Descubrir la santidad de “la puerta de al lado”

La cocina de los ángeles
La cocina de los ángeles (Bartolomé Esteban Murillo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte | El magisterio del Santo Padre Francisco nos devuelve notas importantes de sus convicciones y de su experiencia personal. Nos resultan evidentes sus referencias ignacianas que él actualiza y ejemplifica con sencillez. Una de esas notas que me ha llamado la atención de su última Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate, es la referencia a lo que él llama la santidad de la puerta de al lado: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo… Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado».

Ver la santidad de la puerta de al lado requiere dos movimientos, el primero es la realidad de que la santidad se vive en lo cotidiano y lo sencillo, sin encarnación en lo concreto no hay camino de santidad. Lo concreto y cotidiano se convierte en espacio de encuentro con Dios. Ignacio de Loyola escribía al Duque de Gandía la expresión tan meditada de que se puede “gozar de su Señor en varios oficios y en varios lugares”, y lo refería al gozo del encuentro con Dios. No sólo en la oración, a Dios lo encontramos en cualquier oficio y lugar. La santidad de la mirada nos lleva a comprender que a Dios se le encuentra en todas la cosas, divisa clave de la espiritualidad ignaciana. Diálogo que San Juan Bautista de La Salle decía “no hacer diferencia entre los deberes de vuestro estado y los de vuestra santificación”. La santidad pasa por encontrar a Dios en lo que uno hace. Vacaciones o trabajo, como bien canta Teresa:

… sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa,
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mi?
Sea José puesto en cadena,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo pena,
o ya David encumbrado.
Sea Jonás anegado,
O libertado de allí.

Hallar a Dios y su voluntad en cada estado es vivir en clave de permanente encuentro, es camino de santidad. La santidad no es por tanto un camino de misticismo y arrebatamiento que nos saca de este mundo, no es sólo rompimiento de gloria que nos eleva. Para llegar a Dios cualquier escalera puede ser “de Jacob”. Madeleine Delbrel decía que “para una persona que busca a Dios, una escalera puede ser su Sinaí”. Un ascensor puede equivaler al Sinaí de Moisés. Dios no se limita a un espacio, a una actividad, si tú tienes un corazón abierto, que lo has de tener en la oración, y lo has de tener en todas partes.

Corazón abierto a Dios en todas partes

Es una primera constatación de la santidad de la puerta de al lado. La vía de la encarnación nos hace valorar la presencia de Dios en lo pequeño, desde cerca, desde dentro y desde abajo. Y esa presencia descubierta por el próximo le hace santo. Aquí llegamos al segundo movimiento. Hay que reconocer que nuestro hermano se ha encontrado con Dios estando tan próximo a nosotros. Descubrir al Dios presente en todo conlleva descubrir a Dios en todos, reconocer su obra en todos, respetar el camino virgen por el que Dios atrae a cada hermano. El llama a la puerta de tu vecino, quizá de un modo distinto al tuyo, por eso hay que reconocer y respetar la originalidad del encuentro de Dios con cada hermano. En él hay un camino de gracia y santidad que sólo Dios conoce, sólo El ha atravesado el umbral de la “puerta de al lado”.

En muchos de nuestros hermanos “los Santos de Puerta Grande”, resulta que sus hermanos a veces no comprendieron la singularidad de sus vidas, en ocasiones fueron objeto de incomprensión, de silencio o de reclusión. El tiempo puso de relieve la verdad de sus vidas, en las que no hubo reproches ni venganzas. San Pío de Pietrelcina a quien le limitaron el ejercicio de su ministerio, Santa Teresa envuelta en pleitos con la Inquisición, San Juan de la Cruz castigado y encerrado, San Juan Bautista relegado por las autoridades de su función de Fundador, Santa Juana de Lestonnac o santa Rafaela María limitadas en su relaciones con las propias hermanas… cuánta santidad cerrada a portazos. Y en tantos perseguidos y martirizados… derribada incluso la puerta.

Hay historias sencillas convertidas en flores y leyendas que recorren a muchos santos que ejercieron la caridad a escondidas de sus hermanos, desconocidos y ocultos como Santa Catalina Labouré. En esta páginas de Agua Viva traemos el recuerdo de un santo de la puerta de al lado. Incluso su nombre no aparece bien “escrito en la celda”.

Fueron los sencillos quienes reconocieron su santidad. Según la tradición que circulaba en los ámbitos franciscanos de Sevilla en el siglo XVII, fray Francisco Pérez, para otros fray Francisco Francino. Incluso otros atribuyen el milagro al propio san Diego de Alcalá. Quedémonos con el título del mismo: La Cocina de los Ángeles. Las primeras interpretaciones hablan de un milagro de san Diego, aunque se le desconoce milagro alguno relacionado con la cocina de un convento.

La cartela del Museo del Louvre identifica el contenido del lienzo mencionando a un tal fray Francisco, por lo que la historiografía española lo atribuye a fray Francisco Pérez, antiguo fraile del monasterio, famoso en toda la ciudad por su devoción. La escena narra el episodio en el que, estando este fraile levitando en éxtasis, es sorprendido por dos caballeros y dos hermanos franciscanos. Fray Francisco había recibido de la comunidad el encargo de la cocina del convento, pero algunos hermanos le acusaron de descuidar sus tareas, so pretexto de que el buen fraile se dedicaba a orar en el tiempo de la cocina. Pero a los pocos días, resulta que la comida estaba más sabrosa y nadie se explicaba el porqué del cambio. Algunos hermanos descubren que fray Francisco era ayudado por ángeles y querubines que atendía los fogones y recreaban las recetas de tan ricos guisos.

Desde un punto de vista técnico nos hallamos ante un gran lienzo, de formato apaisado y de proporciones considerables. A nivel compositivo algunos críticos valoran la composición como un collage de tres escenas: los caballeros que acuden a inquirir la puerta de la cocina, en el centro descubren a fray Francisco en éxtasis orante y al lado opuesto Murillo desarrolla sus dotes compositivas en una escena compleja más próxima a la pintura de género que a la puramente religiosa, en la que descubrimos un elenco muy amplio de escenas culinarias, de viandas.

Al espectador del lienzo no le cabe duda que al otro lado de la puerta de la cocina había un santo. Así lo contemplaban quienes recorrían el Claustro Chico del Convento de San Francisco en Sevilla. El Claustro Chico del desaparecido convento de San Francisco de Sevilla (1268-1840) se encontraba detrás del arco del actual Ayuntamiento hispalense. El éxito de este popular cuadro radicaba en la fusión entre lo material y lo celestial; en la interrelación de personas humanas y ángeles y serafines conviviendo en un mismo espacio con familiaridad.

Murillo recibió en 1645 el encargo de pintar trece lienzos para dicho Claustro Chico. El programa iconográfico incluía la memoria contemplativa y solidaria de algunos miembros de la Comunidad junto al recuerdo de los santos Fundadores, los de la “puerta grande y los de la puerta de al lado juntos”. De esos lienzos, expoliados por el mariscal Soult en 1810 durante la invasión napoleónica, se han perdido dos y el resto se encuentran repartidos por diversos lugares de Europa y América quedando sólo uno de ellos en Sevilla. Posiblemente fue la obra más popular de la serie y la que mejor incorporaba notas del que será el inconfundible estilo de Murillo. Durante la Guerra de Independencia, el lienzo, al igual que otros de la misma serie, fue sustraído de España por el mariscal Soult. En 1858 se vendió al Louvre por la cantidad de 85.000 francos.

Un estudio detallado del lienzo descubre la huella de los maestros sevillanos Velázquez y Zurbarán, así como la influencia de los grabados de Tiziano y Van Dyck, manifesta en la escena de los ángeles y querubines.

Una imagen para orar

La experiencia que recordábamos en el inicio del artículo nos remitía al itinerario ignaciano quien pasó del estar “en el mundo sin Dios” a “buscar a Dios sin el mundo” y de ahí finalmente a “encontrar a Dios en el mundo”, transformando esta consigna en la consigna más propia de la espiritualidad ignaciana: ser “contemplativos en la acción”, “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, “en lo más profundo de las realidades”. El mismo Hegel comentó esta experiencia con una semejanza, la de “aquel hombre que quería fruta y por ello rechazó manzanas, peras, ciruelas, cerezas y membrillo: pues no quería manzanas, sino fruta, no quería peras, sino fruta, ni membrillo, sino fruta; así que eligió el único camino que le conducía con seguridad a no conseguir lo que quería, que era fruta; pues la fruta sólo existe (al menos para los seres humanos) en forma de manzanas, peras, ciruelas, cerezas o membrillo”.

La santidad es visible en los santos, y los santos lo son porque en ellos brilla la santidad, reflejo de Dios en sus vidas, reflejo individualizado de una misma Luz.

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