Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos

Rostro de Cristo
Vía Crucis de Mengore | Santa María en Tolmin (Eslovenia) | M. I. Rupnik

Pablo Cervera Barranco | «Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito» (Is 52, 13-15).

Son palabras del así llamado Cuarto Cántico del Siervo de Yahvé que recoge el profeta Isaías. Son como la síntesis, a modo de prólogo, de todo lo que referirá después.

Las palabras del profeta recogen el quebranto divino y la iniquidad de los hombres:

«Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado» (Is 53, 2-3).

Toda la Pasión de Jesucristo está aquí anticipada: sus vejaciones, desprecios, azotes. Y Cristo carga todo y es «despedazado por nuestros delitos», por nuestros pecados. En el fondo, es la victoria del Cristo roto: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,4-5).

«Jesús: sacerdote nos deja su sacrificio: ¡haced esto!… ¡Jesús – Corazón de Jesús! : ‘Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros… Este es el cáliz de mi Sangre derramada por vosotros’».

Él sabe, al mismo tiempo, cuál es la voluntad del Padre, y no desea otra cosa que cumplirla: derramar el cáliz hasta el fondo.

Corazón de Jesús, despedazado con la eterna sentencia: efectivamente, tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito…

Los sufrimientos de la agonía abrazan gradualmente todo el cuerpo del Crucificado. Lentamente la muerte llega al corazón. Jesús dice: “¡Todo está cumplido!”. “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23,46)» (JUAN PABLO II, Ángelus, 31 de agosto de 1986).

San Pedro profundizó este texto de Is 53 haciendo del dolor y muerte de Cristo expiación por nuestros pecados: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados» (1 Pe 2,24). La Pasión y triunfo de Cristo nos devuelve a presentarnos ante su misericordia: «Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.» «Erais como ovejas sin descarriadas, pero ahora os habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas (1 Pe 2,25).

El despedazamiento y sufrimiento por nuestros pecados ha sido fecundo para nosotros: «El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores» (Is 53, 10-12).

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