Rebelión de Israel y amor de Dios (III)

Josué lucha contra las amalecitas
Josué lucha contra las amalecitas

Antonio Pavía, Misionero comboniano

¿Está o no Dios con nosotros? Por supuesto que la pregunta sigue siendo válida y legítima. La respuesta también lo es y la encontramos en los evangelios: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2,10-11). Esto es lo que dijo el ángel a los pastores en la noche santa de la Encarnación. También José fue visitado por un ángel que le dijo: “No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo… Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros” (Mt 1,20b-23).

Después de toda una serie de situaciones límite vividas por Israel con sus consiguientes desconfianzas y rebeldías contra Dios, relatadas con toda clase de detalles, de pronto y casi de forma intempestiva, el cronista del Éxodo da un giro brusco en su narración y pone en escena a una tribu, la de los amalecitas, que, casi por sorpresa, se ponen en frente con la intención de atacar a Israel.

Nos llama la atención esta batalla, pues Israel no ha llegado aún a la tierra prometida de Canaán. Al margen del hábitat natural de la tribu de Amalec, lo que realmente nos interesa es sondear la intención del cronista, teniendo en cuenta que Israel está ya próximo al monte Sinaí, donde Yahveh, su Dios, el que con brazo potente les sacó de la esclavitud, va a establecer con él su alianza. Dicho esto, es necesario tener también en cuenta que Amalec, a quien el libro del Génesis presenta como pueblo descendiente de Esaú, sería como el prototipo de los enemigos del pueblo elegido. Así pues, vemos cómo el enemigo por antonomasia de Israel se interpone como piedra de tropiezo ante él, con la pretensión de impedir que alcance el monte de la alianza: monte en el que Dios certificará con su presencia la elección de este pueblo.

Hecha esta especie de aclaración volvemos a los hechos. La batalla parece inevitable, más aún, es inminente. Israel ni la ha querido ni la ha buscado; mas, vistas las cosas, no le queda más remedio que aprestarse para la defensa. No hay tiempo para preguntar ni dilaciones que dirimir. Nada de embajadas de paz, no hay alternativa. La declaración de guerra, por cierto que unilateral por parte de los amalecitas, no tiene vuelta atrás.

Pues bien, dado que hay que combatir, Israel se prepara; sólo que nos llama poderosamente la atención la estrategia militar empleada por Moisés, el caudillo de Israel. Es una estrategia original, única, de hecho no la encontramos en ninguno de los anales que relatan la historia de los pueblos de su entorno ni de parte alguna. Al tiempo que apremia a Josué para que elija su cuerpo de batalla para hacer frente a los que les atacan, Moisés les dice: “Yo me pondré en la cima del monte, con el cayado de Dios en mi mano”.

He aquí ante nuestros ojos la maravilla de este pueblo. Hemos narrado hasta la saciedad sus debilidades, caprichos, cansancios, infantilismos; y, de pronto, nos vemos sorprendidos por una profundidad inaudita. Moisés les da a conocer una nueva faceta de su misión: la intercesión. Recordemos que les acaba de decir: ¡Vosotros combatid, que yo intercederé en vuestro favor! No tengáis miedo, que con el cayado que Dios me dio elevado hacia lo alto, Amalec será derrotado.

¡El cayado de Dios! El mismo que dividió en dos partes el mar Rojo; el mismo por cuyo poder, el poderosísimo y aparentemente invencible ejército del faraón fue sepultado bajo las aguas; el mismo que, al golpear la roca, hizo que brotaran en abundancia las aguas vivificantes. Este mismo cayado será su fuerza en el combate que van a emprender.

Nos encontramos ante una catequesis impresionante acerca de los intercesores. Sabemos que Moisés es el intercesor por excelencia entre Dios y el pueblo santo. De todas formas, nos interesa muchísimo, para evitar personalismos, puntualizar que el pueblo santo de Dios no fija sus ojos en Moisés en cuanto hombre, ya que lo ven igual que a ellos, sino que ven en él al enviado de Dios. No hay, pues, una fijación neurótica en una persona, sino una sabiduría que nos es necesario tener en cuenta. Los ojos de estos hombres traspasan al enviado y llegan al que le envía: Dios. Dicho de otra forma, miran un cayado que no es un cayado cualquiera, y mucho menos un bastón milagroso. Lo que ven es “el cayado de Dios”.

Sabiendo, pues, a quién representa Moisés y en nombre de quién les guía y conduce, Israel se apresta para el combate. Diríamos, hablando en términos poéticos, que estos hombres van al encuentro de sus enemigos, con un ojo puesto en sus espadas y el otro en Moisés y su cayado: el de Dios.

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