¿Esperas a Dios o al autobús?

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Francisco J. García | Orar es propio de personas esperanzadas. ¿Qué te animaría a pedir si no tuvieses la esperanza de que te será concedida tu petición? Orar también es propio de quien tiene fe, pues la oración se dirige a Aquel en quien se cree. Y orar puede ser una señal de caridad; hacia otros si se introduce por ellos, hacia Dios si es oración de cariño hacia Él.

En tiempos de desolación, de que las cosas se nos vienen encima, en tiempos en que las cosas no nos van bien, la oración es capaz de sostenernos. En momentos así la oración es la ventana que se abre y nos hace ver la salida, la meta, el final que nos aguarda. La oración pone esperanza allí donde la desesperanza hace de los hombres su presa. Es así, porque te abre el mundo de Dios, del infinito, allí donde los problemas se vuelven pequeños a la fuerza, al compararse con la grandeza de Dios. ¿Agobios, cansancios, agotamiento de fuerzas, tentaciones de tirar la toalla, dudas de fe? ¿Buscas tratamiento, terapia o solución? Los tres en uno es la oración.

Si la oración nos ayuda a esperar, la esperanza es una invitación permanente a orar. Pongámonos en un contexto distinto: todo te invita a estar esperanzado, vives un momento pletórico de fe, esperanza y caridad, tu corazón esponjado vive en Dios. ¿Se necesita orar en una situación así? No hay que dudarlo: si la oración llama a la esperanza, la esperanza llama a la oración. Esto es así porque lo que esperas, lo pides.

Esperar en Dios no es como esperar el autobús. Sabes que, tarde o temprano, el autobús vendrá y podrás viajar en él. Lo que esperas de Dios no es tan evidente, apenas tienes pruebas, y te obliga a trabajar por el Reino. Lo que esperas de Dios te lo debe otorgar Él cuando, como, donde, por los medios que Él quiera. Lo que esperamos de Dios es siempre un don, un regalo suyo.

¿Quién no vive esperando algo? ¿Quién no vive pendiente de tantas y tantas incógnitas de su vida? ¿Quién no depende de personas o acontecimientos para ser feliz? La creación entera vive esperando el momento de ser feliz. ¿Lo esperará como quien espera el autobús, cruzado de brazos? O, más bien, ¿esperará de Dios su futuro, echando una mano para que esa bendición de Dios venga por el mejor camino y lo antes posible?

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