Con los brazos en cruz (I)

La victoria, ¡oh señor!
La victoria, ¡oh señor! (John Everett Millais)

Antonio Pavía, Misionero comboniano

“Y sucedió que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. Se le cansaron las manos a Moisés y entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos…” (Éx 17,11-15).

Hemos visto que el tradicional enemigo de Israel, Amalec, le ha salido al paso en su camino con la pretensión de abatirle, de dejar sembrado el desierto con sus cuerpos inertes. Hemos comprendido también que este relato catequético está colocado en el libro del Éxodo justo antes de la llegada de Israel al monte Sinaí. Bien sabemos que en las Santas Escrituras no existen las casualidades, así pues, nos asomamos a este acontecimiento con la intención de encontrar en él palabras de salvación imperecederas que, indudablemente, servirán para nuestro crecimiento en la fe.

Podríamos resumir el núcleo espiritual que irradia este combate en el desierto en unas breves palabras: Israel tiene conciencia de su elección, y también de la animadversión que el Príncipe del mal manifiesta contra él. Es por ello que espolea a Amalec y a tantos pueblos enemigos a lo largo de la historia en su contra. Hablamos del odio a Dios, del odio a la fe, del odio a todo lo que brille con luz propia haciendo presente la verdad, algo que no puede resistir el Príncipe de la mentira; así es como le llama el Hijo de Dios en un contexto en el que denuncia la terquedad de corazón de los fariseos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

La cuestión es ¿qué puede hacer el hombre ante el poder del mal, del tentador, del mentiroso por excelencia? Aparentemente nada. Ya sabemos la escasísima resistencia, por otra parte inútil, que le ofrecieron Adán y Eva. Por eso mismo, porque nuestra debilidad toma forma de impotencia ante las embestidas de Satanás, Dios permitió que su pueblo se viese interceptado en su camino hacia la libertad. Dios se sirve de esta situación caótica por la que pasa Israel ante sus enemigos para enseñarnos a combatir con la oración. Es un combatir con su diestra poderosa, como nos dicen tantos salmos: “Clamor de júbilo y salvación, en las tiendas de los justos: ¡La diestra de Yahveh hace proezas, es excelsa la diestra de Yahveh, la diestra de Yahveh hace proezas!” (Sl 118,15-16).

Es así que vemos a Moisés en la cima del monte con sus brazos elevados hacia el cielo, hacia Dios, intercediendo por su pueblo que combate. Leemos en este pasaje que, mientras Moisés mantenía sus manos alzadas clamando a Dios por Israel, la batalla se decantaba a su favor; mas, cuando se le caían por el cansancio, era Amalec el que prevalecía.

Al percatarse de esto, Aarón y Jur que, como sabemos, le habían acompañado hasta la cima del monte, decidieron actuar. Hicieron sentar a Moisés en una piedra a fin de disminuir su fatiga. Así aliviado, al menos en parte, cogieron sus brazos y los sostuvieron en su elevación hacia Dios. Se mantuvieron de esta forma hasta que Israel, capitaneado por Josué, derrotó a Amalec.

¡Cómo no ver en esta figura de Moisés, sostenido por sus dos amigos, a Jesús clavado en la cruz, llevando a cabo la Intercesión por excelencia! Él es el Intercesor sublime, el que logró la excusación y condonación de nuestras deudas al gritar agonizante, en nuestro favor: ¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen! Así, brazos en alto, nos reconcilió con Dios Padre, como testifica el apóstol Pablo: “En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación” (2Co 5,19).

También el Señor Jesús experimentó el cansancio y con más virulencia, pues fue tentado por Satanás por medio del pueblo que asistía a su muerte. Todos a una gritaban no sólo que bajara los brazos, sino de la misma cruz: “Tú que destruyes el Templo y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!” (Mt 27,40). No bajó de la cruz. Los brazos cansados de Moisés fueron sostenidos por sus dos grandes amigos. Los de Jesús, cansados, mucho más cansados -en realidad eran una llaga- fueron sostenidos por sus dos grandes amores: su Padre y la humanidad.

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