La Asunción de la Virgen María

, Diácono permanente | El quince de agosto la Iglesia celebra el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos. Este hecho constituye uno de los dogmas más recientes proclamados por la Iglesia católica y al mismo tiempo, es una de las verdades de fe que mejor expresan la esperanza cristiana en la resurrección y en la vida eterna. Este dogma afirma que la Virgen María, al término de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. No se trata únicamente de privilegio concedido a la Madre del Salvador, sino que es un símbolo que anticipa el destino al que estamos llamados todos los creyentes que permanecen unidos a Cristo.
La asunción de María es un dogma definido solemnemente por el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950 con la constitución apostólica Munificentissimus Deus, que explica su significado teológico y vital. Constituye una de las tres solemnidades marianas del año litúrgico: un misterio que se celebra desde hace siglos en las diversas iglesias orientales y occidentales. En la Munificentissimus Deus se declaró como verdad revelada por Dios que: “la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad por un solo y mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, generosamente asociada al Redentor divino, que alcanzó pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, consiguió, al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupción del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser levantada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo, donde brillaría como Reina a la derecha de su propio Hijo, Rey inmortal de los siglos (cf. 1 Tim 1 ,17)… Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” [DH 3903-3904].
Antes de proclamar el dogma, Pío XII, consultó a todos los obispos del mundo, y la inmensa mayoría manifestó que tanto el clero como los fieles aceptaban esta verdad como perteneciente el depósito de la fe. El Papa no fundamentó la definición en un único texto bíblico, sino en el conjunto de la Revelación, interpretada a la luz de la Tradición viva de la Iglesia, la liturgia, el consenso de los fieles y la reflexión teológica acumulada durante siglos.
¿Y qué significa la Asunción? El término “asunción” proviene del latín assumptio, que significa “ser llevada” o “ser elevada”. En el caso de María, la Iglesia Católica, como he indicado anteriormente, enseña que fue Dios quién la elevó a la gloria celestial. Esta diferencia es importante, ya que Jesucristo ascendió al cielo por su propio poder divino, hecho que la tradición cristiana denomina “Ascensión”, mientras que María fue “asunta”, es decir llevada por acción de Dios.
La doctrina no específica el modo en que ocurrió este acontecimiento, no define expresamente si María experimentó la muerte antes de ser glorificada. Pero la fórmula que utilizó el papa Pío XII: “terminado el curso de su vida terrena”, dejó abierta esta cuestión. La tradición mayoritariamente sostiene que María murió, como su Hijo, para después participar inmediatamente de la gloria de la resurrección. Pero la tradición ortodoxa no comparte esta afirmación. Para estas iglesias la Virgen fue llevada el cielo sin pasar por la muerte. Entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa hay algunas diferencias, como por ejemplo: la Iglesia Católica habla de la Asunción de la Virgen, mientras que la Ortodoxa habla de la Dormición de María. Mientras que para los católicos la Asunción de María es dogma proclamado en 1950, para los ortodoxos, la Dormición pertenece a la Tradición apostólica, sin una proclamación dogmática equivalente. En cualquier caso, ambas interpretaciones son perfectamente compatibles con el dogma.
En cuanto a los fundamentos bíblicos, aunque la Asunción no aparece narrada de una manera explícita en la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra diversos textos que iluminan esta verdad desde una lectura teológica y en continuidad con la Tradición. Uno de los pasajes más significativos de la Sagrada Escritura es el capítulo 12 del libro del Apocalipsis, donde se narra la “aparición de una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”. Esta figura posee múltiples significados: representa al pueblo de Dios, a la Iglesia y, en un sentido especial a María, Madre del Salvador glorificado. También resulta relevante el saludo del arcángel Gabriel en el Evangelio de san Lucas (1,28), donde la Virgen María es llamada “llena de gracia”. La plenitud de la gracia divina sugiere una participación singular en la obra redentora de Cristo y constituye el fundamento de sus privilegios, entre ellos la Inmaculada Concepción y la Asunción. Otro texto es el Magníficat (Lc 1,46-55) en el que María proclama; “desde ahora me felicitarán todas las generaciones”. La Iglesia interpreta que esta bienaventuranza alcanza su máxima expresión en la glorificación definitiva de la Madre del Señor. Asimismo san Pablo enseña que “Cristo es primicia de los que han muerto” y que quienes le pertenecen participarán de su victoria sobre la muerte, María, por su unión única con Cristo, habría recibido anticipadamente aquello que toda la Iglesia espera alcanzar al final de los tiempos.
La tradición católica nos transmite que mucho antes de la definición dogmática existía una profunda convicción sobre la glorificación corporal de María. Aunque los escritos más antiguos no describen directamente la Asunción, desde los siglos IV y V comenzaron a difundirse relatos conocidos como Transitus Mariae, que narraban el final de la Virgen. A partir del siglo VI, tanto en occidente como en oriente comenzó a celebrarse litúrgicamente la fiesta de la Asunción o de la Dormición de María. Y grandes Padres y doctores de la Iglesia, como san Juan Damasceno, defendieron la conveniencia de que aquella que había llevado en su seno al Hijo de Dios no conociera la corrupción del sepulcro. Más tarde durante la Edad Media, numerosos teólogos profundizaron en esta doctrina, entre ellos san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino o san Buenaventura, que ayudaron a explicar la armonía entre la maternidad de divina de María, su santidad singular y su glorificación final. Con el paso del tiempo, la celebración litúrgica, la enseñanza constante del Magisterio y la devoción universal del pueblo cristiano consolidaron una tradición tan firme que preparó el camino para la definición solemne de 1950.
El significado teológico de la Asunción posee una riqueza doctrinal. En primer lugar manifiesta la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y la muerte y María participa plenamente de esa victoria. En segundo lugar, confirma la dignidad del cuerpo humano. El cristianismo no considera el cuerpo como una realidad despreciable, sino como parte esencial de la persona creada por Dios. La glorificación corporal de María anticipa la resurrección prometida a todos los justos. Este dogma también destaca la íntima relación entre la Inmaculada Concepción y la Asunción. Aquella que ha sido preservada del pecado original desde el primer instante de su existencia, recibe como culminación lógica de ese privilegio la participación plena en la gloria de su Hijo.
Quiero terminar esta colaboración con las palabras de D. David Amado Fernández sobre la Asunción: “La fiesta de la Asunción de María es una llamada para todos nosotros, especialmente para los que están afligidos por las dudas y la tristeza y miran hacia abajo, no pueden levantar la mirada. Miremos hacia arriba, el cielo está abierto; no infunde miedo, ya no está distante, porque en el umbral del cielo hay una madre que nos espera y es nuestra madre. Nos ama, nos sonríe y nos socorre con delicadeza”.