El peso del saco

| En una región del Este existía un anciano cuya sabiduría era reconocida en las regiones, que englobaría una gran circunferencia de diez mil km de radio trazada desde el mismo lugar en el que se encontraba ahora sentado. Un joven maravillado de todas las cosas que se decían de él, se acercó afligido hasta el hombre para buscar una respuesta a su tristeza.
– Maestro, si es así como debo llamarte, -dijo el joven- toda mi vida he sido un hombre malvado: he robado, he mentido para conseguir más dinero, he hecho daño a mis hermanos hiriendo sus sentimientos. Y ahora que me he dado cuenta de lo que me he aprovechado de ellos, deseo el perdón, mas siento en mí un gran peso que hace inútil y vacío mi arrepentimiento. ¿Cómo podría no sentir esta angustia en mi corazón?
– Joven amigo, -contestó el anciano- cuando el hombre conoce el verdadero valor del perdón de Dios, encuentra la alegría en su corazón. Mañana me dirigiré al pueblo de mis orígenes para descansar de estos largos años. Son varios días de camino, tú vendrás conmigo y te demostraré así el amor que Dios te tiene. Pero antes deberás coger un saco, llenarlo de arena en tanto creas que es el peso del daño que has hecho con tus obras y lo llevarás sobre tus hombros durante todo el camino. De esta forma emprenderás el camino y el peso de tu carga será equivalente al peso que llevas en tu corazón.
Al día siguiente, el joven, decidido y entusiasmado ante las palabras del sabio, inició su recorrido con un gran saco de arena lleno hasta rebosar, pues así sentía su culpa. El silencio del camino traía a su memoria cada uno de sus muchos pecados. Su corazón se entristecía a cada paso que el peso del saco lo hundía más en la tierra para unirlo, si cabe, más a ella.
De pronto, una gran tormenta refrescó sus rostros acalorados. Mas si bien esto les alivió en un principio, hizo más tarde que el saco del joven duplicara su peso al convertir su interior en arena mojada. Pasaron las horas y quiso el cielo regalar, de nuevo, unas hermosas horas de sol abrasador. Su corazón se entristeció, entonces, aún más al sentir inútil el gran esfuerzo que estaba realizando.
Al caer la noche, sin más aliento ya, el joven se dejó caer de rodillas al suelo, miró al cielo y sin decir una palabra dejó que una lágrima recorriera su rostro.
El hombre no puede arrepentirse hasta que no conoce el peso de sus actos -sentenció el anciano.
Se echaron a descansar y cuando el joven hubo dormido, el anciano hizo un diminuto agujero en su saco que tapó con una pequeña piedra para impedir que la arena se cayera. A la mañana siguiente comenzaron de nuevo el camino. Cuando el joven se echó a sus espaldas el pesado saco, el anciano simuló ayudarle a colocarlo al tiempo que quitaba la piedrecita que él había puesto. Un fino hilo de arena comenzó a caer al suelo. La mañana transcurría y el joven se sentía más aliviado que el día anterior. Sin saber aún el motivo, comprobó que el peso de su saco se hacía más ligero y llevadero.
Una de las mañanas se encontraron por el camino con un pobre que necesitaba unas monedas para pagar sus deudas. El joven, con el deseo de restaurar sus muchos años de culpa y sin dudar de su acción, alargó su brazo y le concedió una pequeña bolsa con dinero. El pobre sonrió y abrió sus brazos al cielo exclamando: «Alabado sea Dios». El joven miró también al cielo y sintió cómo enrojecían sus mejillas, pues su saco aún pesaba demasiado. El anciano, entonces, tomó la palabra y dijo:
Bien, muchacho, has hecho una buena obra y has dirigido tu oración al cielo aún sin palabras. Cada vez que esto suceda, cogerás dos piedras y rellenarás tu saco con ellas.
Ante su asombro el joven metió sus primeras piedras dudando que algún día el peso a sus espaldas cediera. Al final del día, dejó caer su cuerpo derrotado al suelo y antes de que el sueño acudiera veloz a él, dio un gran suspiro y añadió: «Mi mayor ofensa fue para ti, Señor, al no creer que me perdonabas».
Así fueron pasando los días y el joven llenó de buenas piedras su saco, de buenas obras su vida y de gran oración su corazón. Curiosamente, el peso de estas piedras no hacía mayor su carga pues, por cada piedra que añadía, el agujero que había hecho el anciano cedía, se hacía más grande su tamaño y la arena caía en mayor proporción. Cuando la arena se acabó fueron las piedras las que empezaron a caer hasta que, al final, el peso del saco se había convertido en una muy pequeña carga. El paso del joven se había aligerado y en su rostro se contemplaba una sonrisa de paz. El anciano detuvo su paso y echando la mirada atrás dijo:
A quien más ama, más se le perdona… ¿Ves todas las piedras y la arena que has abandonado en tu camino? Esas son las muestras de tu pecado que has ido dejando atrás. El valor de tus obras y tu arrepentimiento han hecho tu saco y tu corazón libre para amar. El Señor lo reconoce y te perdona. Sé feliz en su Amor y no dejes, pues, que tu saco se vuelva a llenar.