La Virgen María: Pilar de nuestra fe

Aparición de la Virgen del Pilar

Jesús García Gañán, Presbítero | “Cantemos al Señor un canto nuevo, un canto a la mujer, porque ella es el pilar de nuestra historia, la roca de la fe”. Estas palabras forman parte de una bonita canción litúrgica dedicada a la Virgen María, que nos anima a recordar a nuestra Madre como el pilar de nuestra historia y la roca de la fe. Una canción que bien se puede aplicar, de manera especial, a la Virgen del Pilar, cuya fiesta celebramos en nuestro país el 12 de octubre, junto con todos los países de habla hispana, por ser patrona de la Hispanidad. Pilar y roca son dos palabras que hacen referencia a los fundamentos de nuestra fe, y que no hemos de olvidar en estos tiempos nuestros, en los cuales todo parece tan volátil y poco seguro, rechazando lo que es definitivo y para siempre. Seguramente, la historia que nos remite a los orígenes de la advocación de la Virgen del Pilar es muy conocida por todos nosotros, pero vendrá bien que recordemos algunos de los datos sobre esta aparición mariana, que sucedió en los primeros años de nuestra era, pero que sigue teniendo tanto arraigo y a quien tantas personas manifiestan su devoción y cariño.

“De pie, sobre un pilar de mármol”

Parece ser que todo sucedió después de la Ascensión del Señor a los cielos, cuando los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, predicaban el Evangelio y no se cansaban de anunciar que Cristo había resucitado. Fue por entonces cuando el apóstol Santiago el mayor, uno de los Zebedeos, predicando en España, recibió la visita de la Virgen María, que le animó y le fortaleció para llevar a cabo la misión de evangelizar a todos los pueblos sin que la desesperanza o el desánimo pudieran apoderarse de él. Los documentos que todavía se conservan en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, señalan textualmente que Santiago, pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro. Allí predicó Santiago muchos días y, entre los muchos convertidos eligió como acompañantes a ocho hombres, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche, recorría las riberas para tomar algún descanso.

La Virgen María: Pilar de nuestra fe

En la noche del 2 de enero del año 40, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena, y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol. La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, tal y como la tradición señala, le pidió al apóstol que se construyera allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie, prometiendo que permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio. Después de haber pronunciado estas palabras consoladoras y llenas de la esperanza que solo Dios puede dar, la Virgen se marchó, permaneciendo el pilar en el que se había mostrado. El apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia, cumpliendo así el deseo de la Madre de Dios, y este lugar se convirtió en centro de peregrinaciones al que muchos devotos viajaban para honrar y venerar a la Madre de Dios.

Edificar la casa sobre roca

La fiesta de la Virgen del Pilar ha de ser para todos nosotros una ocasión única para reflexionar sobre nuestra fe y sus fundamentos. ¿Dónde está puesta nuestra confianza? ¿Qué mueve nuestras palabras y acciones? Cuando las dificultades y el desánimo nos visitan, ¿en qué nos apoyamos? Cuando las dudas nos asaltan, ¿quién responde por nosotros para permanecer en la brecha? Hay quienes permanecen en Dios solamente cuando las cosas les van bien y renuncian completamente a su fe cuando la vida les deja de sonreír y las dificultades hacen que el camino parezca imposible de recorrer. Sin embargo, hay personas a quienes el sufrimiento, el dolor y las dudas, les hacen caer en la cuenta de que su corazón no estaba asentado firmemente en Dios, y descubren, por las dificultades, que Dios es el único que permanece y nos basta.

La parábola que Jesús nos propone en el Evangelio de Mateo 7, 24-27 nos invita a construir la casa de nuestra fe sobre roca, desechando la arena y el barro, que cuando vienen las aguas torrenciales y los vientos arrecian, hacen que todo se derrumbe. La Virgen María es pilar para nuestra historia, como lo fue para el apóstol Santiago y para tantos devotos suyos durante todos estos siglos de devoción. Ella es la roca de nuestra fe, porque en todo momento supo confiar en Dios y aceptar su plan de salvación en el que Ella tiene un papel fundamental. María es la peregrina de la fe, que no exenta de dificultades, ha sabido permanecer fiel, intachable, y dispuesta siempre a mirar hacia adelante, poniendo su confianza en quien no defrauda.

Una devoción que nos interpela

La devoción que el pueblo español siente por la Virgen del Pilar desde épocas tan remotas, es una devoción mariana que nos interpela, a la vez que nos fortalece en el testimonio que cada uno de nosotros estamos llamados a ofrecer en medio del mundo. Los tiempos que vivimos, de indiferencia e incluso rechazo expreso a la cuestión de Dios, reclaman cristianos comprometidos con su fe, que tengan sólidos fundamentos en cuanto a la vida de Dios se refiere, que se sientan fortalecidos y animados a salir a la misión, y por supuesto, que confíen en la protección y el auxilio de la Virgen María, que siendo la perfecta creyente, es modelo de fe y fortaleza para todos los que aún caminamos por este mundo.

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