La vida se abre camino

La incredulidad de Tomás
Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

Alberto Mateos, coordinador de redacción | Durante estos días de Semana Santa, pese a que la lluvia ha dado poca tregua, en las calles ha vuelto a representarse la Pasión. Es fácil identificarse con el Nazareno que carga con la cruz o con esa Madre que sufre, ya sea por historias propias o de personas allegadas, enfrascadas en luchas o pérdidas.

Los pasos de Semana Santa tienen la capacidad de suscitar devoción, conectando con el corazón del pueblo. Sin embargo, pese al anhelo humano de eternidad, de que esto no termine aquí, no conozco a nadie que le rece a un Resucitado. De hecho no suelen ser las imágenes más populares en ningún lugar.

El Domingo de Resurrección se representa una realidad que no podemos conocer, porque no la hemos vivido. Nos resulta familiar cargar con la cruz o caer varias veces, pero lo de ese sepulcro vacío va más allá de la razón. Tanto, que casi todos los apóstoles abandonaron a Jesús. Habían pasado mucho tiempo con Él y eran testigos de las maravillas que había hecho: ciegos que podían ver, paralíticos que andaban, personas que se transformaban interiormente… Pese a todo, no creyeron al que llamaban Maestro cuando les anunció la Resurrección.

Los peregrinos de Emaús caminaron junto a Jesús Resucitado y no lo reconocieron. Sin fe, alguien no creería un milagro ni aunque lo tuviese justo delante. Y no podemos hacer como Tomás y pedir una prueba para tener la certeza de que la resurrección es real. Esto es justo lo que deseaba saber el atormentado caballero de El séptimo sello al ser reclamado por la muerte, mientras su escudero prefería no complicarse con esas cuestiones -la indiferencia es la actitud que más crece-. La tercera postura ante la fe mostrada por esta película es la de unos juglares que viven felices porque conservan la fe de los sencillos, esa fe de los niños.

No sé si es posible recuperar la fe de la infancia, pero sí algo de esa capacidad de asombro abriendo los sentidos, mirando alrededor y comprobando que la Semana Santa ha dado paso a una primavera donde la vida brota por todos lados, de una forma incontenible. Esta vida terrenal es un milagro. Es la parte finita de la eternidad a la que alude el protagonista de la novela de Gilead, de Marilynne Robinson:

«A veces me siento como si fuera un niño que abre los ojos al mundo, ve cosas asombrosas cuyos nombres nunca conocerá y luego tiene que volver a cerrarlos. Sé que todo esto son meras apariencias en comparación con lo que nos aguarda, pero eso sólo las hace más encantadoras. Tienen una belleza humana. Y no puedo creer que, cuando todos hayamos sido transformados y dotados de incorruptibilidad, lleguemos a olvidar esta fantástica condición nuestra de mortalidad e impermanencia, el gran sueño luminoso de procrear y perecer que para nosotros lo significaba todo. En la eternidad, este mundo será Troya, creo, y todo lo que ha sucedido aquí será la épica del universo, la balada que se cante por las calles. Porque no imagino ninguna realidad que deje ésta en las sombras por completo, y creo que la piedad me prohíbe intentarlo.»

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