Una sola familia

El entierro del señor de Orgaz
El entierro del señor de Orgaz. El Greco (1586-1588).
Parroquia de Santo Tomé Toledo.

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Confieso que celebro en Asamblea,
que tierra y cielo hacemos unidad,
confieso que amor puro es amistad:
y atónito lo veo en esta oblea.

Yo sé que aquel final que el alma otea
es “hoy” en su divina majestad:
me asocio al Sanctus, y entro en la Ciudad:
contigo, madre, el alma saborea.

(Fray Rufino Grández)

El declive otoñal encuentra en el seno de la comunidad cristiana, una clave de aliento, pues ante la constatación del final irremediable de tantas cosas, hay una llamada a la esperanza. Ningún ciclo es en sí un todo, podemos participar de una historia mayor, no todo se encierra en el misterio de la individualidad. La globalidad abre cauces, ensancha límites y relativiza las aparentes situaciones de caducidad. En el crepúsculo del ciclo otoñal, brilla la esperanza, la comunión con la vida que ha de renacer, la luz de que nuevo será señora sobre la noche. De hecho, la celebración cristiana y la liturgia, que es consecuencia de lo que se cree, se desenvuelve, ampliando nuestros límites, para enlazarnos en torno a la fe en la comunión de los santos. Cada día recordamos a los que nos han precedido en sinfonía de luz y color, en carismas y modos de vida, como ejemplos de vida. Como san Ignacio recluido en la convalecencia de Loyola, releer la vida de los santos nos empuja a preguntarnos: ¿y no puedo ser como ellos, o aún más?

A ellos honramos, y por ellos oramos por vivos y difuntos. En las celebraciones dominicales proclamamos en el Credo con voz unánime: “creo en la comunión de los santos”, pero ¿es verdad que creemos en ello? ¿Fue tan sólo una clave pastoral de Trento al dignificar el recuerdo de santos y mártires? ¿Creemos en esta solidaridad en la santidad y de ella hacemos uso? El CIC nos recuerda: «No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios». (LG 50)

Estamos unidos, intercomunicados como en una red de santidad, al modo de vasos comunicantes de un único depósito de gracia común que administra el Espíritu Santo. Somos partícipes de un solo tesoro de bien. Como una transfusión de vida. Es más, sabemos que dependemos unos de otros como miembros del mismo cuerpo, cuya cabeza es Cristo. Estas comparaciones nos hacen atisbar el misterio, pues si decimos “creo” es porque la comunión de los santos es un misterio de una triple comunión: entre los fieles vivos, entre los del cielo y los de la tierra y con las almas del purgatorio.

Sabemos y vivimos en una Iglesia que siendo una, está en tres situaciones distintas: la Iglesia triunfante compuesta por los que ya se han salvado y están junto a Dios, la Iglesia purgante, que está en camino de purificación para llegar a la Iglesia triunfante y la Iglesia militante, peregrina en la tierra, que somos todos nosotros, que también nos encaminamos hacia la Iglesia celestial. Al afirmar que los miembros de esta única Iglesia viven tres etapas diversas sentimos la perfecta comunión.

DESDE LA PALABRA

Miembros de un solo cuerpo, solidarios en salud y enfermedad, sabiendo que de nuestra salud, otros vivifican: “Cuídate tú y cuida la enseñanza; sé constante; si lo haces, te salvarás a ti y a los que te escuchan” (1Tim 4, 15). No existe el autismo salvífico. Las ergástulas del medievo, eran nidos de conversión personal, que redundaban en santidad del penitente, y de aquellos por quienes ofrecían su vida, pues nadie se salva solo; o te salvas con los otros o no te salvas. Esto implica la idea de que vamos unidos, como del brazo, hacia la vida eterna. Así San Pablo nos recuerda la solidaridad del cuerpo: “Si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una lo notan” (1 Cor 12, 26). Un ejemplo de vida lo descubrimos en la liberación del apóstol San Pedro. Mientras estaba en la cárcel “la Iglesia oraba por él” (Hch 12, 5) y misteriosamente fue liberado por un ángel. El papa Francisco, desde su primer careo en el ministerio petrino, nos invitó a hacer vida esta comunión: “rezad por mí”.

DESDE NUESTRA CULTURA

“No es justo que manos de pecadores mudasen el cuerpo que santos con las suyas habían tocado”. Con estas palabras respondía el Consejo de Gobierno del Arzobispado de Toledo, cuando D. Andrés Núñez de Madrid, párroco de santo Tomé de Toledo, solicitó el traslado del enterramiento del señor de Orgaz, de quien su parroquia quería dignificar la memoria, de este santo extravagante. La memoria conservada de su leyenda, nos es conocida por varias versiones que convergen al relatar el milagro acontecido hacia 1312, 1323 ó 1327, según versiones, cuando este caritativo caballero, Don Gonzalo Ruiz Señor de Orgaz, al ser enterrado, fue asistido en su sepultura por San Esteban y San Agustín.

La remodelación de la capilla que contenía su sepultura, afectó por tanto al ornato. Un epitafio recordaría el milagro en prosa, y un lienzo acomodado al marco arquitectónico, narraría visualmente esta crónica de la comunión de los santos, casi a modo de altorrelieve sobre su sepultura. El Greco aceptó las precisas recomendaciones iconográficas y trabajó en el proyecto durante año y medio. Como feligrés que era de dicha parroquia, sin duda habría asistido a un oficio de difuntos propio de dicha parroquia: el cortejo religioso y civil, descendía desde el presbiterio hasta la tumba del Señor de Orgaz, y hacer una plegaria que invocaba la solidaridad de los santos, guías del alma de éste hasta el abrazo celestial. El lienzo era una síntesis de dicha plegaria, en que se renovaba el recuerdo del entierro santo y la santa acogida celestial. La oración por el difunto, encendía la fe de los vivos, al saber de la caridad de los santos.

Huelga comentar más la imagen, pues de sobra es conocida su composición, en la que el presente (caballeros y eclesiásticos varios, de identidad conocida y revelada) se deciden entre el pasado que confiesan, y el futuro que les supera en altura. Aguardan para sí, como lo gozó Don Gonzalo, cuya alma cuasi informe es portada por un ángel, abriéndole paso como útero a la eternidad, la Déesis misericordiosa ante el Cristo Soberano.

Detalle de El entierro del señor de Orgaz

¿Quién no ha se ha quedado admirado ante esta obra? Pocas como ella, hacen uso de esa capacidad del autor para unir lo real y lo sagrado, hacer creíble en un solo espacio categorías ultrapictóricas. Luz, color y composición aunan categorías tan distintas, pero tan fraternas: comunión de lo santo entre los santos.

Al igual que entonces, no deja de maravillarnos, el cronista doctor Pisa, ya decía: “viénenla a ver con particular admiración los forasteros, y los de la ciudad nunca se cansan, pues siempre hallan en ella cosas nuevas que contemplar…”

UNA IMAGEN PARA ORAR

Cada día conoce santo Tomé miles de visitantes en este singular “espacio Greco”, la obra social posible a las aportaciones de los visitantes, es un signo de la comunión con los necesitados. Aunque sean otros medios, por los que nos hallemos ante su impronta, el recuerdo del Entierro del Señor de Orgaz, fácilmente mueve a la devoción. Situándonos como uno de los testigos del milagro renovado, confesamos nuestra fe en la comunión en santidad con los santos. Por ello invocamos: Gracias, Jesús, porque nos has hecho miembros de tu Iglesia, porque formamos parte de tu Cuerpo Místico. Gracias por el misterio de la Comunión de los Santos, por el que estamos unidos de manera invisible con los Santos del Cielo, con las almas del Purgatorio y con todos los que aquí en la tierra que están en tu Gracia. Gracias porque nos ofreces la ayuda de tus Santos que están en el Cielo, ya que estamos unidos a ellos en la oración.

Concluimos con los versos de Fray Rufino Grández, a la Eucaristía, expresión de la Comunión de los santos:

Allí es la Gloria, aquí el sincero anhelo:
mas uno es nuestro canto y uno el coro:
la misa que celebro es ya mi cielo.

La Santidad yo canto, yo la adoro,
yo santo y pecador en este suelo,
que amando estoy, oh madre, en el trascoro.

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