Dogmas marianos. IV. La Asunción de María

, Diácono permanente | El 15 de agosto celebramos en la Iglesia la festividad de la Asunción de María, el más reciente de los dogmas marianos católicos. Al igual que los anteriores dogmas: María la Madre de Dios (Éfeso 431), María la Siempre Virgen (II Concilio de Constantinopla 553), y la Inmaculada Concepción de María (Pío IX 1859), el camino hasta su proclamación en la Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus” (Pío XII) el 1 de noviembre de 1950, fue largo y nada fácil.
Es un hecho que desde el principio a la Iglesia no sólo le interesó reflexionar y celebrar sobre el origen de María, la mujer que Dios predestinó para ser madre de su Hijo en la tierra. Paralelamente surgió la necesidad de celebrar y reflexionar sobre su destino final; descubrir en qué acabó toda su historia y cómo cumplió Dios en ella sus promesas.
La Bula Munificentissimus Deus describe la definición de la Asunción de Maria al cielo en estos términos:
«… Por eso … para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad que nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial» (DZ 3903).
El camino recorrido por la Iglesia, hasta llegar a la convicción de que María se hallaba en el cielo, fue semejante al que se sigue con frecuencia a nivel humano, cuando, a base de lo que vemos u oímos sobre una realidad, nos formamos razonablemente sobre ella una idea global, y esta idea nos sirve como criterio para aceptar o rechazar lo que en adelante se nos refiere de dicha realidad, aunque se trate de algo en lo que nunca habíamos pensado.
La asunción corporal de María fue como ese algo casi impensado o, por lo menos, poco seguro en un principio que llegó a conocerse sobre el designio salvador de Dios en su conjunto y sobre algunas verdades reveladas en concreto como elementos del mismo, reflexión llevada a cabo por toda la Iglesia bajo la luz del Espíritu Santo.
Si nos remontamos al principio de la Iglesia en relación con el final de la vida de María en la tierra, nos encontramos con una total ausencia de noticias de forma explícita en la Escritura. Nada dice expresamente la Sagrada Escritura sobre el final de la vida de María. Sin embargo, se puede hablar de una cierta fundamentación bíblica: la Bula Munificentissimus Deus, parte de la estrecha unión y comunión ente el Hijo y la Madre. Porque, si María ha estado unida a Cristo desde el momento de la Anunciación, dentro de esa lógica se puede deducir que, así como María estuvo unida en la vida, está unida en la victoria de la muerte. Se apoya también la Bula en la teología de la nueva Eva. María como segunda Eva, está en relación con la vida.
José C. R. García Paredes, en la Serie de Manuales de Teología de la BAC, en el capítulo VIII afirma que debemos a San Epifanio (377), una de las primeras, si no la primera reflexión sobre la muerte de María. Se trata de una carta a los cristianos de Arabia, donde afirma que la Escritura nada nos dice sobre el final de la vida de María, pero hace algunas conjeturas y cree que la muerte de María está rodeada de algún prodigio.
La primera vez que se habla de forma explícita de la Asunción de María se lo debemos al Pseudo-Melitón, quien escribió en su libro “Transitus” (antes el Concilio de Éfeso (431), que Cristo resucitó a su madre y la llevó al cielo.
Durante los siglos V – VI, se funda la fiesta de la Dormición de María, llamada también en algunos lugares de la Asunción. En estos siglos tenemos a Teodosio de Alejandría, que pronunció un sermón el año 566 donde habla que María fue glorificada y la razón de su glorificación es el hecho de su maternidad divina. Esta maternidad tiene una dimensión salvífica universal. Otro de los autores de este siglo es Zeoteknos de Livias, quien afirmó la incorruptibilidad del cuerpo de María por su santidad de morada de Dios, basando esta afirmación en que María vence al demonio, Cristo la une a su victoria.
El emperador Mauricio (582-602) fija la fiesta el 15 de agosto para toda la iglesia como la Dormición de María. En los siglos posteriores abundan los testimonios patrísticos sobre la Asunción de María: San Modesto de Jerusalén, San German de Constantinopla, San Juan Damasceno… En el siglo XIII San Alberto Magno (doctrina Escolástica) argumenta a favor de la Asunción, exponiendo estas razones: la unión física del Hijo con la Madre no debe romperse con la muerte; el pecado original es causa de muerte. María no lo tuvo, por lo tanto, no murió; Si Maria intercede por nosotros, no precisa implorar su propia resurrección.
Desde el s. XVI hasta su definición hubo mucha controversia. Melchor Cano, (dominico, filósofo y obispo español) reconoce que esta fe en María es un sentir común entre los fieles. Domingo de Soto, dice que no es artículo de fe, pero que ha de ser creído piadosamente. Benedicto XIV cuando aún era cardenal, apacigua las discusiones surgidas en el s. XVIII al afirmar que no lo considera artículo de fe, pero sería temerario negarla. La petición de la definición del dogma comienza a mediados del s. XVII y se vuelve a repetir en 1849, y Pío IX, pide a los obispos que se pronuncien. Entre los años 1921 y 1940 llegaron a la Sede Romana peticiones de más de mil obispos, sin contar numerosas congregaciones religiosas, congresos marianos e innumerables fieles de todo el mundo, pidiendo la definición dogmática de la Asunción.
Posteriormente a la proclamación de este dogma, han surgido comentarios teológicos sobre el mismo. Pero personalmente me quedo con las palabras de Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium 68): “Entre tanto, la Madre de Jesús ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 Pe 3,10), brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza y de consuelo”.
Lo que debemos tener claro los cristianos en relación con el dogma, es que la Asunción no es una opinión piadosa, sino un dogma perteneciente al depósito revelado entregado a la Iglesia por Dios. Y en la Iglesia se da culto a María porque es alguien que vive en nuestra casa, que ha llegado a la meta más allá de la muerte. Porque ella vive con el Señor y eso puedo alabarla. María es la Reina de los Santos y por eso en ella se da la plenitud de la vida y vive con Dios para siempre, y esto posibilita el culto.