Obstáculos en la oración (III)

Orando

Luis Mª Mendizábal, Ex director Nacional del APOR | El gran enemigo del progreso en la oración, de la elevación de la vida hasta la presencia de Dios mantenida, es la mutabilidad del sentimiento. Es básico el principio ascético de la ‘perseverancia en las desganas’, de la fidelidad al tiempo de la oración. Por consiguiente, no podrá ser nunca persona de oración cristiana quién no esté decidido a aburrirse largamente en la oración, quien no esté decidido a ser fiel a la cita establecida con el Señor aunque sientas desganas, aunque haga frío y caigan copos de nieve; porque tiene que haber una disposición interior sólida, decidida y convencida del valor y de la importancia del encuentro vivo con Dios, en una entrega total a su presencia amorosa. La oración hecha sin espontaneidad carnal se hace con espontaneidad espiritual. Y una oración hecha así, aun en medio de la sequedad, con espontaneidad espiritual de fidelidad al Espíritu, no tiene nada de insinceridad ni de hipocresía. Como parecería significar el hecho de que al no sentir y estar haciendo oración parece que soy hipócrita; porque la sinceridad no consiste en la correspondencia entre sentimiento y expresión exterior, si no entre convicción interior personal y expresión exterior. Cuando la expresión corresponde al convencimiento íntimo personal no hay hipocresía, aunque esté ausente el sentimiento en ese momento o, al menos, la vivacidad del sentimiento. Y esa oración es sincera, autentica y es cristiana.

Esto mismo que acabamos de analizar suele expresarse con otras palabras: ‘Yo hago oración cuando tengo necesidad’. Pero esa necesidad se puede entender como necesidad objetiva para las finalidades de lo que la misma oración pretende en la vida espiritual, y puede entenderse como sentir psicológicamente necesidad, cuando siento necesidad. En el primer sentido es correcta. Debemos hacer oración porque necesitamos esa oración para vivir plenamente nuestra vida cristiana en la presencia de Dios. En el segundo sentido, decir: ‘Yo hago oración cuando psicológicamente siento necesidad de ella’, entonces, se confunde ésta expresión con el tener ganas de hacer oración, con la apetencia. Y se suele dar la experiencia que cuanto más necesidad objetiva tiene uno de orar, menos ganas suele tener de hacerlo. Es pues, fundamental en la vida de oración, la perseverancia, impertérrita, en el esfuerzo sincero por orar, por mantenerse fiel a los momentos fuertes de esa vida vivida en la presencia de Dios.

Y pasamos al segundo aspecto que suele presentarse como obstáculo, como punto en el cual muchas veces tropezamos al querer hacer la oración. Y es el punto de las distracciones en la oración, que, indudablemente, es uno de los caballos de batalla. No raras veces se identifica la buena oración con un pasar el tiempo de la oración sin distraerse. Es curiosa esta mentalidad, pero es real. Si preguntáramos a algunas personas: ¿qué es hacer oración? Quizás no lo digan, pero irían a decir ‘es pasar media hora sin distraerse delante del Señor’. Se identifica así frecuentemente. Conviene, por lo tanto, recordar lo que ya decíamos desde el principio, ese elemento sencillo, básico, pero fundamental: la actitud clave de la oración es estar con Jesucristo. Es estarse amando al amado, según la expresión de san Juan de la Cruz ‘olvido de lo creado, memoria del Creador, atención al interior y estarse amando al amado’. ‘Es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama’, según la definición teresiana. Mantenerse en la presencia amorosa del Señor en entrega total de sí mismo.

Ahora bien, antes de ir analizando un poco ésta materia de las distracciones podemos puntualizar, y creo que puede iluminarnos notablemente, lo siguiente: la distracción se refiere a esa actitud de oración fundamental, esa que está en la base, y que actúa bajo formas diversas. Como una convivencia con una persona a la que se ama es conversación. Se puede llamar conversación, pero no consiste en conversar. Esta indicación puede iluminar mucho. Cuando uno quiere tratar amigablemente con un amigo y ha estado con él, solemos decir (de ese contacto entre los dos): ‘He estado con tal amigo’, ‘he estado varios días con él’, o ‘he estado con él un par de horas por la tarde’. Y no solemos decir ‘he estado hablando con tal persona’, porque el elemento fundamental no es el hablar, es el estar con esa persona. Es claro que estando con esa persona también he conversado con él, también he hablado con él. Es normal que, estando juntos, conversemos o tratemos de algunas cosas o de otros asuntos. Pero diríamos que lo formal e importante es que estemos juntos.

Esto es lo que hemos intentado hacer: estar juntos. Las mismas expresiones que utilizamos dan prueba de ello: ‘¿Por qué no salimos juntos una tarde? ¿Quedamos? ¿Salimos juntos?’ No es como quien va a tratar un negocio simplemente como suele suceder cuando se trata de otro tipo de conversación. Lo sustancial es, pues, el estar. Y también, en éste punto de la oración, lo sustancial es el estar con Jesucristo. Estar con el Padre. Estar con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Estar con los ángeles y santos. Estar. Y los métodos de los que solemos hablar y de que hablaremos más adelante (cuando hablemos de las ascesis, del trabajo…) se referirán a esa sobre-estructura del conversar. La distracción de la oración se refiere fundamentalmente a separarse de la actitud fundamental de oración: he dejado de estar junto con Él, he dejado de estar con Él. Ese es el punto principal y esencial de distracción de la oración.

Anterior

La Virgen María: Pilar de nuestra fe

Siguiente

Hágase tu voluntad