Hacia la plenitud de la Pascua

Pentecostés

Mercedes Luján Díaz, Coordinadora de redacción | Atravesado ya el desierto de cuaresma nos hemos introducido vertiginosamente en el precioso tiempo de Pascua a la espera de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, plenitud de la Pascua.

El Señor, que no se deja ganar en generosidad, después de los días de Semana Santa tan breves pero intensos nos da el regalo de su Resurrección durante un espacioso tiempo, y con ella la alegría y la paz hasta ser ungidos en plenitud por su Santo Espíritu para anunciar al mundo lo que hemos visto y oído no sólo en lo íntimo de nuestro corazón sino en la vida de tantos hermanos nuestros; porque su acción bondadosa no deja de salir a nuestro encuentro desde lo sencillo y cotidiano de la vida.

La alegría pascual engrandece nuestra alma en agradecimiento al Señor y dilata nuestro corazón para clamar y pedir el Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu que ungió el corazón, la humanidad, de Jesús en el Jordán, ese mismo Espíritu que descendió sobre aquella primera comunidad cristiana y ese mismo Espíritu que es capaz de transformar nuestro corazón en uno semejante al Suyo.

Ven Espíritu Santo, llénanos de Ti, te necesitamos… Enciende nuestro corazón y late en él como lates en el corazón de Cristo.

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