“Los atraía con lazos de amor” (Os. 11,4)

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Las palabras del profeta Oseas sirven de marco para mi presentación como nuevo director del Centro Diocesano de Espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús de Valladolid. Después de una fructífera andadura de varios sacerdotes de la Diócesis de Toledo entre nosotros el Sr. Arzobispo, D. Ricardo Blázquez, a los veinticinco años de la inauguración de esta Casa de Espiritualidad, ha decidido que la propia diócesis de Valladolid asumiese esta misión.

Como no recordar en estas primeras palabras a mis hermanos sacerdotes, D. Francisco Cerro, hoy Obispo de Coria-Cáceres, que me enseño a descubrir la profundidad de Corazón de Cristo y la capacidad de acoger “con lazos de amor” a aquellos que se acercaban a esta casa buscando un lugar de consuelo y esperanza. D. Miguel Ángel Pardo que delineo la forma de un hogar donde, en el silencio, Dios habla al corazón de cada uno de sus hijos. D. Ricardo Vargas, D. Víctor Castaño, D. Juan José Calvo y D. Jon García, que con entereza de espíritu y sacrificio han abierto sendas evangélicas en tantos hermanos en la fe. Mi más sincero agradecimiento a todos y cada uno de ellos.

Asumir la capacidad de servir, es la esencia de la labor que D. Ricardo me encomienda, al cual le agradezco sinceramente su atención hacia mi persona. Servir como cuando Cristo vino a nosotros, mostrándonos un ejemplo a seguir. No es un servicio sin rostro. Cada persona que llama a la puerta de este hogar esta clamando al mismo Corazón del Cristo el don de la misericordia. En este sentido deseo vivamente que esta casa sea un hogar abierto para todos, como lo es el Corazón del Redentor. Un hogar desde donde se respire la vitalidad eclesial y diocesana, en especial unión de amor con la persona y magisterio del Santo Padre Francisco, con nuestro Obispo, y con todos y cada uno de mis hermanos en el sacerdocio. Donde cada una de los realidades eclesiales que embellecen al rostro de la Iglesia encuentren un ámbito de acogida fraterna y de formación espiritual y humana con el sentir de la Iglesia.

El cuidado de los ejercicios espirituales, siguiendo la espiritualidad ignaciana, que tantos frutos de santidad han dado a la iglesia, será para mí uno de mis mayores acentos, juntamente con la dimensión evangelizadora tan anhelada y pedida por el Santo Padre, alcanzando a las diásporas de la realidad que nos envuelve. Quien pudiera tener como plan de vida aquellas palabras que emanaron de los labios de la gran Teresa de Lisieux: “En el corazón de la mi Madre la Iglesia yo seré el amor”. El amor que se experimenta vitalmente en el encuentro personal con Cristo. Con un Dios que tiene corazón, y que está dilatado de amor por toda la eternidad. Solo desde esta percepción se pueden alcanzar los límites de la pobreza humana para, desde Dios, revestirlos de luz y misericordia.

Un hogar plenamente eucarístico, donde el culto a Cristo realmente presente en el santísimo sacramento de altar, alcance entre nosotros un pleno asentimiento tanto afectivo como efectivo. Lugar de gracia y ternura, privilegiado por los detalles que el mismo Cristo manifestó en aquel joven jesuita, hoy ya beato Bernardo de Hoyos, mostrándole las delicadezas de su mismo Corazón. Hogar unido de manera casi indisoluble con la Basílica-Santuario de la Gran Promesa, y cuyas actuaciones conjuntas ya se van a poder palpar desde este instante; deseando pronto alcanzar una completa unión.

No ajeno a tantas limitaciones humanas con las cuales me presento, os pido humildemente ya desde ahora que recéis para que sea un digno servidor de los proyectos del Corazón de Cristo en esta casa, para que aquel que entre en ella experimente como es atraído por los lazos de amor del mismo Dios.

Encomiendo de manera especial al Corazón Inmaculado de María mi ministerio pastoral en favor vuestro. Nadie mejor que Ella puede cuidar de los intereses de Jesucristo, Nuestro Señor.

Corazón materno de María, que anhelas que tu Hijo sea profundamente amado y consolado, no apartes de nosotros tu ternura, para que en el horizonte de nuestra vida sintamos como proteges y alientas nuestros pasos vacilantes hasta ver irradiar en cada uno de nosotros los mismos sentimientos de mansedumbre y humildad del Corazón de tu Hijo Jesús. Amen.

Julio de Pablos, presbítero
Director del Centro de Espiritualidad

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