Cuando la fe sale a la calle

, coordinador de redacción | Hace unos días me encontré una noticia en las redes que me llamó mucho la atención: desconocía que en San Sebastián hace casi sesenta años que no se celebran procesiones de Semana Santa, pero resulta que un grupo de laicos, entre los que hay un considerable número de jóvenes, ha recuperado la antigua cofradía de Jesús Nazareno. Estos días ultiman los preparativos, mientras esperan con ilusión la llegada del Viernes Santo para procesionar tres pasos. Aún no han puesto la cruz de guía en la calle y ya son unos cuatrocientos hermanos.
La religiosidad popular no tiene el mismo arraigo en todos sitios. De aquella zona del norte, hace un par de años se hizo viral un vídeo de una procesión en Bilbao, donde el cortejo entró en una gran rotonda sin ningún policía para cortar el tráfico. Fue uno de los nazarenos quien ejerció como improvisado agente de tráfico. Este simpático momento sería impensable en otros lugares. No obstante, más allá de cuestiones organizativas o de tradición, está claro que si la fe fluye, es imparable.
La Semana Santa que conozco de primera mano es la de Cáceres. Aquí también impactó esa crisis que atravesó España entre la década de los sesenta y principios de los ochenta y que dejó a San Sebastián sin procesiones. Los cambios sociales y la secularización hicieron mella en una manifestación popular que era vista como algo del pasado. En Cáceres había tanta escasez de hermanos que eran más o menos los mismos los que portaban todos los pasos, cada uno con la túnica de su cofradía y todos con el hombro encallado.
Me pregunto por el sentimiento y los motivos de esos cofrades que, con tanta determinación, mantuvieron viva la llama de la religiosidad popular. Luego fue un grupo de jóvenes el que dio un gran impulso en los ochenta. Cuando me apunté con mis dos mejores amigos de clase a la cofradía del colegio -la de los Estudiantes-, el viento ya soplaba a favor. Por entonces, en mi niñez, mi mayor ilusión era que me pusieran con mis amigos en la fila de capuchones y no conocía el legado que estaba empezando a recibir.
No sé en otros lugares, pero a día de hoy en Cáceres hay más jóvenes que nunca. Veo filas interminables de chicos y chicas. Esto es algo que ni la secularización ni las fuerzas contrarias a la fe han podido parar. Es un modo de hacer realidad esa Iglesia en salida de la que hablaba el papa Francisco, ocupando la calle para mostrar la belleza del cristianismo. No esa belleza sintética de la cultura actual, sino una belleza pura, donde confluyen el amor y el dolor. Donde existe una autenticidad que se percibe, que llega.
Cuando parezca que la vela se apague, que todo está perdido, recordemos la responsabilidad que cada uno tenemos para mantenerla encendida, puesto que no conocemos los frutos. Unos ven la Semana Santa como pretexto para el turismo. Yo lo que veo es una manifestación que aporta identidad -personal y comunitaria-, cultura y también fraternidad, muy necesaria ahora con tanta soledad. Y sobre todo veo una oportunidad para el encuentro personal con Cristo. Son unos días que nos descubren que, aunque llegue la cruz y haya caídas, el camino no termina en el Calvario. El invierno da paso a la primavera. No celebramos la muerte, celebramos la vida.