Pobre, crucificada, Madre… y Reina

María rezando
María rezando (Sassoferrato)

Silvia María Alfonso (artículo recuperado del número 99 de la revista)

Reina pobre

El amor otorga dignidad e importancia a aquél al que ama, por eso los cristianos han llamado a María “Reina” desde los primeros siglos, por el profundo amor que la tienen y entendiendo esa realeza como conocemos que es la realeza de su Hijo: en el servicio, en el amor, en la entrega a los demás. De hecho, el Evangelio de Lucas destaca cómo María y José llevan al templo, en la presentación del Niño, ¡la ofrenda de los pobres!, que era un par de tórtolas o dos pichones.

Con todo esto volvemos a caer en la cuenta de cómo hay que profundizar en las Escrituras dándole a los términos que utilizamos no sólo el recortado sentido que conocemos por el uso habitual. Así evitaremos crasos errores como por ejemplo el situar a María como Reina al modo de los libros de historia: subida en un trono que está “allá arriba” lejos de nuestras vidas, con ocupaciones más importantes que nuestras tristezas o alegrías, mirando con relativo interés nuestras vidas pequeñitas cuando vamos a contarle algo.

No es esa la realeza de María que proclaman las Escrituras cuando nos cuentan que, embarazada como estaba, se fue a servir a su pariente Isabel que, como era mayor, necesitaría ayuda. Esto no quita nada al hecho de que María haya sido llamada a una labor única en la historia: ser Madre de Dios, con la distinción que eso significa por parte de Dios que, por otra parte, sabemos que se enamora de la pequeñez… de la pequeñez de su Esclava. Los primeros cristianos no se confundieron ni exageraron, sino que comprendieron la función e importancia de María en la vida de cada uno de ellos ¡y de nosotros!

Reina crucificada

La proclamación de Cristo como Rey se hace en dos momentos de una forma a la vez explícita y a la vez desconcertante (porque es comprensible que intentaran proclamarle rey cuando les da de comer o les cura, pero en estas otras dos ocasiones a las que me refiero no es tan comprensible): cuando Pilato lo presenta flagelado a las autoridades judías, y en segundo lugar en el letrero que había clavado con Él en la cruz.

Esto nos explica más a fondo esa realeza de Cristo de la que estamos hablando: es Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también porque es el Redentor, es decir, el que nos salva entregando su vida porque nos ama. Del mismo modo María es Reina no sólo por el cariño de los que la aman, ni sólo por ser la Madre de Dios hecho pobre, sino también porque coopera con todo su ser, su amar, con todo lo que es y tiene, en la obra de Amor de su Hijo a favor del género humano.

María es Reina ¡porque se deja crucificar con Cristo Rey! porque deja que su corazón se clave a la cruz ¡por amor, porque la importamos! y para salvar a todos sus hijos que viven dañados por el pecado, por la tristeza, por la soledad, por la violencia, por el egoísmo… María es Reina de Corazón crucificado con Cristo.

Reina Madre

El título de Reina no sustituye en absoluto al de Madre, con lo cual se suman todas las cualidades de su amor de Madre a su calidad de Reina. De este modo, la solicitud de María Reina por cada uno de sus hijos es plenamente eficaz. Está junto a nosotros porque su estado glorioso de comunión con Cristo ya glorificado, le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario, morar espiritualmente en nosotros y desvelarse con nuestros desvelos en una plena comunión ¡también con cada uno de nosotros!

Por lo tanto, el estado glorioso que le lleva a ser Reina del Universo por la Asunción a los cielos, en vez de crear distancia entre nosotros y Ella, suscita una cercanía íntima, continua y solícita. Ella conoce y vive con nosotros y con cada uno todo lo que ocurre en el día a día, en el minuto a minuto, en toda nuestra existencia, y nos sostiene con su amor materno cuando llegan las pruebas de la vida desde el momento en el que empiezan y durante cada instante en que sufrimos.

Como Reina sigue siendo pobre pues todo lo recibe de Dios, sigue siendo Madre, sigue siendo Hija y Discípula, sigue viviendo entregada a la obra de la salvación y de la irradiación del Amor de Dios al mundo. Es mi Madre para siempre.

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