Hemos encontrado al Mesías: el llamamiento a sus primeros discípulos (II)

Jesús tiene una palabra especial para Felipe y Natanel
Tenemos otra vez la palabra “al día siguiente” (v. 43). Ese día, Jesús quiso partir para Galilea y se encuentra con Felipe, hombre culto, tímido, bueno, honrado, y le dice: “Sígueme” (v. 43). Si le llega a decir “si quieres venir”, todavía estaría dudando. Por eso el Señor es tajante: “sígueme”. Cada uno de ellos es distinto y seguirá siendo distinto. No se trata de igualar a todos. Cada uno tiene sus características, y las mantiene. Jesús siempre tendrá con Felipe ciertas delicadezas y tomaduras de pelo que corresponden a esa relación de una persona tímida con Él. Cuando en la multiplicación de los panes, Jesús les dice “dadles vosotros de comer” (Mc 6, 37), Felipe debió asustarse un poco, y decir, “¿nosotros a todos estos?”. Y Jesús le dice a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar panes para que coman todos estos?” (Jn 6, 5). Lo decía entre probándolo y tomándole el pelo.
Felipe se encuentra con Natanael. Es una figura que merece la pena. Es precioso ver cómo aparece muy bien el Corazón del Señor en su llamamiento. Natanael también era hombre culto, conocedor de la escritura y de la ley. Felipe también. Y en el contexto de dos que entienden de algo le dice Felipe: “Ese, del que escribió Moisés en la ley, y también los profetas, lo hemos encontrado” (v. 45). Era su afán, estaba esperando al Mesías.
Y le responde Natanael: “¿Pero de Nazaret puede salir cosa buena?” (v. 46) No quiere decir que los de Nazaret fueran malos, sino ¿si puede salir algo de valor en la escritura cuando no se menciona ese nombre en toda ella y no se espera nada especial de allí? Y le dice Felipe: “Ven y lo verás” (v. 46). De nuevo al margen de discusiones: “Tú ven y lo verás”. “Vete donde Él y encuéntrate con Él”.
Es normal ser llevado por otro al Señor. Dios cuenta con cada uno para llevar a otros a Él. Debe quedar muy claro que la vida cristiana no es enseñar teorías, no es poner un escaparate, hacer nuestra oferta y que escoja cada uno entre lo que se ofrece. Es llevar personalmente a Cristo: ser cristiano es encontrarse con Cristo y vivir con Cristo. Este es el significado profundo del “Ven y lo verás”; “tú mismo lo podrás experimentar”.
“¡Hemos encontrado…!” (v. 41) significa alegría. La alegría de haber encontrado un tesoro. Por ahí va la vocación. No es una renuncia, sino una lotería. No es bueno presentarla como si fuera un sacrificio o una cosa heroica. Es un tesoro que se encuentra y se comunica uno a otro al que lleno de alegría se le dice: “ven y lo verás, ven y lo verás”. Si el Señor llama, se te mostrará como un tesoro. Es lo que tiene que predominar también en nuestro apostolado. La alegría de haber encontrado me lleva a dejar muchas cosas sin notarlo.
Y Jesús vio que se acerca Natanael y dijo de él, no a él, sino a los que estaban a su alrededor: “Ahí viene un israelí de verdad, en el que no hay engaño” (v. 47). Un Israelita entero, noble, leal, en el que no cabe engaño. Un buen elogio. Y lo dijo de modo que él lo vio.
De nuevo la bondad del Señor. Así se gana a Natanael. No hay cosa que nos guste más que saber que alguien haya pronunciado juicios favorables de nosotros. Que los ha pronunciado sin que estuviéramos presentes y que los ha pronunciado sin pensar que llegarían a nuestros oídos. Y al contrario, nada nos duele más que lo que han dicho de nosotros a espaldas nuestras: “estando en tal sitio se dijo de ti esto”. Y ese es el peor oficio que podemos tener, el de los chismes, en contar a uno lo que otro ha dicho mal de él, porque eso distancia tremendamente. Por eso hay que tener mucho cuidado en no hablar nunca mal de nadie. Uno no se arrepiente nunca de no haber hablado mal, sí de lo contrario. Porque, además, nunca se sabe cómo, pero al final llega al interesado.
Así viene ya bien predispuesto. Pero él pregunta: “¿De qué me conoces?” (v. 48). Y Jesús le contesta: “Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi” (v. 48). No dice más. ¿Y a qué se refiere? No lo sabremos nunca, nunca. No lo ha dicho el evangelista. Podemos hacer todas las hipótesis que queramos, pero de certeza nada.
Lo bonito de este caso es que Jesús le viene a decir: “Mira, antes de que Felipe te hablara de mí, yo te conocía”. La llamada del Señor es algo alentador y consolador. No llama al que no conoce. Conoce la conciencia y el corazón del hombre, y le quiere indicar que Él le seguía con amor, antes ya de que él hubiera oído hablar de él. Miraba con complacencia antes de que nadie te hubiese hablado de mí. Es la mirada eterna del Señor. Siempre, en el fondo se encuentra esta verdad. Antes que nadie te hubiese amado, yo te amaba, yo pensaba en ti y te llamaba, incluso cuando quizás estabas perdido. Nos entusiasma ser conocidos, es verdad.
Y entonces le responde Natanael: “Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel” (v. 49). Y entonces Jesús le contesta: “¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees?” (v. 50) “¿Así de repente? ¿Tú que eres tan reacio?” “Has de ver cosas mayores” (v. 50). En realidad esto se cumple en todos nosotros. Es una llamada para introducirle a una experiencia de cosas mayores. No es simplemente un conocimiento del corazón, sino cosas mayores: El que se conozca no es nada al lado de lo que es conocerle a Él.
¿Qué son esas cosas mayores? Lo explica: “Os aseguro que veréis el cielo abierto y los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (v. 51). El cielo abierto es la redención: “en cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba sobre él” (Mc 1, 10). La redención es la comunicación entre cielo y tierra.
Los “ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre” es una referencia a la escala de Jacob. El signo supremo del amor será la Cruz. Se ven manifestaciones progresivas del amor a medida en que se va entrando en la intimidad del Señor.
Esto nos puede estimular por lo tanto también a nosotros a renovar esta llamada del Señor. Cada día tenemos que dejarnos poseer por su amor. Y cada día comenzar esa aventura de amor en su seguimiento, dejándolo todo cada día. En el fondo es haber encontrado el tesoro que es el Corazón del Señor.