El lagarero

La Resurrección de Jesús
La Resurrección de Jesús (Murillo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Llevaba roja la túnica
y sudoroso el cabello.
¿De dónde, con pies sangrantes,
avanzas tú, lagarero?

Del monte de la batalla
y la victoria yo vengo.
Rojo fue el atardecer,
blanco surgirá el lucero.

¿Por qué la Iglesia elegida
no viste su traje bello?

De rojo mi cuerpo visto
como esposa del Cordero,
y perlas son las heridas
mientras camino gimiendo.

Oh Cristo de roja sangre
tú, el Redentor verdadero;
¡a ti el clamor de los hombres,
a ti la gloria del Reino!

Hemos sido testigos de una nueva Pascua y hemos de vivir la condición de testigos con la fuerza de quienes lo fueron en la primera hora. Aquellos testigos se enfrentaron a una experiencia completamente nueva de difícil asimilación. No se trataba de la vuelta a la vida de un cadáver, ni de la aparición de un fantasma, sino de la manifestación de una nueva dimensión de la humanidad. ¿Cómo expresar su forma, su brillo y luz, el color y vida de aquel rostro? Los testigos sintieron el modo nuevo de existencia del Señor, hablaban de alguien absolutamente real, reconocible y tangible, pero a la vez inimaginable y diverso a lo conocido. ¿Cómo poner forma a Aquel que anunció feliz quien sin ver crea?

San Juan Bautista de la Concepción nos dejó en la ciudad de Valladolid un recuerdo hermoso de su paso. En su comentario sobre el Cristo Lagarero hace un comentario al versículo “¿Quién es éste que viene de Edom con vestidos de Bosra teñidos de rojo? ¿Éste vestido con esplendidez, que marcha en la grandeza de su poder?” El Señor contesta: “Yo, el que hablo en justicia, poderoso para salvar”. Realiza un comentario alegórico sobre esta prefiguración de la Resurrección de Cristo. En los claustros de esta ciudad quedaron varios ejemplos de la Resurrección de Jesús en cuyos marcos se encuentran pasajes de este comentario al Cristo lagarero. En su Pascua no sólo la cruz fue lagar en que nos dio su vida, en su Resurrección, como teñido de nuestra uva garnacha o sauvignon, porta la huella de tan profunda marca de vida entregada.

El arte cristiano ha sabido captar perfectamente que el cuerpo de Jesús no yacía inerte en la tumba y no había conocido la corrupción. Sus apariciones muestran una curiosa dialéctica (dejarse reconocer o no, permitir o no que lo toquen, comer o no comer, aparecer y desaparecer…) que lo presenta como poseedor de una corporeidad verdadera precisamente por no estar sometida a las ataduras del cuerpo ni a las leyes del espacio y el tiempo. Revela un nuevo género de existencia. Cristo no es un espectro que viene del mundo de los muertos, sino que procede de la fuente de la vida. Esta presencia misteriosa ha sido interpretada de modo muy elocuente en las representaciones artísticas de las apariciones de Jesús. Hagamos un breve repaso de cómo el arte cristiano ha hecho expreso el momento de la Resurrección.

Desde nuestra tradición

Comencemos recordando el uso que hizo el primer arte cristiano de algunas prefiguraciones del Antiguo Testamento. Entre las más oportunas para representar la Resurrección destacan dos: La primera se centra en la historia del profeta Jonás tragado por la ballena (imagen del Leviatán) y vomitado a tierra tres días después, los mismos días que Cristo permaneció en la oscuridad para después romperla con su Luz. La segunda presenta a Sansón arrancando las puertas de la ciudad de Gaza, como imagen de la ruptura de las puertas del infierno. Ambos símbolos están estrechamente relacionados con la Anástasis, la Bajada de Cristo al Infierno de los justos, que en la Iglesia oriental constituye el modo habitual de representar la Resurrección. El primer modo de representación fue simbólico, al igual que sucedió en el caso de la Crucifixión. Un claro ejemplo lo ofrecen algunos sarcófagos paleocristianos del Museo de Letrán. En algunos de ellos aparece el crismón coronando una cruz bajo la cual se encuentran dos guardianes, uno dormido y otro despierto, simbolizando la Resurrección.

El Speculum Humanae Salvationis, un compendio de teología medieval, añadió numerosos símbolos recogidos de los Bestiarios. Entre los más difundidos está el león que resucita con su rugido a sus cachorros, el ave fénix que renace de sus cenizas, o el pelícano que alimenta a sus polluelos con la sangre de su pecho picoteado. Especialmente sugerente es el símil de la pantera que, tras una opípara cena, duerme durante tres días. Al despertar, emite un potente rugido acompañado de un perfume delicioso que atrae al resto de los animales, que comienzan a seguir sus pasos. Tan solo el dragón es incapaz de soportar el aroma y se esconde en su cueva. Es precioso el modo en el que el Bestiario propone esta imagen de Cristo como pantera poderosa que destila una dulzura que atrae a judíos y gentiles, pero repele al demonio.

A partir del siglo XI se trascendió el aspecto meramente simbólico y el arte comenzó a centrarse en el hecho histórico de la Resurrección. El punto de partida fue una miniatura del Evangeliario de Munich. No se apoyaba en la literalidad del texto evangélico, sino que respondía a la devoción popular. Se representaba a Cristo saliendo del sarcófago, según la primera descripción de la Resurrección realizada por San Efrén. El escritor sirio utilizaba una bella imagen para relacionar la Resurrección con un segundo nacimiento de Cristo, que salía sin fractura de su tumba sellada al igual que salió del seno de María sin romper el sello de su virginidad. El arte medieval recurrió a una enorme variedad de soluciones iconográficas. En algunos casos aparecía Cristo incorporado en su sarcófago, apoyando un pie en el borde, o pasando la pierna fuera del sarcófago. En otras obras permanecía de pie ante el sarcófago o sobre la tapa. En cualquier caso, ostentaba la cruz como un estandarte que simbolizaba su victoria sobre la muerte.

Hasta el siglo XIII, como en el conocido machón del Claustro de Silos vemos cómo el arte occidental evocó la Resurrección con la representación de las Santas Mujeres en el Sepulcro, ajustándose al relato evangélico. A veces se incluía una escena popularizada por los autos sacramentales: la compra de los perfumes. El número de las Santas Mujeres variaba según el Evangelio en el que se inspirase el artista. En cuanto al Santo Sepulcro, en el arte bizantino tiene forma de “tugurium”, es decir, de capilla sepulcral con apariencia de cabaña; sin embargo, en Occidente se prefiere el sarcófago. Sobre la piedra retirada del sepulcro se sienta el joven vestido con una túnica blanca que señala la tumba vacía o el cielo, y que muchas veces se presenta con apariencia de ángel luminoso. La presencia del sepulcro vacío es un detalle completamente relevante. Aunque este dato por sí mismo no puede probar la resurrección, es un presupuesto necesario para la fe en la resurrección porque ésta se refiere a la persona de Cristo en su totalidad, es decir, en cuerpo y alma.

A principios del s. XIV aparece en la escuela italiana una evolución del Cristo de pie sobre la tapa del sarcófago, que ahora se convierte en un Jesús transfigurado flotando en una mandorla. Se trata de una típica contaminación iconográfica del Resucitado con la Ascensión y la Transfiguración. La innovación se debe a Giotto, aunque el apogeo lo alcanza Tintoretto con una célebre Resurrección en la que Cristo ya no planea sobre la tumba sino que sale proyectado de ella con mucho dinamismo. La escuela italiana aportó también el reemplazo de los guardianes del sepulcro por las figuras de santos o apóstoles.

El Concilio de Trento conllevó algunos cambios en esta fórmula iconográfica. Los teólogos cuestionaron algunas posturas de Cristo saliendo del sepulcro, así como que flotase o planease sobre la tumba, ya que podía confundirse con la Ascensión. Resultaba más conveniente la representación de Cristo ante la tumba cerrada y mostrando las llagas. Asimismo, buscando la fidelidad a la Sagrada Escritura, se eliminó todo tipo de testigos directos del momento de la Resurrección, incluyendo a los guardianes. La presencia de estos últimos había sido enfatizada para refutar las acusaciones judías del robo del cuerpo de Jesús. Con frecuencia, su indumentaria era anacrónica, ya que no se vestían como legionarios romanos sino como cruzados, con la cota de malla y el casco cónico con nasal, o siguiendo la moda renacentista. Una vez más, el arte quería narrar los hechos en un modo fácil de entender para los fieles. Y la Iglesia supo cumplir su misión de velar porque los artistas fueran fieles a la verdad evangélica. De esta singular alianza entre el arte y la fe ha surgido una belleza de la que aún hoy somos testigos maravillados.

Esta iconografía difundida por estampas y grabados recorrieron los caminos de Europa y llegaron hasta el taller de Murillo quien en el ejemplo que nos acompaña vemos cómo hace suyas las interpretaciones del tema venidas desde Italia. En el Museo de Bellas Artes de San Fernando se conserva este lienzo que formaba parte del retablo principal del Convento de los Mercedarios de Sevilla hasta que en 1810 fue trasladado por las tropas napoleónicas con la intención de trasladarlo a Francia. Al final pudo permanecer en Madrid y pasó a formar parte de las colecciones reales hasta llegar a su sede actual.

Unámonos en canto de Pascua, los bellos himnos de Vísperas nos acercan el misterio de los ojos que han de abrirse para conocer la presencia del Resucitado. Hagamos juntos esta alabanza:

Nuestro Pastor se ha alzado de la tumba,
ha empuñado el cayado y se adelanta,
y va por el sendero de la vida,
un rebaño escogido lo acompaña.

No puede el lobo herir de eterna muerte
si el Pastor nos defiende con su vara;
el rebaño, seguro y obediente,
al lado del Pastor tranquilo avanza.

El rayo y la tormenta se disipan
por el sol que alumbró la clara Pascua;
ya no habrá noche ni temor maligno,
sigue el rebaño y canta su alabanza.

El Pastor nos conoce, somos suyos,
por el cuerpo y el alma nos traspasa;
y es su mirada espejo de su Padre,
la verdad y la paz, gozosa calma.

Y a su Pastor conocen las ovejas,
los suaves silbos, las secretas hablas;
igual que el Padre al Hijo bienamado,
el rebaño al Pastor le mira y ama.

¡Oh buen Pastor y guía de la Iglesia,
revestido de luz por la mañana,
bendito tú que muerto por tu grey
hoy te gozas al verla rescatada! Amén.

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