Un viaje interior de cuarenta días

Senderista

Alberto Mateos, coordinador de redacción | No queda nada para que comiencen la Cuaresma y sus cuarenta días de preparación para la Pascua. Es un tiempo propicio para liberarnos de ataduras interiores que nos impiden avanzar. Tanto en la vida como en la fe, en ocasiones, somos nosotros mismos los que nos ponemos límites.

Al pensar en la Cuaresma me viene a la mente el precepto de no comer carne el Miércoles de Ceniza y los viernes. En mi familia seguimos la tradición y de vez en cuando echamos mano de la receta para hacer potaje de mi madre o directamente ella nos prepara alguno. Sus potajes son impresionantes, así es que, a decir verdad, no es que sea una abstinencia severa. No obstante, nos recuerda que estamos en un periodo de conversión y que hay otros ayunos que se pueden hacer. Cada uno sabrá cuál necesita, pero uno muy bueno es salir de uno mismo para dedicar más tiempo a los que están cerca.

Da la sensación de que la empatía es cada vez menor. «La indiferencia es la gran enfermedad de hoy», dice el papa Francisco. Los medios de comunicación me parece que no ayudan demasiado y las redes sociales nos permiten conectarnos con personas que están lejos, pero pueden desconectarnos de las que están al lado. Probablemente tú también te hayas cruzado con alguna pareja o un grupo de amigos que, en vez de hablar, contestan mensajes por el móvil.

Recuerdo una charla a la que asistí hace años, donde un psicólogo contaba que tenía pacientes que solo le pedían que los escuchase. Básicamente pagaban para eso, para ser escuchados. Esto me resultó desolador. La soledad igualmente la sufren personas que están rodeadas de familiares y amigos. De modo que escuchar es uno de los mejores regalos que se le puede hacer a alguien. Todos tenemos nuestros problemas, nuestras luchas diarias y justo por eso, porque tal vez cueste, un buen ayuno para esta Cuaresma podría ser dejar de lado aquello que nos impida atender a los que están cerca.

También, de paso, podemos abrirnos más a escuchar la Palabra. El Evangelio a veces es exigente y hay cosas que quizá nos gusten menos, sin embargo, no es una especie de bufet, donde coges lo que te apetece. Aparte de no tratar de ignorar lo que no nos gusta, un buen enfoque pasa por pensar menos en qué necesitamos que Dios nos dé y preguntarnos qué es lo que Él quiere de nosotros. No es una cuestión que tenga una fácil respuesta y no sé si el potaje ayuda a encontrarla, pero sí el salir de uno mismo y hacer un poco de silencio para abrir los oídos a lo verdaderamente importante.

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