Un hombre verdaderamente libre. ¿Es posible vivir la libertad estando preso?

Doroteo Hernández Vera

Pilar Vacas Montero, Instituto Secular Cruzadas del Evangelio | Es lo que viene a mi mente al leer estas palabras escritas desde la prisión:

“A cuántas almas traté en estos calamitosos tiempos, un saludo en Cristo y el deseo de su gracia, y a cuántas por nosotros se interesaron, mi más sincera gratitud.

Con San Pablo, y como él por Cristo en la cárcel, abofeteado, va­puleado, tenido por loco, y milagrosamente sal­vado de la muerte, puedo deciros que sois objeto de mis pensa­mientos y que mis fatigas las ofrezco al Señor para que crezcáis en santi­dad.

Estas líneas que os escribo con mala pluma y sin más mesa que mis rodillas que desde hace meses no han podido doblarse para adorar al Señor, van encaminadas a recordaros el deber en que estáis de vivir vida interior, vida de fe, vida santa, de seguir a Cristo ahora que tantos se avergüenzan de él, de vivir abandonadas a la voluntad de Cristo. Es decir, recordaros lo que ya os había dicho muchas veces, pero sin la autoridad que da el padecer por Cristo.

¿Verdad que lo que hoy os diga os será más imborrable y os producirá mayor efecto y bien espiritual que cuantas cosas os dijera mejor pensadas en otros tiempos? (…)

Propósitos: Huir de todo respeto humano y amar la cruz. Consolar a Cristo de tanto abandono y disimulo, de tanto pecado, aun de los buenos.

Como consecuencia vivir abandonados a la voluntad de Cristo. Renunciar a todo lo que envuelva propia voluntad. Vivir buscando lo que más agrade a él, aunque sea lo que más nos desagrade. Abandonarnos es entregarnos en cuerpo y alma a él, como hijos, como almas esposas, como siervos, como esclavos. Es costoso al principio, pero es suma­mente útil al alma. Hasta consolador. Seamos de Cristo sin re­serva alguna, propiedad suya sin regateo al­guno.

Esta es la voluntad de Dios y este el ruego que os hago: Sed de Dios.

No me com­padezcáis, envi­diadme. Solo siento no poder hacer nada por las almas, sino ofrecer mis pocas privaciones. A cambio de ellas me da el Señor una gran felicidad y más contento del merecido. Mis buenas hermanas son mi única preocupación. Por mi no se preocupen para nada. La Providencia me ha salvado y me salvará de todo mal.”

 
El Siervo de Dios Doroteo Hernández Vera supo vivir desde la fe todas y cada una de las circunstancias de su vida, incluso está:

La detención se había producido en su propia casa, el 14 de abril de 1937. Como cada día, había salido a ejercer su mi­nisterio sacerdotal. En esa ocasión, con­fesó y dio la comu­nión a un muchacho y dos enfermeras en el hospital, luego a va­rias personas en un polígono. Al volver a casa, después de co­mer, hizo la hora santa y a las tres salió para visitar varias familias y confesar a unas treinta personas. Llegó a casa pasadas las nueve de la noche.

Subió, y se en­contró con quienes bajaban a buscarle. Le apuntaron con la pistola y gritaron:
– ¡Entréguese!
– ¡A eso subo!

Mientras, registraban muebles y ropas. D. Doroteo dijo: Ustedes deténganme a mí. Pero ¿qué tienen que ver estas catorce personas?

Accedieron a liberar tres de ellas. Uno sacó la pistola y apuntó al sacerdote; éste lo llevó a otra habitación para decirle: ¿Me quieren detener? ¡Pues vamos! ¿A qué esperan?

De camino a la comisaría, iba recomendando a cada uno lo que tenía que decir; la consigna era que todos le echaran a él la culpa.

Al llegar, lo trasladaron a un sótano sin luz donde permanecieron mezclados con otros delincuentes.

El comisario le preguntó cómo se llamaba y qué profesión tenía. D. Doroteo respondió:
– Sacerdote.
– ¿Y cuáles son sus ideas políticas?

Fue abofeteado y respondió, acordándose de Cristo:
– Me honra usted demasiado porque a Jesucristo también le dieron una bofetada.
– ¿Usted es cura?
– Sí, señor.
– ¿Y usted dice misa?
– Sí, señor.
– ¿Y casaba?
– No se moleste; yo hacía todo lo que puede hacer un sacerdote.
– De manera que usted confesaba. ¿A quién?
– A todas las personas que me llamaban, pero ni como caballero ni como sacerdote, puedo decir una sola palabra.

Después de un largo interrogatorio, el comisario concluyó:
-Este tío o es un cínico, o es un chulo, o está loco.

Fue trasladado al sótano. Se puso a rezar el rosario paseando. Hacia las dos de la madrugada se oyó una voz:
-¡Que salga D. Doroteo!

Tras interrogarle de nuevo, su sorpresa fue que no lo llevaron “al paseo” con el que él esperaba que llegara el martirio, sino de vuelta al sótano.

“El túnel” tenía 4,25 metros de largo por 1,80 de ancho, que burlando la vigilancia a que están sometidos los presos, convertían en capilla o en aula de cultura o en lo que haga falta para entretener provechosamente aquellas horas y días que se hacen interminables.

Pero los planes de Dios para D. Doroteo no terminaban aquí, sino después de una vida muy larga.

Así, en Coslada, a finales de los años 80. Sentado en un sillón recibe con una sonrisa a unos niños que se acercan a saludarle. Les acoge con un leve gesto, revolviéndoles el pelo, para mostrarles el cariño que con sus palabras ya no les puede comunicar. Lleva varios años sin poder hablar. Mientras los pequeños, entre risas, salen de nuevo corriendo, le vienen a la memoria los cientos de niños que de sus manos sacerdotales han recibido el Bautismo, su Primera Comunión… Y no poder hablarles ahora… Aparecen en su mente las «fotografías» de aquellas peregrinaciones multitudinarias, en las que tenía que subirse donde fuera para poder predicar, unas veces a obreros, otras jóvenes, después, en las prisiones…

Pero no. Ahora es esto lo que Dios quiere para Él. D. Doroteo acepta con paz y sigue ofreciendo cada sufrimiento. Con su plena conciencia y su voluntad libre, forjada a lo largo de una larga vida, sigue haciendo realidad su lema en cada minuto que el Señor le regala: “Todo por Jesús y por las almas.”

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