Hijos de verdad

Crucifixión
Crucifixión (Josse Lieferinxe)

Silvia María Alfonso (artículo recuperado del número 95 de la revista)

María no siempre calla

Después de poner a Juan en manos de María diciendo Mujer, ahí tienes a tu hijo, Jesús habla desde la cruz al discípulo amado diciéndole: He ahí a tu Madre. Con esta expresión está convirtiendo a María en Madre de aquel discípulo que representa a todos los discípulos de todos los tiempos, ¡en Madre nuestra!

Cuanto más se lee, y sobre todo cuanto más se reza, más cuenta se da uno de que no son palabras al azar. Para empezar, la situación es que Jesús estaba a punto de morir, no era momento de demasiada conversación sino más bien de pocas palabras con mucho significado. Por otra parte, es sabido que María no necesitaba compañía, de hecho estaba al pie de la cruz junto con su hermana y otras mujeres de su familia.

Por último, a veces intentamos hacer decir a las Escrituras lo que nosotros creemos que dicen, poniendo en duda lo que la Tradición (es decir, lo que los cristianos próximos a aquel momento nos han explicado y hecho llegar a través del tiempo y bajo la guía del Espíritu Santo) interpreta al respecto. Así, alguno podría decir que Jesús simplemente quería que su Madre no se quedara sola y que Juan la cuidara, sin embargo, no podemos renunciar a leer lo que pone en realidad, y que no es un simple “cuídala como a una madre”, hay que reconocer que algo más hay.

La actitud de la Virgen nos ayuda a comprender ese “algo más” que ocurre en el Calvario. Aquella que con tanta naturalidad preguntó a Gabriel y “puso objeciones” a lo que le decía, guarda silencio ahora. María “pidió explicaciones” no sólo a Gabriel en la Anunciación sino también al propio Jesús cuando se quedó en el templo sin avisar, y no olvidemos que también “provocó” aquel primer milagro de Caná.

Conociendo todos estos datos no podemos decir que María calló porque siempre estuviera callada. Sabemos también que cuando se ponía ante la obra salvadora de Jesús, misterio de Amor que pasa por el sufrimiento, María escuchaba, callaba y guardaba aquello en su corazón, ¡lo mismo que hace al pie de la Cruz cuando Cristo la vincula de aquella manera tan especial a Juan! Luego algo muy importante hay en estas palabras y relacionado con la misión que el Padre ha encomendado a su Hijo y con esos términos de Amor, de Entrega y de Salvación en los que Jesús no deja de insistir incluso en el momento de su muerte.

Si aquí hay algo importante, es que, por voluntad de Cristo, Ella es desde aquel momento mi Madre y Madre de cada cristiano. De ahí viene el culto y el cariño filial que los cristianos de todos los tiempos han rendido a María; no se trata de una iniciativa espontánea y generosa de los primeros discípulos de Jesús al verla sola que los demás han continuado, tampoco es un reconocimiento al valor excepcional de su persona, es simplemente ¡un gozoso cumplimiento de la voluntad de Dios!

Nada de retórica

Jesús se toma en serio todo lo que hace por nosotros, se toma en serio el amarnos, el salvarnos, el estar siempre con nosotros. María, al igual que su Hijo, se toma en serio su unión con Dios, sus promesas de salvación, y eso lo advertimos en su Sí… tan fuerte, tan radical y tan cierto, que no necesita ser de nuevo “interrogada” por ningún ángel, fue un sí a todo. Pues si Jesús nos regala a María en serio y María nos adopta como hijos en verdad ¡resulta que no es retórica eso de que María es mi Madre! Pero el que no se quede en retórica implica que se haga realidad en mi vida cotidiana, en mis decisiones, en mis soledades y en mis amistades, en mis grandes proyectos y en mis ocupaciones más leves, ¡en cada momento!

De igual modo que Juan la acogió entre sus bienes, entre los bienes que de Dios había recibido, también yo la acojo entre tanto bien como el Señor me ha regalado, empezando por la vida que me vuelve a regalar cada mañana, la fe, la capacidad de amar, la capacidad de sufrir por amor mitigando el sufrimiento y realzando el amor, la capacidad de pensar en los demás hasta olvidarme de mí a favor de los otros… cientos y miles de regalos del Señor que en mi mano está el acogerlos y de los cuales María es el mayor y más precioso, ¡abramos los brazos y el corazón para recibirla!

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