Dios quiere a su madre

(artículo recuperado del número 98 de la revista)
Por un abrazo
En cierta ocasión encontré en una parroquia a un niño que no quería ir al cielo porque allí no se podía abrazar… no me acuerdo de su nombre, pero no se me olvida este episodio: si no podía abrazar a su madre y que su madre lo abrazase a él ¡no quería ir al cielo!… ¡prefería quedarse aquí!
Leo en la Biblia, de muchas maneras, que Dios ha hecho el corazón del hombre y comprende todas sus acciones… incluso lo sabe por propia experiencia ya que ha vivido una vida como la nuestra, igual en todo excepto en el pecado. Mezclando todos estos datos vuelvo gozosa la mirada hacia el Corazón de un Dios que nos conoce, conoce nuestras necesidades, nuestra psicología, nuestra sensibilidad y nuestros conceptos equivocados también: quizá es más fuerte, más humano y más parecido a Dios, que se hizo Niño en Belén, quién sabe que necesita un abrazo de madre que quien se cree que puede él solo con el mundo y que domina y resuelve cómoda y acertadamente todas las circunstancias de su vida.
Detalle de Dios con nosotros y con Ella
En este contexto podemos entender una verdad teológica que, llamada así, parece que nos va a ser lejana y sin embargo no lo es (ninguna lo es en realidad): me refiero al dogma de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos.
A veces nos limitamos a pensar en Dios como en plan teórico o como un “solucionador práctico de nuestras preguntas y problemas” dejando un poco olvidada su compañía, su gratuidad y el derroche de su gracia y amor en todo lo que hace, en cada gran circunstancia y en cada pequeño detalle, y también en este “pequeño detalle” de la presencia de María en el cielo en cuerpo y alma. ¿No será que necesitamos una Madre en cuyo regazo poder abandonarnos confiadamente también al final de los tiempos? Por esto la Asunción es una gran verdad para nosotros y también lo es la resurrección final, gracias a la cual podremos abrazarla al fin.
Podemos decir además que Cristo, que necesitó ser acogido en su regazo y recibido en sus brazos al estrenar su nueva vida en Belén, corresponde con delicadeza a su Madre acogiéndola entre sus brazos en la nueva Vida, la Vida ¡al fin! Eterna que no requerirá ya más separaciones. Cristo comprende el corazón del hombre… es Hijo de María a la que ama también como Hijo y le expresa con ternura y belleza ese amor con todo lo que Él es y con todo lo que Ella es: cuerpo y alma.
Sabiduría de los pequeños
Es también un bonito detalle el hecho de que la Asunción de María corresponde a la tradición del pueblo cristiano desde los siglos II y III. La gente sencilla, en representaciones y obras literarias, en la liturgia y en sus devociones populares, recoge con fuerza, con totalidad y con insistencia esta intuición que, como corresponde a la Iglesia (atenta siempre a la voz de sus hijos) es constituida dogma de fe tras una larga reflexión. Como cada verdad recibida de Dios, es don recibido y tarea a realizar, es regalo y es acogida, y como todo regalo de Dios ¡es importante hoy y ahora para nuestra vida cotidiana!
Coherencia
Por último, la verdad de fe de la Asunción de María a los cielos es, además de un detalle de Dios para con su Madre, además de la respuesta a una necesidad al corazón de todo hombre llamado a ser hijo y además de una parte de esa sabiduría de Dios otorgada a todo el pueblo cristiano unido, ¡una parte de la coherencia de los caminos de Dios!
En este sentido, María estuvo estrechamente unida a su hijo en la pobreza de Belén, en el escondimiento de Nazaret, en la incomprensión de muchos durante la vida pública, y sobre todo en la pasión y muerte en cruz, ¿no iba a estar de modo también especialmente cercano en la nueva Vida de definitiva alegría?