sería interesante que cada cual analizase el contenido de sus oraciones de petición, incluso cuando pedimos el Espíritu Santo o cosas buenas a Dios… creo yo que casi siempre obramos directa o indirectamente a favor propio, aunque digamos que no nos queremos a nosotros mismos. María no es así… María sabe amar y, quien ama, se olvida de sí y pide para el otro, vive para el otro, su preocupación y su trabajo es para el otro… su alegría es el bien del otro.

En aquel anuncio de Gabriel, Dios responde a la petición de María, que implora con la fuerza de su Corazón inmaculado, la salvación del pueblo. En Pentecostés, Dios vuelve a escuchar la súplica de su Corazón limpio en favor de aquellos, el nuevo y pequeño pueblo, que pedían sin saber el qué pero que necesitaban conocer el Amor para lanzarse con fuerza hacia la Vida. Nunca pidió para Ella pero, por sus peticiones, podemos indagar los amores de su Corazón: el pueblo escogido por Dios y los hijos que Dios mismo la regala… y en cada uno de ellos a Dios mismo por encima de todo.

María sigue siendo “Ella”, sigue siendo la Madre contra cuyo regazo nos apretamos cuando algo no va bien o no entendemos, sigue siendo la que se pone manos a la obra ante nuestras necesidades más profundas e incluso desconocidas por nosotros mismos y sigue siendo mi Madre, que vive para mí y no para Ella, que pide para mí lo que no pidió para Ella y, con todo esto, me enseña a amar y a dar la Vida.

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