Frescor en el estío

El sueño del patricio y la fundación de Santa María la Mayor de Roma
El sueño del patricio y la fundación de Santa María la Mayor de Roma (Murillo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Es tu verdad, oh María,
tu santa maternidad,
crecida en tu carne virgen
cual don de la Trinidad.

Jesús que mora en tu pecho:
es ésa tu santidad;
su cruz, tu gracia y belleza,
su gloria, tu eternidad.

Eres tú por el Espíritu
Madre cual nadie real,
y al ser Jesús Unigénito,
Madre de Dios personal.

En el fragor del verano miramos a María como quien nos trae la buena noticia de ser nube de lluvia venturosa (Virgen del Carmen) y aún el frescor de la nieve: Santa María de las Nieves. Es esta una de les más bellas advocaciones de la Santísima Virgen. Ella, que es la Madre de Dios, Inmaculada, Asunta al cielo, la Reina Coronada, es también Nuestra Señora de las Nieves. Al decir nieve queremos recordar la blancura y frescor. Pureza y alma recién estrenada, intacta. Espíritu sin gravedad. La nieve no estrenada ni pisada, representa la pureza sin mancha de María.

Pero esta nieve la celebramos un 5 de agosto, ocasión en que celebraremos la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, una fiesta entrañable en la ciudad santa y manifestada en signos tan bellos como la representación del milagro de la construcción de este templo. Al concluir la celebración de las vísperas se escenifica el milagro de la nieve: uno de los casetones del presbiterio se abre y desde él se dejan caer miles de pétalos de rosas blancas, en honor de la Virgen de las Nieves. Es el recuerdo de aquella nieve recién caída en el estío romano. Pero es signo de la pureza frente al lado del calor sofocante de la pasión. Sólo Ella, como aquel trozo milagrosamente marcado por la nieve en la leyenda de Juan Patricio, es preservada del calor fuerte del agosto que es el pecado. Sólo Ella es sin pecado entre todos los hombres. Ella es blancura y candor. Ella refresca nuestros agostos llenos del fuego del pecado y la concupiscencia.

La tradición romana se remonta al siglo XI y pronto tuvo una repercusión universal. Vamos a acercarnos a este misterio con la plasmación que Murillo plasmó en la iglesia de Santa María la Blanca en Sevilla.

Desde nuestra cultura

En esta ocasión nos hallamos ante dos lienzos que estaban destinados a colocarse bajo la pequeña cúpula de la recién remodelada iglesia sevillana de Santa María la Blanca en 1665, y en ellos Murillo representa la historia de la fundación de la basílica romana de Santa María Maggiore. Para ello se basa en la sucinta información que proporciona el Breviario Romano sobre la festividad de Santa María de las Nieves que se celebra el 5 de agosto. Esto lo sabemos por un texto de Torre Farfán –que fue impreso– sobre los actos con que se celebró la reinauguración de Santa María la Blanca. Es posible que Murillo se basara también en la versión, más prolija, que da de estos hechos Pedro de Ribadeneyra en su Flos Sanctorum, en la entrada correspondiente al 5 de agosto. La iglesia parroquial de Santa María la Blanca era una capilla dependiente de la administración catedralicia, lo que explica el especial interés que mostró por ella el canónigo Justino de Neve. Remodelada para honrar a la Inmaculada Concepción después de que en 1661 el papa Alejandro VII promulgara la constitución apostólica Sollicitudo omnium Ecclesiarum, en la que se declaraba que la Virgen María estaba limpia del pecado original, Santa María la Blanca estaba a un paso de la vivienda de Justino, y además la advocación de Virgen de las Nieves, nives en latín (y neve en italiano), tenía una estrecha relación lingüística con el apellido familiar.

Con respecto a la iconografía del primero de los dos temas, se representa al patricio romano Juan (Joannes) y su esposa, cuyo nombre no se indica en el Breviario Romano, quienes deseaban entregar sus riquezas a la Virgen María. Una calurosa noche de agosto, mientras dormían, se les apareció a ambos la Virgen y les dijo que debían construir una iglesia en un lugar que encontrarían cubierto de nieve. Esta visión se la contaron al papa Liberio (352-66) –al que Murillo representa con los rasgos de Alejandro VII–, y el día 5 de ese mes tuvo lugar una solemne procesión a una zona de la colina del Esquilino en la que había nevado milagrosamente, lo que indicaba el sitio en que debía erigirse el templo (in eo locum Ecclesiae designavit). Allí se construyó por tanto, a expensas del patricio y su esposa, la entonces llamada Basílica Liberiana, que fue la primera iglesia de Roma dedicada a la Virgen.

El sueño del patricio Juan, que debió estar situado en el lado derecho de la cúpula mirando desde la nave hacia el altar, representa a la pareja durmiendo en su habitación. Muy discreto con respecto a su intimidad conyugal, Murillo evita mostrarles en el lecho. Ambos están completamente vestidos, y Juan, que calza unas zapatillas, está sentado en una banqueta y echado para atrás, apoyando el codo en una mesa en la que ha dejado un libro de buen tamaño; su esposa, está sentada en un amplio cojín rojo, y descansa la cabeza en la cama. Ha dejado la cesta de costura junto a la puerta, y a sus pies duerme su perrillo faldero. Ambos visten a la manera contemporánea, pues Murillo no pretende en ningún momento situar la historia en la Roma antigua.

La composición se basa en una potente diagonal que se hunde en la oscuridad de la estancia: a la derecha, Juan está fuertemente iluminado, pero su mujer, en el centro y más atrás, está en penumbra. Desde lo alto, en un rompimiento de luz dorada, los contemplan con benevolencia la Virgen y el Niño. María extiende el brazo derecho hacia la izquierda, y en esa misma dirección vuela su túnica; el dinamismo de su figura contrasta radicalmente con los cerrados contornos de los durmientes mortales. Por la puerta que se abre tras la pilastra, la Virgen señala la colina nevada en la que ha de edificarse la nueva basílica. De especial sutileza es el juego cromático que abarca toda la superficie del lienzo, en especial la relación entre rojos, carmines y lacas. Los dos tonos rojos del mantel que cubre la mesa se repiten en la falda de la esposa del patricio y en el cojín en el que está sentada. Los delicados blancos y amarillos del paño que hay sobre la mesa resuenan en la vestimenta de Juan, y de nuevo en el vestido y el velo de la Virgen.

En el segundo de los lienzos, titulado El patricio revela su sueño al papa Liberio, estaba situado originalmente bajo la cúpula en el lado izquierdo. Representa el momento en el que, a la mañana siguiente, el patricio y su esposa, en este caso ya elegantemente vestidos –él con capa y sombrero en mano, ella con un vestido rosa de mangas amarillas, y enjoyada– se presentan ante el papa Liberio y le relatan su sueño. El pontífice está sentado en una logia abierta inserta en un marco arquitectónico más complejo; le acompañan dos miembros de la curia, uno de los cuales se está ajustando los quevedos. Liberio hace un gesto de sorpresa, pues él ha tenido también esa misma revelación. Como en la escena del otro medio punto, la columna marca la transición entre el interior y el exterior, y da paso al segundo episodio de la historia, que se representa a la derecha: con la indumentaria papal completa, Liberio se dirige en procesión bajo palio hacia la nevada colina, acompañado de cardenales y sacerdotes y bajo la mirada en lo alto de la Virgen y el Niño. Al igual que en el cuadro con que forma pareja, Murillo utiliza aquí una mesa como repoussoir para introducir al espectador en la escena –aquí con un reloj y una campanilla, como en el retrato de Justino de Neve (Londres, The National Gallery).

La utilización de dos focos distintos –la figura fuertemente iluminada de la mujer del patricio en el centro de la composición, y el claro paisaje de la derecha, con sus delicados matices rosas en el cielo– le da al cuadro profundidad y variedad tonal, y facilita la narración de la historia. Especialmente en este cuadro es la fluidez y libertad de pincelada, que se puede apreciar sobre todo en la alfombra, abajo a la izquierda, y en el vestido y las manos de la mujer del patricio. En el primer plano, las figuras están definidas con amplias y seguras pinceladas; en el plano medio, con abundantes y finas veladuras, y en el fondo con capas aún más transparentes. La radiografía revela que Murillo modificó la arquitectura antes de hallar la solución definitiva: parece que cambió en varias ocasiones la posición de la columna y el arco del fondo, que ahora es ciego pero que da la impresión de que originalmente estaba abierto.

Una imagen para orar

Quienes hemos recibido el don de la fe en Dios, en Cristo, en María, somos afortunados. Nosotros, creyentes, podemos permitirnos el lujo de comunicaros con los dos, con Cristo y con María, mediante un lenguaje íntimo, lleno de sentido espiritual. Como afortunados hijos, podemos jugar filialmente con expresiones de fe y amor, porque sabemos que somos escuchados cuando cantamos a Dios, nuestro Padre, y lo vemos tras cien rostros graciosos; cuando cantamos a Cristo, nuestro Redentor, en su gozo, luz, dolor y gloria; y cuando honramos a María, Madre de Jesús, y le dedicamos noventa palabras de amor y agradecimiento por su fidelidad.

Así oramos, María, eres para nosotros expresión de la pureza, la ternura, el amor, la bendición y la fuerza protectora que nos llega de Dios. La Iglesia te siente suya, miembro y Madre por igual; nos diste al Primer Nacido, Madre del Cristo total.

Juntemos hermosas piedras
para hacer templo y altar,
por ti, que a Cristo nos llevas,
Madre de la cristiandad.

¡Honor al Hijo santísimo,
de Madre hija de Adán!;
Ante tus ojos, oh Verbo,
por tu Madre, ten piedad. Amén.

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