Fe y razón

La creación de Adán
Imagen: Shenghung Lin (Flickr)

Francisco Javier Vicente Gonzalo | La Iglesia católica ve en la capacidad intelectual que Dios ha regalado a la humanidad un instrumento no sólo para afrontar la siempre dura existencia, sino para acceder a la luz de la fe.

Nuestra razón, bien usada, nos aproxima a Dios y a su Misterio. La vía de las criaturas, de las que percibimos su hermosura y perfecciones, es, como dice San Pablo, guía cierta en el camino de descubrir al Creador.

¿Hay algo más que no podamos ver con los ojos?

Con “certeza” podemos atisbar la “causa” de todo lo que nos rodea por el camino de la belleza, el orden y la caducidad de las cosas.

No vemos a DIOS, velado por el MISTERIO, pero tenemos acceso a su ser por medio de las criaturas, ya que toda obra algo muestra de su autor.

La ciencia positiva nunca podrá afirmar ni negar la existencia de Dios -Él no es objeto de ninguna ciencia positiva-, pero sí nos facilita valiosos instrumentos con los que equipa a la metafísica, una ciencia no positiva.

Esta disciplina, la metafísica, se ocupa de las razones últimas de todo con un pensamiento poderoso y certero. Ella sí nos puede conducir, sin error, a aceptar la existencia del ser incausado.

Vivimos en un mundo que sólo cree en lo que se percibe por los sentidos. No estaría mal recordar la frase de Saint-Exupery en El Principito: Lo esencial es invisible a los ojos.

Por la fe creemos en realidades invisibles. Pero que no las percibamos con los sentidos no las hace menos reales.

Hay cosas (Res sunt), dice el adagio latino. Vivimos en una realidad, que además es comprensible. Decir que esta realidad no tiene origen es afirmar que no tiene la razón de ser ni en sí misma -pues es evidente que es finita-, ni fuera de sí misma. Esto la convertiría en un absurdo que equivaldría a ser pero sin ser.

La existencia nos exige vivir con sentido

Nuestra era de pensamiento débil nos sitúa ante una encrucijada para la que, defraudados de los grandes sistemas de pensamiento que pretendían explicar el sentido, no resta sino instalarse en la finitud, conformarse con no hacerse preguntas, o, por lo menos, no demasiadas.

Frente a esto los católicos hemos de proclamar: ¡No, la realidad tiene sentido! El mundo, el universo, no es un absurdo, sino un MISTERIO DE AMOR predestinado desde toda la eternidad en el Logos-Cristo, el Verbo, que se ha encarnado haciéndose hombre, elevando a la criatura a una dignidad de la que hablaba el Génesis cuando dice que el hombre, que quiso ser como Dios pero sin Dios y al revés que Dios, está llamado a ser Dios en Cristo Jesús, es decir: SER COMO DIOS, con Dios y con la garantía de Dios.

Creemos que estamos salvados en la esperanza, aunque densos nubarrones nublan nuestra vida.

El absurdo no tiene la última palabra. El imperio del mal debe someterse al poder de uno que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el dolor, que está incluso más allá de la razón, porque es AMOR.

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