Don Manuel González: centinela del sagrario

Beato Manuel González

Jesús García Gañán, Presbítero | El Beato Manuel González, conocido como el Obispo de los sagrarios abandonados, será canonizado ese mes de octubre por el Papa Francisco. Por eso, conviene que recordemos algunas pinceladas de su vida, de manera que nos ayuden a dar gracias a Dios por la vida de este santo y también nos ayuden a valorar cada vez más la Eucaristía, de la que él fue apóstol incansable.

 
Su primer destino: un sagrario abandonado

Su cuerpo reposa en la capilla del Santísimo de la Catedral de Palencia. Una vez ordenado sacerdote, Don Manuel vivió su primera experiencia sacerdotal en un pueblecito sevillano: Palomares del Río, y fue aquí donde este joven presbítero descubrió su auténtica vocación. Lo primero que hizo al llegar a su destino fue dirigirse a la Iglesia y quedó sorprendido ante lo que vieron sus ojos. Así lo cuenta él mismo: Allí, de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades, mi fe veía, a través de aquella puertecilla apolillada, un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba…. Encontró un sagrario abandonado. Jesucristo estaba sólo en aquel lugar, sin nadie que le visitara ni hablara.

Fue entonces cuando Manuel descubrió que debía dedicar su sacerdocio a querer a Jesús por todos los que le rechazaban: Ser sacerdote para querer a Jesucristo, para calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud y alimentarlo con mi amor. Y es precisamente por esto por lo que hoy se le conoce al Beato Manuel González como “el obispo del sagrario abandonado”. Esta dolorosa experiencia de Palomares del Río, la primera como sacerdote, le llevó a amar mucho la Eucaristía y a fundar en 1910 la Obra de las Tres Marías de los Sagrarios–Calvarios, hoy llamada Unión Eucarística Reparadora, dedicada a acompañar al gran Abandonado: Jesucristo.

 
Su tema preferido: la reparación a Cristo Eucaristía

Unos años más tarde, en 1905, fue nombrado arcipreste de Huelva, y en 1915, cuando sólo contaba con 38 años de edad fue propuesto como obispo auxiliar de la diócesis de Málaga. Él aceptó por obediencia, aunque despreciaba todo lo que supusiera honores y fama. Su entrega fue total y su ritmo de trabajo pastoral agotador. Él mismo expresa cuál es el motor de su vida entregada: Yo no quiero que en mi vida de obispo, como antes en mi vida de sacerdote, se acongoje mi alma más que por una pena, la mayor de todas, el abandono del Sagrario, y se regocije más que por una sola alegría: el Sagrario acompañado.

En su vida como obispo destacó su amor ilimitado a Jesucristo, que se transparentaba en el amor a los demás y la acogida de todos, sin importar su condición. Lo vemos en sus notas: Adaptarse es poner en la cara, en el gesto, en la palabra y en la obra lo que naturalmente no se tiene ganas de poner. Es tirar la red al agua y a uno mismo, si es preciso, sin ahogarse; es tratar a cada cual, no por los méritos propios, ni por la simpatía que nos inspire, ni por las ventajas que nos traiga, sino sólo por lo que representa. Este tiempo en Málaga lo dedicó a la evangelización, al fomento del amor a la Eucaristía y a la creación de un nuevo seminario. Se preocupó por la formación de los niños, impulsando así los catecismos parroquiales y también por la formación de los sacerdotes, que consideraba algo primordial. Quince años marcaron esta etapa de Don Manuel, hasta el 11 de mayo de 1931, fecha trágica para la Iglesia de Málaga, pues el palacio episcopal en el que vivía fue incendiado, fruto de los actos vandálicos de la República. Don Manuel comenzó así su gran período de destierro en Gibraltar. Él expresa con estas bellas palabras cómo vivió este tiempo de servicio a su diócesis malagueña refugiado en Gibraltar: Viviendo con Jesús no es posible sentirse desterrado. Él es la parte de mi herencia y de mi cáliz. Sin Él, el mundo es un desierto y un destierro; con Él, unido a Él, hasta el infierno, si fuera posible esto, se convierte en cielo.

Permaneció allí exiliado durante siete meses, y el 5 de agosto de 1935 fue nombrado obispo de Palencia, diócesis a la que sirvió durante poco más de cuatro años. Desarrolló un sencillo pero auténtico programa de amor sacerdotal: fundó la revista “Reine” para Niños Reparadores, tuvo predilección por los seminaristas y sacerdotes y sobre todo predicó a tiempo y a destiempo su tema favorito: el amor reparador a Cristo Eucaristía.

En 1939 viajó hasta Zaragoza para consagrar su diócesis a la Virgen del Pilar, y es en este tiempo cuando su salud comenzó a empeorar. Ya enfermo aceptó sumiso el sufrimiento. Recitaba a menudo esta jaculatoria: Corazón de Jesús, gracias te doy por tantos dolores como me das; gracias por lo que me has hecho sufrir. Bendito seas por todo y porque ahora quieres que me vaya. Tuyo soy, haz conmigo lo que quieras. Si quieres curarme, bendito seas, y si no… ¡lo que Tú quieras! El día 4 de enero de 1940 entregó su espíritu a Dios y fue enterrado en la capilla del sagrario de la Catedral de Palencia, según era su deseo: Pido ser enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús, ahí está!, ¡No dejadlo abandonado!

Pidamos al Señor que nos conceda, por su intercesión, un gran amor a la Eucaristía y un deseo perenne de reparar el tan ultrajado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo.

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