Icono de San Agustín

Icono de San Agustín

José Bautista Galán, Director del Taller de Iconos | San Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en el África romana, se llama hoy Souk-Ahras. Su padre, llamado Patricio, era pagano, su madre, Santa Mónica, mujer cristiana, de piedad y bondad probadas, abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia.

Agustín, según él mismo cuenta en sus Confesiones, era irascible, soberbio y díscolo. A los dieciocho años tuvo su primera concubina, que le dio un hijo al que pusieron por nombre Adeodato.

Fue maniqueo y orador imperial en Milán. Era el rival en oratoria del obispo Ambrosio de Milán, figura que después hizo a Agustín conocer los escritos de Plotino y las epístolas de Pablo de Tarso. Por medio de estos escritos se convirtió al cristianismo.

Decidió retirarse con su madre, su hijo y sus discípulos a la casa de su amigo Verecundo, en Lombardía, donde escribió sus primeras obras.

El 24 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad, fue bautizado en Milán por el santo obispo Ambrosio, y se consagró definitivamente al servicio de Dios. Cuando llegó a Tagaste, Agustín vendió todos sus bienes y el producto de la venta lo repartió entre los pobres. Se retiró con unos compañeros a vivir en una pequeña propiedad para hacer allí vida monacal. En el año 391 fue ordenado sacerdote en Hipona y en el 395, fue nombrado obispo de Hipona; desde este pequeño pueblo de pescadores proyectaría su pensamiento a todo el mundo. Escribió libros que lo posicionan como uno de los primeros Padres de la Iglesia.

En Roma vivió un éxtasis compartido con su madre, Mónica, que murió poco después. La vida de Agustín fue un claro ejemplo del cambio que puede lograr el encuentro con Dios, la Belleza, siempre antigua y siempre nueva, como el lo llamó.

Murió en Hipona el 28 de agosto de 430. Su cuerpo, en fecha incierta, fue trasladado a Cerdeña, y hacia el 725, a Pavía, a la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro, donde reposa hoy.

En este Icono vemos escrito sobre fondo de pan de oro con vestiduras episcopales, a San Agustín. El palium con las cruces y sujetando con este, en la mano izquierda las Sagradas Escrituras, mientras con la derecha bendice. Con tonsura monacal, pelo y barba muy cuidados, el rostro un tanto serio como en la mayoría de los santos iconos.

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