Te diré mi amor

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Virgen del Lucero o Virgen con el Niño (A. Cano)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizá con gotas de sangre.

¿Qué diré?

Hace tiempo que esta sección se inicia con los versos del Padre Rufino Grández, OFM. Sus numerosos poemas han calado en nuestra liturgia en forma de himnos en las Horas, o en diversos cantos litúrgicos. Por eso quisiera que con la intensidad del verso que da inicio a cada una de las estrofas de este himno navideño, nos adentrásemos en los sentimientos de su autor y ojalá que en este tiempo nos tomásemos la licencia de poder escribir una estrofa personal a este romance. La mejor motivación puede ser el comentario que su autor relató sobre cómo surgió este poema en la Navidad de 1978 cuando era por entonces Ministro Provincial:

Una noche el Secretario de la Provincia hubo de salir por tal motivo, y yo quedé en mi cuarto, aguardándole y pensando en la Navidad. Y entonces, con aquel aire de amor e ingenuidad… comencé a escribir: Te diré mi amor, Rey mío / en la quietud de la tarde / cuando se cierran los ojos / y los corazones se abren…

Cogida la hebra, fácil era dejar los versos en romance octosílabo tan sencillo. ¿Qué le cantaba al Señor, al Niñito, Rey mío? Le cantaba sinceramente mis amores y le decía que cielo y tierra se unieran a esta melodía, como invitaban los tres jóvenes en las llamas del libro de Daniel, porque pienso y creo que la Encarnación pone en música a todo el universo, hasta el resoplido del buey y la mula era un canto de amor. Y, desatado el amor, podía poner al descubierto todo mi corazón.

Te diré mi amor, Rey mío / adorándote en la carne, / te lo diré con mis besos, / quizás con gotas de sangre… Yo pienso que el amor y la sangre van juntos…, que amor sin sangre no es amor; y pensaba que mi amor a él me pedía gotas de sangre… Cada uno sabe cuáles son esas gotas de sangre que debe dar a Jesús.

Pensaba, al componer el poema, en la Virgen María, en la Iglesia, en los mártires… Todos, todos… estaban adorando a Jesús mientras un cristiano derramaba sus amores con el lenguaje fluido y valiente de los amantes.

No en vano, qué hermoso es celebrar la fiesta de san Esteban el 26 de diciembre. Amor de sangre y vida…

Desde la Palabra

Veamos al recién nacido con los ojos de la Madre que con tanto amor lo contempló entre pañales, gesto enfatizado por la obra de Cano que en esta ocasión nos acompaña.

Después de dar a luz al niño, María “lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre” (v. 7). En ese gesto de la Virgen que envuelve en pañales al recién nacido está todo el cariño de que es capaz una madre. Esta costumbre era conocida desde hacía siglos. Lucas vuelve sobre él en el v. 12, cuando el ángel dijo a los pastores: “Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales reclinado en un pesebre“.

Este signo de la envoltura en pañales tiene un valor de signo; un signo polivalente: Signo de una condición frágil, encaminada hacia el sepulcro. El niño “envuelto en pañales” significa que él, lo mismo que todos nosotros, asume un modo de existir, el humano, sujeto a límites, a debilidad, destinado a la muerte.

  • En ese fajamiento se significa otra envoltura: la de la gloria de la divinidad del Hijo de Dios. La “gloria de Dios” que “rodeó de luz” a los” pastores parece servir de contraste a los pañales que “envuelven” al niño. Su origen glorioso no se revela nada por fuera. Lo mismo que Dios, está envuelto en luz (Sal 104,2), ahora, como hijo del hombre, está envuelto en pañales, igual que cualquier niño necesitado de protección y de cuidado.
  • El fajamiento de Jesús recién nacido (Lc 2,7.12) apunta a otro fajamiento que nos recuerda también Lucas (23,53), o sea, el de su cuerpo exánime, preparado para la sepultura. El mesías se hace partícipe con toda lealtad de nuestra suerte desde la cuna hasta el sepulcro.
  • Los pañales son también un signo de los cuidados amorosos de María y de José. No es un abandonado, sino que sobre él se inclinan unas personas llenas de cariño, en primer lugar su madre y su padre. En esos padres el evangelista ve los primeros testigos de la encarnación. Ellos prestaron al Hijo de Dios todos los cuidados necesarios para su crecimiento y su desarrollo como hijo del hombre. De esto se dan cuenta los pastores, son ya figura de los primeros evangelizadores de la comunidad cristiana, que vuelve a meditar en el nacimiento de Jesús a la luz de la pascua.

Con la mirada de María

Antes de concluir este 2017 quisiera compartir una contemplación de una obra de Alonso Cano, ya que se ha celebrado este curso el 350 aniversario de su muerte, un evento que aunque no ha sido celebrado con mucho fasto, nos lleva a recordar a este maestro vinculado a la sensibilidad franciscana y que realizó destacadas obras de su maestría para la orden franciscana capuchina (sugiero que podáis admirar entre otras, el Cristo de Lecaroz, al fin expuesto al público en los capuchinos de Pamplona).

Alonso Cano es uno de los grandes maestros del arte cristiano del barroco español. En artículos sucesivos iremos recordando alguna de las claves de su trayectoria. Por razones de brevedad, nos asomamos directamente a su figura a través de esta meditación del amor de María para con su Hijo, conservada en la actualidad en el Museo del Prado. La imagen de la Virgen de Belén es un tema recurrente en el Barroco español, como contraste ofrecemos en esta página la Virgen de Belén de Pedro de Mena, en la iglesia de la Victoria de Málaga.

La obra que nos acompaña no ha gozado del aprecio de la crítica hasta fechas recientes. El Museo conservaba otra obra de Cano con un tema y composición casi idéntico. Esta versión fue depositada en 1958, procedente del Museo de Bellas Artes de Granada. Se creyó que era tan sólo una copia de la versión que conservaba el Prado. Sin embargo la comparación estilística y el estudio técnico de ambas indican que las dos son originales de Cano. El análisis del dibujo preparatorio común hace pensar que se pintaron en Madrid. Los dos cuadros muestran una armonía compositiva rafaelesca y una técnica que remite a la de la escuela veneciana, en concreto a Tiziano. Ambas composiciones, y sobre todo la figura de la Virgen, están basadas en una estampa de Alberto Durero fechada en 1520.

La escena de la Virgen sentada ante un paisaje con el Niño en sus brazos se contextualiza en el episodio bíblico de la huida a Egipto. Se explicaría así la presencia de la cesta de mimbre en la versión de Madrid y del elemento rectangular sobre el que descansa como en las dos pinturas que podría ser un baúl o arca de viaje, o bien una piedra.

El artista resuelve los pliegues de las túnicas con una gradación de tonalidades que, del blanco al rojo y alternando el uso de sutiles veladuras para las zonas en sombras y densos empastes para las áreas más iluminadas, les proporciona un acusado volumen. Algunos detalles de alta calidad pictórica en la Virgen del Lucero hacen que se vincule esta obra a las más logradas de Cano.

Una imagen para orar

Comenzaba con la reflexión del Padre Grández sobre la actitud orante de María contemplando a su Hijo. Orando con y desde María podríamos preguntarnos: ¿Qué le dice la madre a su criatura, al niño pequeño a quien cubre con sus besos sonoros? “¡Rey mío!” Al decírselo, el alma se le va por los labios, el río del amor le sale por la mirada.

Así han cantado en la liturgia los santos al Niño, Dios hecho carne, al cuerpecito que en pajas yace. Recordad a Francisco de Asís aquella noche en la montaña de Greccio, Misa de medianoche, con un pesebre de heno, el buey y la mula, las antorchas. “La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales… Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel… Cuando le llamaba “niño de Bethleem” o “Jesús”, se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara su paladar la dulzura de estas palabras” (Tomás de Celano, Vida I, XXX, 85.86).

Te diré mi amor, Rey mío… Pero este cariño, cantado al Dios encarnado, es adoración profunda, uniendo en este homenaje a la creación entera, ángeles, tierra y animales. El Rey Niño es el Señor Soberano y Esposo. “Mientras el Rey descansa en su diván, mi nardo exhala su fragancia” (Cant 1,12).

La Virgen de la vírgenes, los mártires, la Iglesia esposa adoramos al Rey ahora, aquí, en la tarde navideña, en la paz de la liturgia, para adorarle en la vida, Hermano entre los hermanos.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro valle! Amén.

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