El misterio de la Ascensión

Ascensión
Ascensión (Rembrandt)

Luis Mª Mendizábal

No es un “ascender” espacial

Digamos ante todo que la Ascensión no se trata de un cambio de lugar, sino de una penetración en la divinidad. Cuando decimos que “subió a los cielos”, como cuando decimos que “descendió del cielo”, no se refiere a un cambio de lugar, porque el cielo no es un lugar al que se puede llegar un día si se perfeccionan los medios de transporte. A Dios no se le alcanza. No está en el nivel de las realidades materiales. Así que ese “subir al cielo” es un cambio de situación, de estado, como cuando decimos de alguien que “ha subido mucho en la sociedad”.

Por tanto, si cuando decimos que “el Hijo bajó del cielo” nos referimos a la encarnación de Dios, cuando decimos que “bajó a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos y subió al cielo” hablamos de la divinización de la carne. La humanidad penetra en la divinidad, es asumida en ella y se la hace partícipe de ella de un modo nunca visto antes. Es el sendero que abrió Jesús y que nos presenta también a nosotros el camino de una divinización progresiva en la que ir viviendo la vida humana a lo divino, y que ha de culminar en nuestra plena glorificación, pues “donde ha llegado Él como Cabeza nuestra esperamos llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo” (Oración de la Misa de la Ascensión).

A mayor elevación, mayor penetración

Jesús se eleva penetrando dentro de nosotros. Esto es importante.

Toda elevación a Dios es mayor dominio del mundo, mayor penetración en el corazón del hombre. La ascensión al cielo de ningún modo aleja a Jesús de la tierra. Es algo que aparece muy marcado en San Mateo, en cuyo final la impresión que queda al leerlo es que Jesús se queda en la tierra: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Lo que pasa es que está con su humanidad divinizada, y por eso no evidente a nuestros sentidos, pero ahora está si cabe más cerca de nosotros.

Jesús, en los cuarenta días que pasan desde el día de la resurrección hasta el momento de la ascensión ha ido recogiendo a sus “ovejas dispersas”, confirmándolas en la verdad de la resurrección. Estaban asustados, confundidos, y Él les ha ido saliendo al encuentro, tratándolos con suma familiaridad y naturalidad -rasgo característico-, comiendo con ellos una y otra vez. Lo recuerda Pedro, cuando dice a la gente cómo se apareció no a todo el pueblo, sino a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos (cf. Hch 10,41). Con esa familiar cordialidad sigue Jesús comiendo y bebiendo con nosotros en la Eucaristía.

Jesús los pone bajo la guía del Espíritu

Finalmente, en esa última comida que nos refieren los Hechos de los Apóstoles, les indica que no se alejen de Jerusalén.

El Señor no suele hacer una lista de cosas que tienen que hacer los discípulos después: “tenéis que ir a tal sitio, hacer esto y esto otro, y lo demás allá, cumplir estas normas…”. No. Esa no es su manera de hacer las cosas. Sino que los coloca bajo la guía del Espíritu Santo. Él va a continuar guiándolos mediante el Espíritu, que les dará lo que recibe del mismo Cristo. Es el único consejo que les da: que, al no estar ya Él cerca de ellos en lo que toca a los sentidos, no marchen de Jerusalén ni salgan a la predicación hasta que no hayan recibido la Promesa del Padre, y estén “sintonizados” con Él.

Ellos le preguntaron entonces: “Señor, ¿reestablecerás ahora el reino de Israel?”. Es la respuesta de la fragilidad humana, que aparece y reaparece una y otra vez, tenazmente. Las miras humanas, que vuelven a asomar incluso después de grandes dones de Dios. Uno no acaba de entregarse del todo al plan de Dios, y en cierta manera sigue anhelando su triunfo personal. Y de algún modo se mezcla nuestra mentalidad y nuestras concepciones con las comunicaciones del Señor.

Jesús les corrige con admirable paciencia, y les da unos consejos sumamente importantes. Los anima a tener humilde confianza en los planes de Dios: “no os toca a vosotros conocer los tiempos y los días que el Padre ha determinado con su autoridad”. Es decir, que cada uno tiene que hacer lo que le toca, y no meterse en lo que no le toca. Y vuelve otra vez a lo fundamental: que con la venida del Espíritu Santo van a recibir un poder divino, y serán sus testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra: todo un movimiento misional. Una misión que les será difícil, costosa, y por eso necesitan haber recibido la fuerza del Espíritu Santo para hacerlo.

“Le vieron subir”

Después de hablarles así, los llevó consigo al monte de los Olivos, y en el camino, cerca de Betania, fue elevado ante su mirada y una nube lo arrebató de sus ojos. Atraviesa así ese muro infranqueable que existía entre el cielo y la tierra, que impedía la comunicación amorosa de los hombres con la divinidad. Y desde entonces tenemos, en Él, confiado acceso al Padre. Un hombre es ahora Rey del universo. Un hombre, hijo de María, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Es el triunfo de la naturaleza humana, que ha sido unida a la divinidad, “puesta a la derecha del Padre”.

El relato habla de una “nube” que lo ocultó a su mirada. Es símbolo de la divinidad. Quiere decir que la humanidad queda divinizada, y lógica y consiguientemente, arrebatada a la vista humana, porque está espiritualizada, divinizada. No es un esconderse. Es un “ser elevado”, divinizado, para comunicarnos también a nosotros esa gloria y esa divinidad. Porque subiendo al cielo también nos ha hecho a nosotros partícipes de su divinidad.

Pedro, en su discurso el día de Pentecostés, hace una referencia misteriosa. Después de hablar de que la profecía del salmo 110 no se refiere a David sino a Cristo, que no fue abandonado en el hades, ni su carne experimentó la corrupción, añade: A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís (Hch 2,32-33). O sea que, según eso, Jesús recibe el Espíritu Santo que luego derrama sobre nosotros.

La ascensión se presenta como una especie de “pentecostés celeste” sobre la humanidad de Cristo. La nube que lo envuelve es la efusión, el darse a ella del Espíritu Santo en plenitud, que la introduce plenamente en la vida trinitaria. Y derrama luego ese Espíritu Santo sobre la tierra, sobre nosotros.

Ellos quedan con su mirada fija en Jesús. Y estando allí, contemplándolo, se les muestran unos hombres vestidos de blanco que les dicen: “Galileos, ¿qué hacéis aquí mirando al cielo? Este Jesús que habéis visto subir con tanta majestad, volverá de nuevo con la majestad con que le habéis visto subir”. Pero no tenéis que esperarlo con los brazos cruzados, sino que tenéis que preparar su venida extendiendo su reino. Transformad el mundo. Esperad ahora la venida del Espíritu Santo que Él os anuncia, pero luego tenéis que ir a predicar el evangelio por toda la tierra. Porque la espera de la venida de Cristo no es una espera inactiva. Hay que preparar esa venida a través de la transformación del mundo, del apostolado.

“Volvieron con gran gozo”

Contra lo que nosotros quizás tendiéramos a imaginar al haberse quedado sin la presencia sensible de Jesús, nos dice expresamente san Lucas que se volvieron a Jerusalén con gran gozo (Lc 24,52). ¿Cómo es esto?

Porque participan ya de la vida de Jesús glorificado, a la diestra del Padre. Su humanidad ha adquirido unas cualidades nuevas. Ha sido constituido Señor en poder, hecho espíritu vivificante, comunicador del Espíritu Santo. Y por eso mismo, su elevación se corresponde simultáneamente con una penetración en el corazón de cada hombre, estableciendo una vinculación y una presencia personal: su “morada”. Es lo que dice Mateo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”. Con cada uno. Ahora está en ellos, no junto a ellos.

Y termina Lucas: “Y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”. Puede leerse como que iban asiduamente al Templo, según la costumbre de los judíos, a las horas prefijadas, mañana y tarde, para alabar a Dios. Pero quizá Lucas está aludiendo al Nuevo Templo, a Jesús, indicando que desde el momento de la ascensión del Señor, y más aún tras la venida del Espíritu Santo, los apóstoles estaban siempre en Cristo, en unión continua con Él, bendiciendo a Dios. La vida toda se ha divinizado. Es la vida nueva, la vida cristiana.

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