El demonio en la vida del monje

Caminando por el desierto

Juan Antonio Testón Turiel, Presbítero | Los Padres del monacato enunciaron en diversas ocasiones que el gran enemigo del monje era el demonio, cuya presencia en la vida diaria del asceta se hacía presente de diversas maneras. San Juan Casiano en su octava Colación nos refiere la presencia de los demonios que vagan por todas partes, para, de este modo, tentar mejor a los hombres. En la propia Sagrada Escritura, san Pablo, en su Carta a los Efesios, habla de las asechanzas del demonio: “Porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire” (Ef, 6, 12). Pero será en los Evangelios en donde los monjes encontrarán el modelo por excelencia de lucha y victoria sobre el demonio: las tentaciones de Jesucristo en el desierto a donde fue llevado por el Espíritu para ser tentado (Lc 4, 1-13). Así, el desierto se convierte en el lugar por excelencia de la lucha contra el demonio y de la imitación de Cristo. Si un verdadero asceta quería enfrentarse contra el mal y contra el demonio tenía que adentrarse en el desierto y vencer al demonio en su terreno, solamente así podía convertirse en un verdadero monje, teniendo a Cristo como auténtico modelo de quien sale victorioso de la lucha contra Lucifer.

En esta lucha contra el demonio y la imitación de Cristo encuentra sentido que sea el desierto el lugar por excelencia de la vida monástica. En el desierto nacerá y se desarrollará la vida monástica a lo largo de los primeros siglos del Cristianismo y será un ámbito recurrente en la literatura monástica a lo largo de los siglos. El desierto, como lugar inhóspito y ámbito de soledad, se concibe como en espacio en donde habitaban lo demonios. El monje en su lucha espiritual y corporal se adentra en el desierto para vencer al demonio en su propio terreno, en el lugar donde éste habita.

De este modo, los anacoretas del desierto se verán involucrados en grandes luchas contra el demonio. Todos los grandes padres de la vida monástica lo expresan en sus escritos. Quien mejor lo narra es san Atanasio en la Vida de san Antonio. A éste los demonios le atacan de diversos modos y por todos los medios. Los demonios desean echar a Antonio del desierto pero no lo consiguen y es sometido a todo tipo de tentaciones y visiones. Atacan a san Antonio, temerosos de que el santo anacoreta convirtiera el desierto en un lugar de la ascesis y, por ende, les expulse de su dominio que es el desierto. Y cuanto más se adentra en el desierto, mayores serán las luchas y las tentaciones a las que será sometido. Pero a pesar de éstas y otras muchas tentaciones, no sólo san Antonio, sino otros muchos ascetas no dudaron en adentrarse en el desierto y convertir el mismo en su morada, en el ámbito de su entrega y consagración a Dios.

Los Padres del yermo consideraban la vida espiritual como una guerra invisible, inaugurada por Cristo en la soledad del desierto. Estos monjes se sentían llamados a continuar esta lucha contra el mal y expresarla en toda su vida. Para mejor luchar y derrotar al demonio, y sus diversas tentaciones y acechanzas los ideólogos del movimiento monástico y los padres del monacato procuraron conocer las tácticas que utiliza el demonio para atacar al monje y cuáles son las artimañas que utiliza para procurar la perdición de aquel que se ha iniciado en la vida ascética. Ello les condujo a un estudio y análisis de la personalidad humana y de la vida espiritual para mejor vencer al demonio. Entre los grandes padres espirituales hemos de destacar a san Atanasio, Evagrio Póntico y san Juan Casiano todo ellos elaboraron una demonología, que mucho más allá que solamente hablar del demonio, configuran una doctrina espiritual sobre el alma humana, las pasiones, las virtudes y cómo saber moverse en la vida espiritual.

Esta doctrina no solamente quedó para los monjes del desierto sino que es perfectamente aplicable para los cristianos de todos los tiempos y para todos los estados de vida: laicos, casados, monjes, sacerdotes, consagrados y cualquier cristiano. Todos podemos tomar esta doctrina y aplicarla en nuestro itinerario espiritual. Los Padres del desierto en su lucha contra el demonio hicieron posible, con la ayuda de Cristo, vencer al demonio y alcanzar la santidad de vida, al mismo tiempo legaron obras espirituales de gran calidad, de entre las mismas recomendamos la lectura de las siguientes: de san Atanasio la Vida de san Antonio, las Obras Espirituales de Evagrio Póntico y de san Juan Casiano las Colaciones. También son reseñables los Apotegmas de los Padres del Desierto o las diferentes historias de monjes de la Antigüedad.

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