Presentación de Jesús en el templo: ofrenda de vida

La Presentación de Jesús en el Templo
La Presentación de Jesús en el Templo (Francisco Rizi | Museo del Prado)

Luis Mª Mendizábal | “Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos… llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor” (Lc 2,22). Las primeras líneas de San Lucas describen la ocasión por la que fueron al Templo: la purificación de María. Hay otra circunstancia que añade: la obligación de consagrar a Dios todo primogénito. Se encuentra en el capítulo doce del Levítico y en el capítulo trece del Éxodo: “consagrarás al Señor todo primogénito tuyo”. Había una ley con el sentido de ofrecerlo al Señor como signo de sumisión.

En la ley, la norma de consagrar al primogénito iba acompañada del rescate. Se ofrecía a Dios y luego Él mismo manda que se rescate por cinco siclos. San Lucas habla de la presentación según la ley y del sacrificio que ofrecían: un par de tórtolas o dos pichones, pero en ningún lugar habla del rescate por cinco siclos. Ofrecieron el sacrificio, el más pobre, y no habla de que rescataran al niño, quizás indicando con esta omisión que se trata de una víctima no rescatada, ofrecida definitivamente para ser sacrificada en el Calvario.

Para San Lucas, lo esencial de la escena es la Presentación, no la Purificación de María, que es sólo la ocasión. Es el reconocimiento por parte de María y de José del carácter ya santo de Jesús. La palabra “presentar” se dice de los sacerdotes y se dice de las ofrendas. Cuando San Pablo dice “que ofrezcáis vuestros cuerpos” la palabra que pone es que “presentéis” vuestros cuerpos. Es un sentido cultual. Presentar es ofrecer, consagrar a Dios, presentar es que Dios lo tome como realidad consagrada a Él. Jesús se ofreció Él mismo al entrar en este mundo. No ha existido ni un instante sin estar ofrecido, vive identificando el “ser” con el “ofrecerse”. Ser ofrecido es el amor que se entrega, Él siempre estuvo entregado por amor.

Cumplido el tiempo de su purificación, María, con la mayor naturalidad, toma a Jesús y va al templo. José también va con ellos. Y van como si fuera un primogénito cualquiera. Hay una ley de purificación de María y de presentación del niño. María se somete a la Ley. María no tiene ningún espíritu de excepción. El espíritu de excepción es el creer que mi caso es el único y es distinto. Por ello no tengo que sujetarme a lo que la mayoría debe sujetarse. Esto puede darse diariamente en nuestra vida. El espíritu de que “yo soy distinto a los demás”. El ser semejante a los demás es una parte de la semejanza con Cristo. María era caso excepcional: su concepción, el anuncio del ángel… pero ni se le pasa por la cabeza que ella podría estar exenta.

Se presenta en el Templo para la purificación como una mujer cualquiera en obediencia a la ley, y podemos verla con José llevando al Niño en medio de la aglomeración de la gente, con humildad. Van quizás sin saber por dónde entrar, preguntando cuál es el sitio donde las madres presentan a los niños, de tal manera que cuantos les vieran creerían que era un niño como otro cualquiera, y que María necesitaba la purificación legal como toda otra madre. Y esto a María no le hiere, no se siente herida por esto. Ni sufre por ello porque no se reconoce como un caso excepcional. Así viven las verdaderas almas humildes. Esto es lo que San Ignacio llama el “tercer grado de humildad”, vivir sencillamente, naturalmente amando, pero ni siquiera vivir pensando en ello.

Llega y presenta al Niño. Ese sacrificio era indudablemente ofrenda, tenía un significado real. Jesús era santidad subsistente y no tenía necesidad de ser ofrecido o consagrado; sin embargo, la Carta a los Hebreos nos presenta el sacrificio de Jesús en la cruz como sacrificio de consagración del Sumo Sacerdote. Diríamos que es el sacrificio por el que Él es constituido plenamente Sumo Sacerdote. María también está llena de gracia y de santidad, tampoco necesita ser purificada.

Pero en ese momento de la Presentación empieza lo que el Señor dirá en su oración sacerdotal. “No has querido sacrificios ni holocaustos pero me has dado un cuerpo…”, en orden a ofrecer el sacrificio, “…aquí vengo para cumplir, oh Dios tu voluntad… Hemos sido santificados por la oblación una vez para siempre del cuerpo de Cristo” (Hb 10,5-10). Desde el comienzo de su vida se ofrece en sacrificio por nosotros. Pero aquí empieza diríamos, exteriormente, litúrgicamente, lo que en su corazón hizo desde su primer instante. Se ofrece como cabeza de la humanidad. Él ofrece su humanidad y toda la humanidad y cada hombre con el que está misteriosamente unido desde la encarnación. Y lo hace por manos de María, con la asistencia de la Virgen, una asistencia que forma el rito exterior de esa oblación íntima de su corazón, que debe darse también en el rito exterior de la Eucaristía.

Este sacrificio tiene un sentido y un alcance tan real como el del Calvario, es verdadero. Integrado realmente en el género humano toma la naturaleza humana sin sombra de pecado personal, sin la mínima pecaminosidad, pero ha tomado todo menos el pecado, ha tomado la pobreza y miseria de nuestra naturaleza tal y como la ha dejado en nosotros el pecado.

Podemos detenernos en ese ofrecimiento que es maravilloso, como contemplando, aplicando los sentidos, gustando de ese momento grandioso que se realiza de manera desapercibida en el ambiente en donde está. Las cosas mayores de nuestra vida se hacen en un ambiente desapercibido. En un momento en que el sacerdote está celebrando como todos los días, ahí se realizan las grandes obras divinas.

Tenemos aquí un anticipo del ofrecimiento Eucarístico. María, sabiendo el sentido profundo con el que se está haciendo, llega junto a la puerta donde tiene que presentar al Niño, sencillamente, en cola, donde le toca, y con paciencia, hasta que le llega su turno. Entonces extiende sus brazos teniendo en ellos al Niño, el cual parece totalmente inconsciente de lo que allí ocurre y lo entrega al sacerdote de turno.

Jesús, la Palabra que no habla, que no tiene expresión en ese momento, está ahí. Lo llevan, lo traen, lo pasan de unas manos a otras, se ha hecho como objeto. María extiende los brazos, el gesto de la Virgen es sencillo, como ella lo hace todo, muy sencillo. Sencilla pero plenamente consciente de lo que está ofreciendo. Con el mismo gesto de todas las otras madres, levanta su mirada al Padre diciéndole: si lo quieres, te lo entrego. Lo ofrece, y ella sabe que el Padre lo quiere. Anticipación del gesto de la Iglesia que en la Eucaristía presenta a Jesús al Padre, por mano del ministro en ese mismo gesto, levantándolo.

Ella se lo entrega al sacerdote de turno allí en Jerusalén, un día normal, donde estaba la gente que tocó ese día, el sacerdote que tocó de turno. Quizás de mala gana porque tenía otras cosas que hacer o tenía otros intereses, para él es un oficio rutinario. Tiene en sus manos al Niño y lo devuelve a la Virgen sin darse cuenta de lo que ha pasado por sus manos y no ha reconocido, ni a María ni al Niño. Ha hecho la ceremonia de siempre, y esa tarde al volver a casa cansado ya, no se imaginaba lo que había pasado por sus manos, porque es todo tan normal, tan sencillo, todo el obrar de Dios.

El Niño es la Palabra que no habla, silenciosa, no hace gestos, no expresa exteriormente sus sentimientos interiores, parece que no cae en la cuenta de lo que le rodea, y sin embargo Él lo está moviendo todo. Él mueve el corazón de su madre para llevarla, Él llama al anciano Simeón con quien arde en deseos de encontrarse. La Virgen llevaba en sus brazos al Niño, pero el Niño conducía a la Madre. Eso dice en la liturgia, el anciano llevaba al niño, el niño conducía al anciano, y en el misterio de su humillación está ofreciéndose Él mismo y realizando la obra de la redención, así la está realizando, siempre en silencio, como luego lo hará en la Eucaristía, que está anticipándose en este misterio de la Presentación.

La Presentación de Jesús ilumina el ofrecimiento que hacemos todos los días por la mañana y nos recuerda su valor. La Presentación es la manifestación pública del ofrecimiento de Jesús. Conviene distinguir entre el don y el ofrecimiento. En nuestro mundo tendemos a atender más al don. Sin embargo, el ofrecimiento constituye el corazón de la oblación de Jesús. El sacrificio del Calvario ha durado en el tiempo sólo unas pocas horas, el ofrecimiento del sacrificio del Calvario se prolonga por toda la eternidad. Y ese ofrecimiento se perpetúa en el altar, ese mismo. Ese ofrecimiento puede ser repetido en nuestro corazón por manos de María. Y se debe pedir que ese ofrecimiento sea aceptado. Así vamos perfeccionando el ofrecimiento.

El deseo y la petición de que nos haga propiedad suya es sincero deseo ser hecho posesión de Dios. Es como un desposeerse de sí mismo para ser posesión de Dios. El alma que se ha ofrecido de veras, se ha hecho sacrificio, no con un sentido de dolor, sino de don sagrado hecho a Dios, expropiado de sí mismo. Nos ofrecemos para realizar la comunión divina. Ser poseídos por Dios para que a través de nosotros, nos dé la posesión de todo. Con esa dilatación del corazón donde nos hacemos uno con Él, somos recibidos en Él y eso nos dilata a las dimensiones divinas.

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