Dogmas marianos. 1. María la Madre de Dios

María rezando
María rezando (Sassoferrato)

Francisco Castro, Diácono permanente | Ya ha pasado la Navidad y hemos comenzado el llamado litúrgicamente “tiempo ordinario”. Un tiempo en el que volvemos de alguna manera a la rutina. Un tiempo que poco a poco nos dirige primero a la Cuaresma y después a la Pascua, fiesta central de los cristianos, en la que conmemoramos la resurrección de Jesucristo.

A lo largo de este año litúrgico, que comenzó el primer domingo de Adviento y terminará con la festividad de Jesucristo, Rey del Universo, celebraremos diversas fiestas en torno a la figura de la Virgen María: Santa María Madre de Dios (1 enero); la Purificación de Nuestra Señora (2 febrero); la Anunciación o Encarnación (25 de marzo); la Visitación a nuestra Señora (31 mayo); la Asunción de la Virgen (15 agosto); el Reinado de María (22 agosto); la Natividad de la Virgen (8 septiembre) y la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María (8 diciembre). Son celebraciones todas ellas que nos permiten acercarnos a su figura de nuestra Madre en el cielo.

En la Iglesia católica existen en relación con la Virgen María los llamados “dogmas marianos”. Concretamente son cuatro: la Maternidad Divina de María, la Virginidad Perpetua de María, la Inmaculada Concepción de María y la Asunción de la Virgen María. Durante los próximos artículos profundizaré en cada uno de estos dogmas marianos. Y lo haré siguiendo el orden de las fechas en que se proclamaron cada uno de ellos, comenzando por el título de María Madre de Dios, por ser el primero en ser proclamado.

El título de María Madre de Dios (Theotókos) es el título que se le atribuyó en el Concilio de Éfeso el año 431:

“…De esta manera los santos Padres no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la Santa Virgen, no ciertamente porque la naturaleza del Verbo o su divinidad hubiera tenido origen en la santa Virgen, sino que, porque nació de ella el santo cuerpo dotado de alma racional, a la cual el Verbo se unió sustancialmente, se dice que el Verbo nació según la carne” (cf. DS 251).

Como explico el Papa Benedicto XVI en su audiencia del 2 de enero de 2008, con este título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad aunque el debate en el concilio, parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. Durante ese debate alguno Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugirieron un término algo más atenuado en relación con María: en lugar del nombre de “Theotókos”, (la Madre de Dios), proponían el nombre de “Christotokos” (Madre de Cristo). Pero esa propuesta se consideró como una amenaza contra la doctrina cristiana de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Al final después de una larga discusión, se confirmó por parte de los santos Padres la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios, (cf. DS 250) y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen María del título de Theotókos (cf. DS 251).

Como consecuencia de este concilio y debido a la veneración popular a la Virgen, se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor de Roma.

La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia, (451), en el que Cristo fue declarado “verdadero Dios y verdadero hombre (…) nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad” (cf. DS 301).

El Concilio Vaticano II, recogió en la constitución dogmática Lumen gentium, en su octavo capítulo, titulado La Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, en su epígrafe nº 53 declara: “La Virgen María al anunciarle el ángel la Palabra de Dios, la acogió en su corazón y en su cuerpo y dio la Vida al mundo. Por eso se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor”.

Como indicaba el Papa Benedicto, del título de Madre de Dios, derivan luego todos los demás títulos con lo que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. María fue preservada de toda mancha de pecado (Inmaculada Concepción) porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo ocurre con su Asunción. No podía ser sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que había engendrado al Salvador.

Encomendémonos pues a la Madre de nuestro Salvador, durante todo este año que comienza y pongamos nuestros corazones y nuestra vida en ella e invoquemos su protección maternal.

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